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viernes, 12 de marzo de 2010

JOSEFINA PLÁ - IMPACTO DE LA CULTURA DE LAS REDUCCIONES EN LO NACIONAL / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY - BVP.


Autora: JOSEFINA PLÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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(Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY - BVP)
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1. EL SISTEMA REDUCCIONAL Y EL BEATO ROQUE
2. PUNTOS CARDINALES DE LA ORGANIZACION MISIONERA: LA CONVERSION Y SU AFIANZAMIENTO
3. LA CATEQUESIS Y LAS MANIFESTACIONES CULTURALES
4. AUTONOMIA Y AUTOSUFICIENCIA
5. EL AISLAMIENTO
6. CONSERVACION DE LAS ETNIAS
7. LA SUPERVIVENCIA DEL IDIOMA
8. ELIMINACION DE FACTORES DE DETERIORO RELIGIOSO Y MORAL
9. LOS TALLERES DE MISIONES Y EL INDIO
10. LA PROYECCION EN LA COLONIA, DE 1609 A 1767
11. LA DISPERSION DE LOS INDIOS MISIONEROS
12. LA PROYECCION EN LA COLONIA, DE 1767 A PRINCIPIOS DEL XIX.
13. RESUMEN
BIBLIOGRAFIA
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IMPACTO DE LA CULTURA DE LAS REDUCCIONES EN LO NACIONAL

Estas páginas son, más que un trabajo hecho, el esbozo o esquema de trabajo: el planteamiento de problemas, o si se quiere, de interrogantes, poco o nada transitados hasta ahora, y para cuya solución se entrevén laboriosas las posibilidades informativas.

1. EL SISTEMA REDUCCIONAL Y EL BEATO ROQUE
Que el sistema reduccional no fue invención de los Padres, parece fuera de duda; antes de la llegada de los hijos de San Ignacio al Paraguay, había sido aquí utilizado por los franciscanos, y los mismos jesuitas lo habían desarrollado en otras áreas; famosa era ya por esa época la misión de Juli. Sin embargo, aquí adoptó modalidades peculiares derivadas de la también peculiar idiosincrasia, capacidad y estructura social de los grupos humanos a los cuales sirvieron; es decir, su organización socio-cultural debió adaptarse a las condiciones y circunstancia del medio y del hombre.
Podemos dar por asentado que ese plan, tanto en lo socio-cultural como en lo económico unido al de reducción y adoctrinamiento del indio, fue madurado entre los años 1585 y 1609; es decir, en los que mediaron entre la llegada de los primeros jesuitas y la fundación inicial: casi un cuarto de siglo. Tiempo suficiente para consulta y estudio de una organización que fue, si no el nervio, sí el músculo de la existencia misma de las Misiones.
Aquí cabria ya plantear la primera interrogante: ¿qué intervención pudo tener en ese plan el Beato Roque González? Interrogante de sumo interés para cuyo despejamiento no hemos podido hallar el más mínimo indicio material, salvo el que se refiere a su actividad y participación personal en la construcción de ciertas iglesias.
Sin embargo, es razonable pensar que en la mencionada consulta y estudio del plan, mucho pudo contribuir Roque González, dado el conocimiento que tenia de la tierra y de sus gentes; de los problemas surgidos del contacto de los grupos raciales; de las necesidades de los indios; y dada la estrecha ligazón del Beato, desde el principio, con los jesuitas llegados a la tierra.
Examinando el plan de las Misiones, parece perfilarse en él la respuesta a un imaginario memorial de quejas del indio con respecto al estado de cosas significado por el establecimiento del español. En ese plan se contempla la restitución de derechos vinculados a su dignidad como individuo y a la funcionalidad de sus costumbres tradicionales, pero también a la vez un planteo exigente de los aspectos religiosos y morales representados por la nueva fe. El indio era arrancado de manos del encomendero para entregarlo a Dios. Y todo, en la organización de las Misiones, tendió a ese doble objetivo: en lo que al segundo se refiere, a él visaron todas las actividades, desde la más elemental o rutinaria hasta la más creativa, o sea la de los famosos talleres, que, lógicamente, deberían haber sido la culminación de todo un proceso cultural, pero que en las Doctrinas funcionaron desde el comienzo.
No hay datos sobre el trabajo de talleres en las Misiones fundadas entre 1609 y 1616, año en el cual hallamos en Itapúa al Padre Verger trabajando como maestro de pintura y orfebrería. Itapúa había sido fundada en 1615 por el Beato. Esta proximidad en las fechas indica que el nacimiento de los talleres, no sólo en lo que afecta a las artesanías básicas sino también a las superiores, debió ser simultáneo con el de cada Misión; aunque lógicamente conforme cada nueva Misión se afianzaba, el funcionamiento de los talleres se hiciera más eficaz y complejo en instalaciones y técnicas.

2. PUNTOS CARDINALES DE LA ORGANIZACIÓN MISIONERA: LA CONVERSION Y SU AFIANZAMIENTO
Se ha dicho ya que la vida reduccional se organizó con el indígena y para el indígena, que su objetivo fue la salvaguarda física y la salvación espiritual del indio. Finalidades perfectamente armonizadas y funcionalmente sincronizadas.
Estos objetivos operaron sobre un doble presupuesto: la reducción, o sea la concentración de núcleos indígenas en lugares adecuados, y la simultánea o ulterior aceptación, por el indio, de un nuevo sistema de creencias y de normas morales, inéditas, derivadas de aquellas.
Al ingresar en la Doctrina, el indio debía abandonar prácticas propias de su anterior estado: aborto, poligamia, canibalismo, nomadismo relativo, etc. y adquirir nuevas pautas de conducta individual y colectiva; entre ellas las del trabajo continuado (siquiera en forma moderada) y metódico. Cosa no fácil por cierto; pero que llegó a ser un hecho, prueba de la solidez con que arraigó en él la nueva conciencia; aunque se ha dicho que ésta operó en él más en el plano del corazón que en el plano de lo racional.
La conversión signada por el bautismo precisaba, si había de ser eficaz, de profundización constante para lograr la más completa identificación posible con las pautas morales. El ejercicio del trabajo encaminado a mayor gloria de Dios y mayor bienestar material y espiritual de la comunidad fue norma definitiva. De ahí la relación que pudiera llamarse vocacional, establecida entre cada acto individual o colectivo, y la finalidad espiritual, mediante la sanción religiosa. Toda actividad era referida a ese fin trascendente mediante su asociación a una práctica religiosa o edificante.

3. LA CATEQUESIS Y LAS MANIFESTACIONES CULTURALES
Las manifestaciones culturales, conforme ascienden en rango creativo, con más razón aun se convierten en otras tantas maneras de encaminar el espíritu del converso hacia lo religioso: se identifican con formas de vida espiritual. Así vemos cómo, además de las diversas prácticas religiosas propiamente dichas (misa, sacramentos, sermones, oraciones, explicación del catecismo) forman parte de esa vida espiritual la música, el canto, la danza, el teatro. Ellos, en efecto, asumen en Misiones un carácter exclusivamente religioso; las expresiones profanas correspondientes no existieron; sólo en pequeña escala quizá en el teatro. Y el trabajo material, dedicado al levantamiento y ornato de las iglesias, adquiere matiz ofrendario.
Los indígenas habían tenido sus cantos, músicas y danzas; sus atributos e instrumentos propios, como elementos de su vida social y religiosa. Los Padres desarraigaron esos cantos, danzas y adornos rituales, pero les ofrecieron otros más variados y vistosos: les hicieron olvidar sus instrumentos, pero les dieron en cambio otros más complicados y sonoros. No fue una supresión, sino una sustitución: la continuación de una vertiente psicológica; también en la vida tribal el indígena había acompañado sus actos colectivos con danza, música o canto. El P. Nóbrega se declaró en una ocasión capaz de "convertir a todos los indios con la música". De ese entusiasmo hicieron los Padres formidable auxiliar en la captación, conversión y afirmación en la fe.
Como los músicos y danzantes se elegían entre los hijos de los caciques (en cuanto tenían para ello disposiciones, por supuesto), estos ejecutantes e intérpretes constituyeron una verdadera aristocracia dentro de cada Misión: status de carácter espiritual ofrecido como un estímulo y un aliciente, como lo fueron las exenciones y distinciones ofrecidas a los artesanos superiores. La captación de las voluntades de los caciques a través de estos medios daba a los Padres situación ventajosa para el mantenimiento de la disciplina interna.
El teatro era ejercicio nuevo para el indio (1) pero halló fácil y rápida acogida en él. En las Misiones se cultivó un teatro religioso de rasgos arcaicos, adaptación por los Padres de autos viejos españoles, tal vez también de laudas o piezas primitivas italianas traducidas todas al guaraní, en parte al menos (2). En algún caso, pudieron ser piezas compuestas por los Padres mismos, aunque no hay testimonio directo de ello. Se dieron óperas de contenido religioso y edificante y hubo entremeses (ciertos indicios parecen indicar se trató de piezas de Soto y Valladares), piezas profanas moralizadoras (en algún título parece insinuarse la presencia de Moliere) e inclusive farsas elementales en las que se permitía cierta latitud expresiva o interpretativa a los actores.

4. AUTONOMIA Y AUTOSUFICIENCIA
Igualmente sabido es que las Misiones erigieron en condición básica, y a la vez en meta de su funcionamiento económico y su desarrollo social y cultural, la autosuficiencia y con ella la autonomía a todos los niveles de las necesidades internas. Estas condiciones no podían a su vez asentarse, en la práctica, sino sobre el trabajo, sometido a sistema del poblador. Así, la Doctrina era para el indio, pero el indio, a su vez, era para la Doctrina. El indio debía ser el artífice de su propio bienestar y el adelanto de la comunidad. El sistema de trabajo y distribución del producto de éste en Misiones, así como el apoyo que para el establecimiento de ellos encontraron los Padres en previas experiencias tribales, son hechos demasiado conocidos para que haya que repetirlos aquí. El Padre era la autoridad religiosa, moral y administrativa en la cumbre de la pirámide: pero lo era sólo en cuanto vocero y personero del Señor.
La autonomía y la autosuficiencia de las Misiones se perfeccionaron en el aislamiento.

5. EL AISLAMIENTO
El aislamiento más o menos absoluto de la población misionera (hubo pueblos frecuentados en cierta medida por coloniales, como San Ignacio Guazú, y hay noticia de que en otros moraron "españoles con sus familias") trajo, entre otras consecuencias importantes, la conservación de las etnias; la supervivencia del idioma y la eliminación de factores de deterioro en la disciplina religiosa y moral.

6. CONSERVACION DE LAS ETNIAS
La ordenanza por la cual no podían morar españoles ni gentes de color en pueblos de indios, fue llevada al extremo posible por los Padres. Mientras en la colonia el mestizaje seguía su curso al amparo de la elasticidad en las relaciones sexuales entre grupos raciales, con la proliferación de uniones efímeras o marginales, en las Reducciones el indio, monógamo y aislado, se conservó étnicamente puro.

7. LA SUPERVIVENCIA DEL IDIOMA
Es indudable que un cierto número de indígenas, especialmente los más próximos cotidianamente a los Padres por sus ocupaciones, los que debían realizar viajes de comercio o trabajo al exterior, o los que salieron en las múltiples expediciones de defensa o construcción de ciudades de la colonia, llegarían, con el obligado trato, a comprender e inclusive hablar en cierta medida el español. Es cierto también que los indios aprendían en la escuela a leer en castellano y hasta en latín (cosa útil, dado que esta lengua no era sólo la de la misa y los sacramentos y ciertos cantos, sino que se empleaba también en parte en los diálogos teatrales) (3) pero esto no podía, en conjunto, cambiar un estado de cosas en el cual el guaraní era el idioma cotidiano, confesiones y sermones se hacían en guaraní, y cuando los Padres establecieron una imprenta, en esta sólo se imprimieron libros en vernáculo (uno, editado en castellano, lo fue para uso de los Padres; y los tratados de astronomía, también en español, lo fueron en este idioma por razones muy distintas). Por otra parte, también el guaraní debió ser en alguna forma enseñado: de otra manera no se explica que se encontrase en cada Misión quien llevara la crónica de los acontecimientos de ella en guaraní, e inclusive escribiese un libro de sermones, como el de Nicolás Yapuguay, y que, antes y después de la salida de los Padres, hubiera quien sin dificultad redactase cartas y memoriales en esta lengua: lo cual supone el conocimiento de la grafía por los jesuitas adoptada (4). En las Misiones no se habló cotidianamente sino el guaraní, a pesar de las órdenes impartidas por la Corona. Cosa que no puede extrañar, dada la lógica funcional o de la presión demográfica, asociada a la resistencia que el indígena presentaba al uso del español ("hablámosles nosotros en nuestro idioma, respóndennos ellos en la suya", dice Cardiel). Ahora bien, el estudioso P. Bartomeu Meliá, que ha detectado sutilmente tantos puntos de interés en estas cuestiones, ha señalado la circunstancia de que el guaraní de la colonia se vio desde el primer momento de su trasmisión cercenado en su contenido por ser su vehículo la mujer, mantenida al margen de ciertos aspectos religiosos y otros, considerados atributo del varón. En las Misiones, esa circunstancia no existió, ya que el indígena acudió a ellas en masa, inclusive trayendo intacta su organización tribal; el idioma ingresó en Misiones con su contenido total e intacto. Aquí el cercenamiento surgió del abandono necesario, por parte del indio, de sus creencias previas; ese abandono abarcó al hombre y fue por tanto más extenso. La cuestión ahora es: ¿en qué medida esas creencias fueron efectivamente desarraigadas en el transcurso de las generaciones adoctrinadas, y en qué medida ellas permanecieron latentes?

8. ELIMINACION DE FACTORES DE DETERIORO RELIGIOSO Y MORAL
Es evidente que la vida de Misiones, sometida a minucioso régimen en la práctica de la religión y en la vigilancia en las costumbres, alcanzó un nivel moral muy distinto del que rigió en la Colonia; no sólo en las poblaciones de blancos, sino también en las llamadas de indios. Los robos, raptos, homicidios, no infrecuentes en esos lugares, fueron raros en Misiones. La mujer era respetada en medida desconocida en la colonia: consecuencia del matrimonio que los Padres establecieron como medida preventiva en edad temprana en ambos sexos. Lógicamente, la mujer deja de tener como en la colonia participación en aspectos rituales que en cierto grado le fueron accesibles en la vida tribal (5); en cambio, pudo formar parte de grupos de advocación y práctica religiosa. Se conserva en Misiones, a lo que parece, el derecho femenino de elección de marido, siendo acá intermediario el Padre. Se la aligera también, en cierta medida, de la pesada carga de trabajo que lleva en la tribu: ciertas artesanías pasan a ser en las Misiones ejercicio del hombre.
El desequilibrio demográfico que en ocasiones surgió en esos pueblos, especialmente durante las expediciones masculinas de construcción o de defensa en el exterior, pudo suscitar problemas a cuya solución atendieron los Padres mediante la institución del coty-guazú o casa de refugio de mujeres temporal o definitivamente solas. Las oportunidades de desvío sexual de cualquier especie fueron así infinitamente menos en Doctrinas que en la colonia, y en las que pudo haber no intervenido el factor abuso que en esta última ingería la situación de dependencia socio-económica en el caso del indio encomendado, el mestizo o el esclavo. Algunos han dicho que en Misiones no se cometía pecado mortal alguno. Esto no pasa de ser una benévola exageración o, si se quiere, una figura poética; pero que, como norma, la vida en Doctrinas fue sobria, metódica, ajustada a justicia y caridad, es indudable: en ella no se hizo sentir la prepotencia del amo, del encomendero o del poblero.
El aislamiento constituye también un factor de importancia considerable para la comprensión del arte desarrollado en los talleres de Misiones; pero no es aquí el lugar para extenderse en el estudio de este aspecto (6).

9. LOS TALLERES DE MISIONES Y EL INDIO
En su vida selvática, el indio trabajaba poco, fuera de su aporte en caza, pesca, recolección de frutos, etc., según las épocas y tribus. El nuevo régimen de trabajo exigió pues en el indio varón mucho mayor esfuerzo de adaptación que para la mujer, ya que ésta tenia de la tribu el hábito del trabajo duro. El hombre debió adaptarse a un sistema ajeno a sus ritmos y hábitos, y hacer suyas artesanías que, como el tejido o la alfarería, eran en la tribu ejercicio femenino. Hubo inclusive de familiarizarse con técnicas para él totalmente desconocidas. La adaptación, sin embargo, fue completa, hasta conseguir, en palabras de Cardiel, que "al sin oficio se le tuviese por hombre vil"; cosa por otra parte comprensible si se tiene en cuenta que el ejercicio de las artesanías superiores llevaba consigo status y ciertos privilegios económicos.
La preocupación por el indio perecedero dictó el trabajo cotidiano y colectivo (agricultura, ganadería, construcción de viviendas) así como el individual o de taller a nivel puramente utilitario (carpintería, tejido, alfarería, talabartería, cestería, etc.). La preocupación por el alma del indio adoctrinado dio origen a las artesanías de más alto nivel – arte si se quiere – innecesarias para la vida material, pero indispensables para la vida espiritual, por tanto la religiosa: edificación de iglesias, imprenta, grabado, copia de textos a mano, pintura, escultura, orfebrería, etc.
Varias de estas artesanías fueron privativas de las Misiones, es decir, no se cultivaron en la colonia (imprenta, grabado, copia a pluma de textos). En otras (talla, pintura, quizá arquitectura), los artesanos misioneros tuvieron oportunidad de adquirir habilidad técnica superior a la de sus contemporáneos coloniales, debido: Primero, a la presencia asidua de maestros; Segundo, a una mayor exigencia respecto a los productos artesanales; Tercero, al ejercicio ininterrumpido de ellas, en taller y bajo supervisión constante: aunque esto por otra parte tuvo sus repercusiones en la obra misma, en cuanto ésta no llegó a ser expresión de un posible o presunto genio creativo local.
(Acerca de la producción artesanal superior, o sea la vinculada con finalidades del culto, existe una copiosa bibliografía acumulativa de datos. El Padre Guillermo Furlong ha dejado a este respecto una obra monumental).
Los jesuitas fundaron de 1609 a 1762 más de setenta reducciones, algunas de ellas de vida efímera, obras abandonadas apenas fundadas o trasladadas a otros lugares. Subsistían a mediados del XVIII treinta. En todas ellas funcionaron talleres, aun en las de corta vida; precisos para levantar y ornar la iglesia a la cual se dedicaba primordial atención, como centro vital de la doctrina. El esfuerzo artesanal como bien se comprende, fue enorme. Los treinta templos definitivos, casi todos en piedra, forman un volumen artístico gigantesco, del cual hoy apenas subsiste un cinco por ciento; y, para ello, la mayor parte fuera del país. Una idea breve de lo que aquellos templos fueron puede darla la siguiente descripción del de Santa Rosa, hecha por el viajero francés De Moussy, en 1860; es decir, cuando ya habían transcurrido más de ochenta años de la salida de los Padres:
Está construida de piedra y madera, es decir, que las paredes están edificadas de grandes bloques de piedra rojiza sin argamasa, y la techumbre, las columnas acopladas que la sostienen y el pórtico en forma semicircular están todos revestidos de grandes piezas de madera, con maravillosa obra de artesanía. La longitud total del edificio es de sesenta metros, al entrar en el templo se siente uno sorprendido ante la riqueza y profusa ornamentación. El coro está de arriba abajo materialmente cubierto de abajo santos esculpidos en madera: un San Miguel derribando al diablo corona el arquitrabe del altar mayor. La cúpula, esculpida y pintada de rojo y oro, tiene en cada uno de los cuatro ángulos que forman los cuatro arcos que la sostienen (pechina) la estatua de un papa. Las doce columnas que de cada lado sostienen la nave, contienen la estatua de un apóstol, de tamaño natural, y las siete capillas laterales no son ni menos ricas ni menos ornamentadas. Cuatro confesionarios, ricamente esculpidos y pintados, ocupan los espacios que median entre las capillas. El baptisterio es un pequeño santuario adosado a las paredes de la iglesia; está enriquecido con un grupo escultórico en madera representando el bautismo de Jesús; la sacristía está emplazada en la cabecera de la iglesia; contiene un magnífico altar sobrecargado de esculturas, y los grandes armarios apoyados en las paredes, están también esmeradamente tallados. Una fuente de mármol, rajada por algún accidente e imperfectamente restaurada, vierte el agua en un magnífico jarrón de plata, única muestra de las riquezas de esta magnífica iglesia. La concha del pórtico está igualmente cuajada de ornamentos dorados y pintados. En la capilla de Nuestra Señora de Loreto se conservan cuadros magníficos de mano maestra, representando variadas motivos piadosos y una colección de retratos de famosos jesuitas. Siguiendo el eje en dirección norte, hay una capilla de San Isidro Labradar con un altar, estatuas y pinturas...
En conjunto, sin embargo, el arte desarrollado en las Reducciones espera aún su clarificación a la luz de la historia del arte y de la meditada crítica de sus valores. Aquí sólo interesa recalcar una vez más que las artesanías, o las artes de Misiones si se prefiere, respondieron a propósitos y objetivos netamente religiosos, es decir, estuvieron dedicados al culto y exaltación divina y, por tanto, al adoctrinamiento y confirmación de indio en la fe. Todo en él estuvo planeado para llevar a su mente y al corazón el convencimiento de su destino ultraterreno y que cada acto cotidiano podía contribuir a esa finalidad de salvación. Fuera de lo relacionado con el culto, nada se consideró digno de atención artística, aunque en los últimos tiempos y en Trinidad vemos que las viviendas indígenas ostentan en las enjutas de los arcos de sus corredores un rosetón de piedra. Los muebles bellamente tallados eran de uso religioso: cofres, bancos, sillones destinados a presbiterios o sacristías: tal vez alguno en las residencias de los Padres, aunque éstos procuraron ajustar su vida a normas lo más austeras posible. Los instrumentos musicales, que tan alto nivel de producción alcanzaron, fueron fabricados únicamente como objetos útiles para el culto o para ceremonias como procesiones, etc., nunca para esparcimiento o recreo profano y privado.
No tenemos a mano censos de obreros misioneros; pero podemos calcular que en cada Misión hubiese medio centenar de artesanos calificados. Ello daría para las treinta Misiones un total de mil quinientos artesanos. Con un número menor, y dado la reducida capacidad de esfuerzo que los cronistas coinciden en señalar en el indio, no es comprensible un volumen tal de artesanía. Si el número parece exagerado, recuérdese que en la Misión de San Miguel trabajaron durante tres años diez mil indios.
Ahora bien: ¿en qué medida esta cultura, en sus aspectos diversos, desde el idioma a las manifestaciones artísticas o literarias y especialmente la experiencia artesanal (que en ocasiones alcanzó el nivel de arte autónomo), desarrollada en el aislamiento y condicionada por él – el caso más perfecto de cultura dirigida que pueda ofrecer la historia occidental – durante ciento sesenta años, pudo tener, ya durante su fase exitosa, ya luego de la expulsión, una proyección o reflejo en la cultura general del área, es decir, en el proceso general de la colonia, de la cual pasaron esos pueblos a formar parte en 1767?

10. LA PROYECCION EN LA COLONIA, DE 1609 A 1767
La primera consecuencia del establecimiento de las Misiones en el área, se hace sentir en el plano demográfico: no sólo atrayendo a los núcleos indígenas libres, sino también promoviendo la fuga de los encomendados. En 1630, Fray Bernardino de Cárdenas se queja de que ya no se encuentra un solo indiecito "que vaya por agua o leña". La población de Misiones, durante un largo lapso, alcanza a ser mucho más numerosa que la de la colonia; y este hecho comparativo adquiere importancia mayor si se considera que se trata de indios puros, constituyendo por tanto un bloque étnico netamente diferenciado y circunscrito, contiguo al colonial en paulatino acriollamiento (7).
Por otra parte, y aunque es difícil hallar documentos que lo establezcan en forma concreta, es indudable que entre la colonia y las Misiones existió durante esos años y a partir de cierta fecha, cuando menos, un flujo comunicativo al margen de las tensiones políticas y económicas; de las crisis, algunas gravísimas, suscitadas entre ambas, y en las cuales se dio inclusive el caso de que tropas misioneras participasen de marchas sobre Asunción (8).
Españoles y criollos visitaban, aunque con las conocidas restricciones, ciertas Doctrinas; estas visitas tenían carácter comercial o laboral: hay indicios de maestros españoles laicos de oficio que residieron en Misiones; y también artesanos misioneros se trasladaron en más de una ocasión a ciudades de la colonia para trabajar en ellas. Estas últimas noticias se refieren todas ellas a edificaciones eclesiásticas, fuera de los contingentes salidos de Misiones para trabajar en defensas (construcción) en Buenos Aires y Montevideo. No sabemos hasta qué punto corresponden a este apartado los servicios rendidos a la defensa de la colonia (expediciones militares) por soldados misioneros, y de esas expediciones algunos historiadores han detallado hasta ciento setenta. La repercusión de la ausencia de estos contingentes numerosos, prolongada meses y aún años, en la vida misma de las Reducciones y los núcleos mismos así separados de su residencia habitual, podría ser objeto de consideraciones. A alguna de ellas se ha hecho referencia al hablar del idioma en Misiones.
Sabemos que los misioneros, exportadores de yerba, expidieron también en algunas ocasiones al mercado del Plata productos artesanales, como tejidos, y objetos de talla e imaginería – aunque estos últimos no parece haber alcanzado éxito – aceptando trabajos como el de la cúpula de la Catedral de Córdoba. Nada tendría de particular que también de Asunción u otras ciudades paraguayas pudieran recibir encargos en algún rubro artesanal. Artesanos misioneros trabajaron en el levantamiento de la Catedral de Asunción en 1720.
Pablo Alborno en su trabajo sobre el barroco en el área (9) dice, hablando del altar mayor de la iglesia de Capiatá, que en éste trabajó el Padre Adorno, "discípulo de los jesuitas". No sabemos de dónde sacó Alborno estos datos; pero si son ciertos, hay que admitir que Adorno sólo en los talleres misioneros pudo haber aprendido, y esto parece confirmar la existencia de un cauce de comunicación a través de la formación de artesanos aventajados para la colonia. Hay que señalar sin embargo que tampoco en ésta los productos de la imaginería misionera tuvieron mucho éxito. Las clases pudientes hacían venir sus retablos e imágenes de España o de Italia: a veces del Altiplano. Es posible, sin embargo, que esos productos hallasen un mercado entre la gente del pueblo que no podían permitirse el lujo de las costosas imágenes importadas (10).

11. LA DISPERSION DE LOS INDIOS MISIONEROS
Inmediatamente luego de la salida de los jesuitas, se inicia la diáspora de los adoctrinados. Las comunidades quedan enormemente reducidas. En los talleres, faltos de maestros (lo eran los Padres), necesariamente siguieron al principio actuando los oficiales formados por aquellos, pero la producción se resintió, también necesariamente; Primero, al no continuar la demanda; Segundo, al perder la dirección técnica.
Si hemos de creer al Padre Cardiel, los indios no podían prescindir de la dirección del maestro, "porque sin ella lo hacían todo mal". Estas palabras hemos de entenderlas en su pleno significado académico. Abandonado a sí mismo, el indígena artesano tiende a la supresión de los cánones, al uniplanismo en los relieves, a la gratuidad del movimiento, al congelamiento de las actitudes; pero todas estas contravenciones quedan, en la circunstancia, en la esfera de la inexperiencia, sin alcanzar el nivel de la voluntad de forma de la que nace un estilo.
Por otra parte, y como ya se insinuó, al salir los misioneros, disminuye pronto y se estanca luego el ritmo de trabajo en los talleres, ya que la demanda cesa: no se construyen más iglesias; se interrumpe el trabajo en las ya empezadas y las existentes no se reparan ni menos se mejoran (11).
Esto explica la dispersión de los obreros en lo que a las artesanías superiores se refiere; pero en esa dispersión, como en la del artesano menor y en la de la población en general, influye básicamente el nuevo régimen de trabajo y de retribución o distribución establecido por la nueva situación (12).
Respecto al paradero de esos contingentes prófugos, se han formulado varias suposiciones, poco plausibles por separado, pero admisibles perfectamente en combinación o simultáneamente: se trasladaron fuera del país; regresaron a la selva o se volcaron sobre la colonia.
a) Se trasladaron fuera del país
Esta suposición es plausible en lo que afecta a los artesanos mayores e inclusive a los menores. Sin embargo, repasando algunas listas de artesanos platenses de los años inmediatos a la expulsión, hallamos sólo unos pocos nombres de artesanos paraguayos; tallistas, o imagineros o carpinteros, demasiado pocos para que consideremos en ellos absorbida la diáspora. Aquí recordaremos que como una leyenda ha quedado en Buenos Aires el recuerdo del indio Francisco, al cual se atribuyen algunas imágenes estimadas del tiempo de la colonia a fines del XVIII o principios del XIX, y que era, según parece, misionero. Cabe que los más de esos artesanos se dirigieran a otros puntos como Santa Fe, Córdoba o Corrientes. En cuanto a los obreros o artesanos no calificados, se afirma que muchos hallaron ocupación como peón de campo, en Corrientes sobre todo.
En lo que se refiere a la música, encontramos un dato interesante: el del músico misionero, personaje famoso en la Buenos Aires de fines del XVIII, por su educación y atildamiento, que fue profesor, de damas especialmente, en esa ciudad y poseía una interesantísima biblioteca musical, notable para su tiempo y lugar. Quizá la biblioteca musical de la Reducción a la cual perteneció, y que pudo llevar consigo.
b) El indio regresa a la selva
Es la hipótesis más dura de aceptar y, sin embargo, igualmente cierta a escala imprecisable. Hechos concretos de aculturación observados en tribus o grupos no asimilados apoyarían la presunción. Branka Susnik, en su Indio Colonial, anota casos como el de los indios monteses. Pero siempre quedamos a oscuras respecto a la cuantía demográfica de esos elementos reincorporados a la vida primitiva, que introducen en la vida cultural de sus huéspedes nociones técnicas, motivos decorativos, necesidades nuevas. Seria interesante estudiar lo que por esta vía pudo eventualmente introducirse de materia de aspiración plástica entre los payaguás y de interesante decorativa cerámica entre los mbayás o caduveos, quienes inclusive esbozaron a partir de cierta época una tosca escultura. Rastros de esos aportes podríamos hallarlos inclusive, claro que no sin laborioso estudio, en la literatura religiosa o fabularia de ciertas tribus.
c) El indio se vuelca en la colonia
Del vuelco del indio misionero en la colonia, desde el indio agricultor y ganadero al de oficios menores, el artesano calificado, el músico, etc., tampoco hay datos directos. Es evidente sin embargo que ese vuelco se produjo, y sus pruebas se dan por indirecta vía. Branka Susnik, en la obra ya citada, trata con su característica solvencia y precisión este aspecto, aunque tampoco puede aportar datos concretos cuantitativos.
El reciente trabajo del Dr. Ernesto Maeder hace pensar que el repunte demográfico de los pueblos del Paraguay "criollo" en 1799 está en relación con el descenso en los pueblos "misioneros" (13).
Al serlo podrían seguramente arrojar luz necesaria sobre tan importante cuestión. No hay que olvidar tampoco que, simultáneamente con el vuelco de los núcleos misioneros al exterior o a la colonia, se produce un vuelco del mestizo y el criollo a los pueblos misioneros.
Ahora bien, los indígenas incorporados a la vida colonial en un proceso más o menos lento a través y a lo largo posiblemente de treinta años (aunque la fuga continua hasta entrado el XIX) pudieron hacer sentir su influencia por distintos cauces o niveles también distintos, y en medida presuntivamente diversa:
a) al nivel idiomático y racial
b) al de la vida religiosa
c) al de la vida moral
d) al de la música, canto, danza, teatro
e) al de la experiencia artesanal

12. LA PROYECCION EN LA COLONIA, DE 1767 A PRINCIPIOS DEL XIX
a) Nivel idiomático y racial
El significado e intensidad, o eficacia, de este aporte dependió, como es lógico; Primero, de la cuantía de esos contingentes y, por supuesto, de su concentración mayor o menor. Segundo, del contenido de sus experiencias culturales, en grado como en unidad. También en lo que respecta a la influencia del elemento criollo, blanco o indio volcado sobre Misiones, hay que tener en cuenta su volumen demográfico, pero en cuanto a los valores de que eran portadores, éstos no diferían de los que en la colonia actuaron sobre el elemento indio.
En las Misiones, el indio permanecía puro aún, cuando en la colonia el mestizaje llevaba ya adelantado su proceso; con la introducción del elemento mestizo y criollo en esos pueblos, se inició en ellos una tardía mestización.
En la colonia, el aflujo de indígenas puros, aunque aculturados en grado peculiar, debió hacerse sentir en ambos aspectos, el étnico y el idiomático, por lo menos hasta la extinción de las generaciones incorporadas. Para el idioma, representaba una reafirmación la presencia de estos indígenas, que no habían sentido el deseo ni la necesidad de utilizar el castellano, aunque muchos lo entendiesen y hasta fuesen capaces de escribirlo. En efecto, muchos estuvieron alfabetitados, y en alguna forma esa capacidad pudo hallar una ubicación y con ella una posibilidad de actuar. A este propósito recordamos que en tiempo de Don Carlos, doblada la mitad del XIX, la mayoría de los apellidos de maestros rurales son indígenas.
Con el guaraní que, con estos núcleos indígenas, se sumó a la colonia, es posible se incorporasen elementos o contenidos lingüísticos que el guaraní colonial había dejado caducar o inclusive no había poseído nunca a causa del hecho, ya mencionado, de su trasmisión a través de la mujer.
b) Al nivel de la vida religiosa
La vida religiosa en la capital, o en los pueblos de indios, aunque conducida en estos últimos con seráfico celo por los hijos de San Francisco, no revistió nunca el carácter rígidamente programático de la misionera. No será menester extenderse sobre las razones de esta diferencia ni acerca de la influencia deletérea del criollo, el mestizo o el negro en el desarrollo moral de estas comunidades en las cuales sólo teóricamente les estaba prohibida la entrada.
En esos pueblos, la vida cotidiana no se identificó nunca con lo religioso hasta suprimir toda diversión profana y todo acto espontáneo. Estos, en cambio tuvieron siempre cabida en la vida del indígena, el mestizo, el blanco o el negro colonial; y, así, en los pueblos no faltaron nunca festejos de carácter privado o grupal, espontáneos, aunque su reiteración los constituyese andando el tiempo en formas de vida folklórica (santo ara por ejemplo). Lo mismo diremos de los pueblos a cargo de sacerdotes; y de la capital con mayor razón.
La presencia del indio de Doctrinas, con sus pautas de vida religiosa bien definidas, pudo, en más de un caso, y – desde luego – en función del número, ejercer influencia ejemplarizadora reforzando la acción no sólo de los franciscanos y sacerdotes sino también la que los propios jesuitas pudieran ejercer indirectamente en la colonia.
Indudablemente, el contacto del indio misionero y el indio colonial en las nuevas condiciones debió constituir un doble impacto. Para el primero, la inserción en el medio se resolvió las más de las veces en la desintegración total o parcial de todo un sistema de vida: para el indio de los pueblos, el puritarismo y contracción religiosa del indio misionero pudo ocasionalmente ser espejo en el cual comprobase deficiencias propias. Es lógico que en el choque, si ambos perdieron algo de su original esquema, fuese el indígena misionero el que, separado de su medio, más perdiera. La vida cotidiana visando en cada acto a un fin o – por lo menos – a una presencia trascendente, era difícil de asimilar y más de practicar para el hombre colonial (y esto no es negar la religiosidad y practicancia de éste). Para el hombre misionero, era posible insertar su esquema propio en el medio del cual entraba a formar parte; a menos que se tratase de grupos lo suficientemente coherentes en su composición, número y propósito; y estos requisitos no es presumible coincidiesen muy a menudo.
c) Al nivel moral: conducta en la comunidad
Lo mismo puede decirse de la conducta individual y las pautas de vida comunitaria: los mismos factores que quebraron la unidad de trabajo y religión, incidieron en este nivel. Los núcleos incorporados experimentarían el impacto de la nueva situación y se dejarían ganar por ella en la medida misma de la circunstancia personal. Esto no significa a su vez negar la posibilidad de un influjo ejemplarizador ejercido en determinados casos por el indio misionero, con su conducta personal sometida a rigurosas pautas morales; esto se refiere especialmente a la acción de grupos, y sobre todo a las gentes de edad, más afirmados en su comportamiento; aunque es lógico que de estos hubiese pocos: la dispersión abarcó como siempre con preferencia a las generaciones jóvenes.
Aquí será ocasión de volver sobre un aspecto: el de la situación de la mujer en las doctrinas y en la colonia.
Aunque podemos suponer que la situación de la mujer colonial-mestiza ya en su mayoría había experimentado cambios favorables con respecto a las de las primeras generaciones (la mujer ofrecida al español como prenda de paz) continuaba sometida en gran escala a la circunstancia emergente de aquella situación inicial de minusvalía. Imposible en efecto negar que durante los siglos de colonia la mujer indígena como la mestiza, en el campo como en la ciudad, estuvieron expuestas al abuso en todas las formas, ya fuese el hombre encomendero, militar, poblero o simple individuo de su propia casta. Aparte de la sumisión a un régimen de trabajo duro (no por ser de tradición tribal menos oprimente) era víctima de atropellos difíciles de coartar de hecho; y uno de ellos, el nomadismo sexual del varón, se prolonga hasta hoy.
La mujer misionera, aunque asimismo abrumada de trabajo, asumía a los quince años su rol de esposa y madre en un hogar monógamo cuya moral era celosamente vigilada por los Padres. El severo régimen, al cual ayudó un sistema de espionaje del cual quedan indicios, reducía al mínimo las posibilidades de desviación. Como es sabido, en Misiones mujeres y hombres asistían no sólo a misa, sino a todos los actos colectivos, separadas de los hombres: inclusive en algunos de ellos (representación de farsas) les estaba vedada la asistencia.
d) Música, danza, canto y teatro
Innecesario repetir que música, canto y danza se desarrollaron en las Misiones programáticamente, en relación exclusiva con lo ritual, doctrinante o ejemplarizante. Se aprovechó para ello la inclinación y el entusiasmo que por estas manifestaciones sentía el indio. Por lo mismo que no tuvieron nunca significado recreativo o carácter espontáneo, y que estuvieron siempre ligados al programa de actividades cotidianas o no, no es probable que pudiesen tener, a través del indio misionero, proyecciones directas en la cultura profana colonial a este nivel, aunque pudieron reforzar iniciativas e incorporarse eficazmente a actividades religiosas, en las que hallarían siempre buen lugar intérpretes avezados y entusiastas como ellos lo eran. A su vez, ese mismo indio trasplantado pudo aprovechar las oportunidades que el medio le ofrecía para instrumentar en forma profana sus habilidades.
Un estudio exhaustivo, naturalmente difícil par lo tardío, podría eventualmente sacar a luz influencias misioneras en la formación de ciertas bandas típicas o tradicionales, como la conocida Peteque-Peteque de Yaguarón. De todos modos es dudoso que su capacidad, experiencia y entusiasmo quedasen inactivos en un medio donde esas habilidades han sido siempre muy apreciadas.
Teatro religioso existió como institución tradicional en la capital: hay referencias concretas a él en 1616. Las primeras noticias de representaciones datan de 1544. Que lo hubo en los pueblos, parece positivo: pero resulta difícil establecer la fecha en que empezó a manifestarse. Seria interesante saber si el indio misionero tuvo, al volcarse en la colonia, papel decisivo en la aparición de estas actividades en las comunidades del interior: en suma, si ellos las promovieron, o simplemente contribuyeron a vivificarlas. Los elencos de que tenemos noticia en la colonia, algunos de ellos tan lejos o tan cerca como 1874, estaban compuestos de indios; esto puede muy bien ser un indicio. Otro lo constituye el hecho de que el único auto conservado del que debe ser copioso repertorio, y cuya estructura idiomática ofrece rasgos típicamente misioneros, haya aparecido en área misionera, teniendo en cuenta que el relato (digámoslo así, ya que la transcripción se hizo de memoria, no existiendo texto escrito) lo realizó un anciano de Atyrá que se decía "descendiente de indios misioneros", a principios de siglo.
Por lo demás, teatro religioso se siguió dando en Misiones hasta los días mismos vísperas de la guerra de 1865-70, y algunos de los títulos se han conservado: entre ellos una de las óperas de que guardan memoria los cronistas de Misiones: El Rey Orontes.
e) Experiencia artesanal
Este es uno de los planos en que más debió hacerse sentir la presencia del indio misionero a partir de la actuación individual. Ese artesano era portador de una experiencia mucho más rica y extensa, en más de un aspecto, que su colega colonial. No tenemos muchos datos ni tampoco muchos documentos acerca del estado y desarrollo logrados por las artesanías nobles coloniales antes de esa fecha. Fray Pedro José de Parras, que visitó el país a mediados del siglo XVIII, no nos da idea de un gran savoir faire artesanal, salvo en la mueblería, es decir, en un aspecto profano. Aguirre, al hablar de la venida de Sousa Cavadas, el artista de Yaguarón, de 1752 a 1759, dice, sin duda repitiendo opiniones de contemporáneos, "que su venida fue ocasión a que mucho adelantaran los indios del país". Recordemos que la fecha es anterior a la expulsión.
Yaguarón y Capiatá se levantaron antes de 1767. Cabe recordar también que la mayoría de los templos se edifican en el interior del país a partir de esa fecha. Y esto hace pensar en la posibilidad de que en esas obras, es decir, en la edificación y subsiguiente ornamentación de esas iglesias numerosas, hayan tenido participación importante los artesanos prófugos de Misiones. Dicho en otras palabras: hay una sugestiva coincidencia en el hecho de que el florecimiento que pudiéramos llamar masivo de la pintura y escultura religiosas en el área colonial, se produzca precisamente a partir de la fecha en la cual los jesuitas abandonan el país.
Azara, en su famosa obra, nos habla de los "pintamonas" que halló en algunos pueblos de la colonia. Posiblemente, se tratase de pintores de Misiones allí actuando. La palabra pintamonas debemos tomarla en función del rabioso sentido académico de Azara, incapaz de transigir, como desde luego cualquier hijo de su tiempo, con nada que no respondiese a los cánones clásicos refrendados por el realismo renacentista. Sin contar que, para la fecha, esos pintores misioneros sin maestro habrían agravado, antes que atenuado, sus discrepancias académicas.
Rezagos artesanales misioneros podrían rastrearse aquí y allá en hechos menudos escondidos en tal cual libro extraviado: un resto de la habilidad del grabado reflejada en el estampado de naipes a principios del XIX, por ejemplo. O un atisbo de la experiencia imprentaria perdida en la anécdota, no sabemos hasta qué punto fiable, del individuo que en tiempo de Francia ofreció al Supremo componer un catecismo para su edición, grabando en relieve las planchas, es decir, por el procedimiento de los primeros incunables (14). Como es sabido, para poderse imprimir eficazmente, estas planchas deben ser diseñadas y gubiadas al revés. El hombre se pasó meses y meses diseñando y tallando en madera las planchas; cuando ellas estuvieron terminadas, las llevó al Supremo, quien se negó a seguir el juego... Posiblemente, como se ha dicho, se trate sólo de una anécdota maliciosa, pero queda en pie la alusión a un hecho que en sí mismo no podía ser fácilmente inventado: la técnica siquiera arcaica de impresión.
Un estudio sobre las artesanías nobles de la época, realizado en base a documentos plásticos existentes, o sea un estudio comparativo de trabajos misioneros auténticos y otros efectiva o presumiblemente coloniales, podría arrojar mucha luz sobre estos puntos, si no fuese ya del lado misionero tan escaso y tan disperso el material, y si no se hallase la poca ornamentación de las iglesias misioneras coloniales en muchos casos falseada por la incorporación de elementos cuya procedencia particular es de difícil o imposible rastreo.
En efecto, en 1821, y ante el avance artiguista, Francia mandó desmantelar las cinco Misiones del lado izquierdo del Paraná, transportando a la margen derecha todos, y hasta donde fue posible, los elementos móviles de las mismas: altares, sagrarios, confesionarios, imágenes, ornamentos, libros, campanas. Estos muebles y objetos hallaron depósito y almacén en las Misiones de la derecha del Paraná. A partir de esa fecha, las iglesias de nueva planta, en reparación o simplemente faltas de alguno de esos elementos, hallaron su surtido por decirlo así en ese acervo de las cinco Misiones. El trasiego continuó durante el gobierno de Don Carlos.
Igualmente interesante resulta el planteo de las proyecciones que pudo tener la presencia del artesano misionero en la colonia como consecuencia de la distinta forma en que éste accedía a su oficio. En las Misiones, como es sabido, el artesano era vocacionalmente designado; era el encargado de dar forma a las sagradas imágenes, de ornamentar la casa de Dios, y ello le investía, a los ojos de los demás y a los suyos propios, de un aura espiritual; gozaba de privilegios derivados de esa misma vocación: estaba exento del tributo per cápita; asumía por tanto dignidad peculiar y compensación mayor. En ciertos casos su nombre aparecía en la obra, como en el caso del pintor Kabiyú o del grabador Yaparí.
Todo ello configuraba un status de orden más espiritual y social que económico, pero envidiable, dado el sistema de valores que regía la vida misionera. El indio o el negro, si eran esclavos, dependían del amo, al cual pertenecían sus ganancias; servidores de aspiraciones profanas y suntuarias, si eran libres, trabajaban solos o con algún aprendiz, con todas las ventajas e inconvenientes de la pequeña industria doméstica. (Una excepción la constituyeron los joyeros, pertenecientes a un nivel social y económico más elevado; sus testamentos así lo dan a entender).
Así pues para el indio misionero la nueva circunstancia representó las más de las veces el paso del trabajo en taller al de la pequeña industria doméstica: en ciertos casos como maestro, en algunos quizá como oficial o aprendiz, o como simple asalariado en una obra dada. La pequeña industria, es decir, el trabajo independiente aunque aleatorio, fue quizás el mecanismo mediante el cual el artesano imaginero misionero dio origen al santero. La tradición de los tallistas misioneros en sus propios pueblos es rastreable, aunque débilmente, hasta la guerra grande; desaparece con ella. (El púlpito inconcluso, dorado, que se conserva en San Ignacio, pertenece a los últimos años de Don Carlos). La pérdida de la tradición local misionera, debilitada ya por la diáspora, se explica por la desaparición total de la población masculina durante la guerra.
Los tallistas de los cuales encontramos rastros, luego de la expulsión, en la colonia, son escasísimos; tienen nombres españoles y no indígenas como podría suponerse. Sin embargo, esto no significa que no puedan, con paciencia y tiempo, hallarse otros indicios fehacientes en apoyo de la participación artesanal misionera en estas iglesias.
Aquí y allá, aunque casi borrados por la acción desintegrante de la guerra del 65, que acabó con tantas manifestaciones tradicionales o las debilitó hasta hacerlas irrecuperables en sus primitivos perfiles, hallamos noticias de la proyección de otras artesanías misioneras en el resto del país. Por ejemplo: los tejedores ambulantes que antes de 1870 – hay noticias en Robertson y en Masterman – recorrían el país con su telar al hombro, deteniéndose donde sus servicios eran aceptados, armando su telar en el primer árbol disponible a espaldas de la casa, serían descendientes de los tejedores de Misiones: en la colonia sólo las mujeres tejían.
En la alfarería no se reflejó, que sepamos, influencia alguna. Los alfareros de Misiones habían alcanzado la etapa de un enlozado elemental a base de barniz de plomo; siguieron ejercitando esta artesanía hasta entrado el XIX, pero no transmitieron nada de su habilidad a los artesanos coloniales, que eran mujeres, y su artesanía pereció con ellos en las tantas veces mencionada catástrofe nacional.
Es posible que los talleres misioneros hayan influido en algo en la aculturación definitiva del ñandutí, como encaje que se prestaba sobremanera para el adorno de prendas de altar; pero teniendo presente que esta artesanía sólo podía ser trasmitida a través de la mujer, la posibilidad de proyecciones en la colonia se hace problemática, aunque no imposible. Encajes como el de Flandes, vulgo bolillos, en el cual según testigos de época eran muy hábiles las mujeres de Misiones (y que, como es lógico, se destinaban exclusivamente al ornato de prendas del culto), desvinculados de su finalidad, se perdieron: este encaje existió también en la colonia, pero, como en el caso del ñandutí, su vía de acceso no tuvo seguramente nada que ver con su ejercicio misionero.
Sobrevinieron no obstante ciertas formas de tejido al crochet o a la aguja, como los chales de Misiones, y seria interesante investigar hasta qué punto la tejeduría misionera tiene una prolongación en las colchas y frazadas que constituyen artesanía apreciada en algunos puntos de la zona, entre ellos San Miguel.

13. RESUMEN
Los datos que permitirían establecer en forma concreta, objetiva, la manera y cuantía en que la cultura misionera pudo proyectarse en la colonia durante el régimen de Doctrinas quizá ya, pero más seguramente después de la expulsión, son muy escasos y de rastreo laborioso, a causa de la dispersión de documentos, o su total ausencia en archivos, museos y monumentos.
Los pocos datos disponibles permiten, sin embargo, afirmar que esa influencia actuante en la segunda etapa se proyecta a grado diverso en distintos aspectos de la cultura colonial, aportando a ella elementos útiles cuya misma incorporación íntima a esa cultura en la mayoría de los casos hacen difícilísimos su discriminación y análisis.
Esa influencia debió reflejarse, según deducción plausible, no sólo en aportes idiomáticos, en un refuerzo de la población autóctona, es decir, una regresión en el mestizaje, sino también en un enriquecimiento en el terreno de las artesanías, también en grado diverso; nulo en algunas como la alfarería; decisivo en otras, como la talla, la pintura, etc. Ciertas técnicas o materiales en la pintura (colores, barnizado) pueden ser, mientras otra cosa no se demuestre, aporte misionero a la artesanía local.
El efecto adverso de la salida de los Padres, repercutiendo sobre el desarrollo y mantenimiento del nivel artesanal, se manifiesta en el simple hecho de la dispersión de los artesanos y consiguiente decadencia de los pueblos; en el abandono de las iglesias y otros receptáculos del culto, iniciados desde el día siguiente al de la expulsión. En la pérdida de la contracción religiosa, que hacía del trabajo un acto de fe, por encima de los intereses mundanos, exigiendo del artesano el máximo de dedicación. En la inevitable desorientación del artesano al faltar la dirección de los Padres, y al margen del pastoreo constante y exigente y la sanción religiosa de toda actividad.
Para el artesano de Misiones, el nuevo estado de cosas supone el paso del trabajo de taller religioso, con la consiguiente pérdida de status espiritual y social, a la situación de simple asalariado en unos casos, de oficial o de maestro en la pequeña industria doméstica, en otros. Para el artesano colonial pudo ser un incentivo a la competencia, y también ocasión a la adquisición de ayuda más capaz; reflejada en todo caso, en las artesanías mayores, en un aumento, en volumen y calidad, de la producción. En otras artesanías como en la de los encajes, el bordado, la alfarería, el efecto fue negativo. En los talleres misioneros se fabricaban hasta doce clases distintas de instrumentos (órganos, inclusive). Hoy, transcurridos dos siglos, sólo se fabrican en el país arpas y guitarras. Sólo falta saber si en la artesanía de estos instrumentos ejerció alguna influencia el artesano misionero.
El tema es vasto y con lo expresado sólo se plantean en principio los problemas con los cuales se encara el investigador, y algunas de las direcciones interesantes de esa posible investigación.
De haber continuado su curso la cultura misionera, luego de salidos los Padres, y ya dentro del marco colonial, sus reflejos o proyecciones sobre esta cultura habrían sido tan decisivas como extensas su aspecto experiencial. Pero esto era lógicamente y por definición misma, inimaginable; condicionada como se hallaba esa cultura por un pensamiento religioso trascendente. El mundo cultural creado por los jesuitas, sólo con ellos y por ellos podría haber continuado su curso.

BIBLIOGRAFIA
Alborno, Pablo. 1944. Arte jesuítico de las Misiones hispano-guaraníes. Asunción: Ed. Guaraní (Biblioteca de la Sociedad Científica del Paraguay, Nº 9).
Plá, Josefina. 1970. "Español y guaraní en la intimidad de la cultura paraguaya", Caravelle 14 (Tolouse): 7-21.
1972. Yaguarón. Asunción: El Centenario.
1975. El barroco hispano-guaraní. Asunción: El Centenario.
Susnik, Branislava. 1965. El indio colonial del Paraguay. I. El Guaraní colonial. Asunción.
1966. El indio colonial del Paraguay. II. Los trece pueblos guaraníes de las Misiones. Asunción.
1971. El indio colonial del Paraguay. III. El chaqueño: Guaycurúes y Chanés-Arawak. Asunción: Museo Etnográfico "Andrés Barbero".
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Fuente: OBRAS COMPLETAS. VOLUMEN II por JOSEFINA PLÁ. HISTORIA CULTURAL LA CULTURA PARAGUAYA Y EL LIBRO © Josefina Pla © ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) - RP ediciones Eduardo Víctor Haedo 427. Asunción – Paraguay 1992, 352 pp. Tel: 498.040 Edición al cuidado de: Miguel A. Fernández y Juan Francisco Sánchez Composición y armado: Aguilar y Céspedes Asociación Tirada: 750 ejemplares Hecho el depósito que marca la ley. VERSIÓN DIGITAL: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY - IR AL INDICE (Accesos directos).
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