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jueves, 18 de marzo de 2010

JOSEFINA PLÁ - LA CONQUISTA RELIGIOSA. LAS MISIONES JESUITICAS / Fuente: EL BARROCO HISPANO GUARANI. Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY.


EL BARROCO HISPANO GUARANI
Autor: JOSEFINA PLÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

(Primera Parte)
II
LA CONQUISTA RELIGIOSA. LAS MISIONES JESUITICAS


"La conquista del Paraguay – dice el historiador Efraím Cardozo – (1) se produjo en plena eclosión del batallador catolicismo español".
Terminada la gesta de la Reconquista, en el itinerario histórico de España coinciden cenitalmente dos acontecimientos cuya aleación fragua su grandeza ecuménica: la Contrarreforma, el descubrimiento de América. España, la descubridora de las nuevas tierras, ha asumido al propio tiempo muy en serio su papel de campeona de la Cristiandad. Para ello le han labrado ejecutoria los ocho siglos de lucha contra el moro. Ocho siglos que no han sido sólo de pelea por reconquistar su suelo sino también ocho siglos de batalla contra el infiel. "El milagro de energía humana – sigue diciendo Cardozo – que impulsó la grandiosa proeza de descubrir y dominar un mundo, sólo fue posible mediante la entrañable convicción de que los quintos españoles no corrían detrás de riquezas y poderío sino de almas que ganar para Dios". Superabundantes documentos de época no nos dejan duda alguna al respecto. El Libro Primero de las Leyes de Indias fue dedicado a la Iglesia Católica. Y la misma Ley Primera lleva al frente una invocación de Carlos Quinto que dice así: "Y creyéndome más obligado que otro príncipe alguno del mundo a procurar Su servicio y la Gloria de su Santo Nombre, y emplear todas las fuerzas y poder que nos ha dado en trabajar en que sea conocido y adorado en todo el mundo, por verdadero Dios, como lo es, Creador de todo lo visible e invisible..."
Este espíritu providencialista, de totalitarismo religioso, guió la conquista y el establecimiento del dominio español en el Paraguay, como en otras zonas americanas; pero quizás en ésta, como en ninguna, tuvo, a favor de las circunstancias, ocasión de manifestarse en su raigal y fervoroso acento original.

LAS ENCOMIENDAS
En el Paraguay, al igual que en otras áreas, existió el sistema llamado de encomiendas, con el cual la Corona quiso hallar solución inmediata a la serie de problemas de todo orden creados por la subitánea absorción de tantos nuevos súbditos a los cuales había que insertar en un nuevo orden de cosas: económico, social y cultural; pero sobre todo religioso.
En cierto modo el sistema de encomiendas venia a ser una continuación del régimen feudal, que precisamente por entonces periclitaba en Europa. Se han señalado no obstante diferencias entre ambos regímenes. El feudo era perpetuo, la encomienda vitalicia. El señor feudal tenía jurisdicción civil y criminal; el encomendero no. Es más, el sistema feudal no reconocía extinción, mientras que la encomienda, en principio, se calificó solo como un estado transitorio, destinado como se ha dicho, a ofrecer una solución inmediata a los gravísimos problemas creados por el concurso de esa masa de nuevos súbditos en circunstancias completamente inéditas.
Por la encomienda, el Gobernador asignaba un cierto número de indios a un sujeto particular, al que consideraba consciente y responsable, encomendándolos o depositándolos en él para que "los cuidase, defendiese de sus enemigos" e "hiciese instruir en oficios y sobre todo en la santa religión".
A cambio de ello, el indio debía pagar un tributo, que al principio fue en moneda, pero luego ante la incapacidad del indígena para aportar ese monto, fue trocado por la prestación de servicios personales, durante dos meses al año, al encomendero; quien, como equivalente de pago o compensación, aportaba el importe del tributo.
Nunca estuvo en el espíritu ni en la letra de las Leyes de Indias la opresión o esclavitud del indio. En su testamento la Reina Isabel insiste entrañablemente: "No consientan ni den lugar a que los vecinos y moradores de dichas islas y tierras firmes, ganados y por ganar, reciban agravio en sus personas y bienes". Y en otra parte: "Los indios son tan libres como los españoles". En 1509 instruía Fernando el Católico: "Repartan los indios para el bien espiritual de ellos: los encomenderos los amparen y defiendan de sus enemigos. "Provean ministros que los instruyan en nuestra Santa Fe". Estas palabras pasaron después a la Ley Primera, Titulo X, Libro VI de la Recopilación de dichas Leyes de Indias; fueron repetidamente glosadas en disposiciones, cédulas y ordenanzas.
No cabe pues duda acerca del espíritu que guió la institución de la encomienda. Ella no comportaba en su intención original carga pesada para el indígena; éste, por su parte se consideraba que recibía compensación suficiente en esas facilidades organizadas para su incorporación a la nueva cultura. Pero circunstancias fáciles de comprender – el paso de la impersonalidad de la ley a la práctica viciada por lo personal humano – hicieron que ella derivase rápidamente al abuso.
Quizá éste no adquirió en el Paraguay, en términos generales, los caracteres agudos que en otras áreas, ya que no existió la riqueza minera cuya explotación agravó la situación del indio; en el Perú, – por ejemplo; pero no cabe duda de que la falta de control ceñido y vigilante, el desamparo de la distancia, hacían que las paternales previsiones de la Corona cayesen con frecuencia en el vacío. Las encomiendas se despoblaban. Los indios huían y se tornaban hostiles. En treinta años, de 90.000 indios reducidos sólo quedaron 1.000 (2). La encomienda resultaba en descrédito de la Corona y la religión; en envilecimiento y merma de la población india.

RITMO LENTO EN LA CATEQUESIS
La lenta expansión de la población colonial y precariedad del núcleo español, venían a ser un obstáculo más para la conversión del indio. Hacia fines del siglo XVI los indígenas al contacto con los españoles al este del río Paraguay habían adquirido hábitos de convivencia; entre 1538 y 1610 fueron fundados Altos, Atyrá, Areguá, Caazapá, Guarambaré, Itá, Tobaty, Yaguarón, Itapé, Tabapy, todos ellos pueblos de indios, asiento de misiones franciscanas o de clérigos. Pero ya más allá del río Paraná la acción colonial resultaba inoperante; tanto franciscanos como clérigos carecían allí del apoyo militar y civil preciso para sus fundaciones, debido simplemente a la falta de brazos. No puede extrañar que la conversión no progresara, a pesar de la buena voluntad de misioneros y sacerdotes.
El avance colonizador en el área llegaba pues prácticamente a un punto muerto, dado que el procedimiento seguido hasta esos instantes, la acción militar – o eventualmente la diplomática, respaldada en la anterior – había precedido a toda acción de orden civil y por ende catequizadora. Tampoco por otra parte se disponía de brazos eclesiásticos suficientes; y además los disponibles no estaban amparados por las reglas de sus respectivos ministerios u Ordenes como para afrontar el trato directo con los indios en tales condiciones. La tarea debía plantearse en otra forma. Eliminada la acción militar como la civil esa tarea sólo podían realizarla hombres capacitados para ella por el fervor y las obligaciones de una misión activa, basada en una Regla cuyo principio era precisamente la prédica sin límites de área o de riesgo.

LA COMPAÑIA DE JESUS
Justamente a fines del XVI entraba la Compañía de Jesús en su fase de desbordante actividad. Sus milicias eran ya lo suficientemente numerosas como para asumir cualquier empresa. ¿Quién más indicado para la labor en el Paraguay que esta Orden en cuyas manos el concepto evangelizador cobraba nueva vitalidad al incorporar un cariz inédito, el de adaptación a la circunstancia?... El jesuita, hombre de acción, y no sólo de prédica o doctrina, era el señalado para esta nueva etapa colonizadora, como lo ha hecho notar Lugones (3) Aquí hallaban su puesto aquellos que eran "otros tantos soldados de un escuadrón de caballos ligeros, con el oído atento al primer toque de alarma, y aún puesto el pie en el estribo para salir a pelear las batallas del Señor" según Rivadeneyra.

LOS JESUITAS AL PARAGUAY
No están lo suficientemente aclaradas todavía todas las incidencias del proceso que tuvo como conclusión la venida de los jesuitas. Hay indicios de que la intención de adoctrinamiento por parte de los Padres se remonta ya a la mitad del siglo XVI. Desde esa fecha la Compañía trabajaba ya en el Brasil. En San Vicente se hallaba el Padre Manuel de Nóbrega cuando el jesuita Antonio Rodríguez, ex soldado portugués que había formado parte de la expedición de Mendoza, "le informó de las tribus y costumbres de los indios y de la obra catequística de un sacerdote español llamado Gabriel, que desde Asunción, disgustado con el proceder de los españoles, se había retirado al interior haciendo nueva entrada Paraguay adentro". Rodríguez sugirió al Padre Nóbrega que enviase allá una compañía, "porque hay por allá otras gentes que no comen carne humana, gente más piadosa y preparada para recibir nuestra santa fe, por tener en gran estima y crédito a los cristianos".
En 1551 el Padre Leonardo Nunes intenta poner en práctica esta idea, llevando consigo algunos lenguaraces, entre ellos el hermano Pedro Correa. Nóbrega se refiere a este proyecto al año siguiente, y resuelve realizar por su parte la intentona. El gobernador general. Tomás de Souza, que al principio había aceptado el plan, pensándolo mejor y viendo los inconvenientes que se derivarían de la marcha de Nóbrega, con más la natural defección de otros elementos misioneros, debilitando la acción evangelizadora local, se opuso a ello. El Padre Nóbrega, no obstante no desistió: se limitó a dejar el propósito para mejor ocasión (4).
Esta pareció llegar por fin para Nóbrega en 1554; y se hallaba ya preparando su partida cuando llegó el Padre Luis de Gra, a quien esperaba Nóbrega, y se mostró contrario a la empresa. Nóbrega se sometió al parecer de su compañero. Subsiguientes solicitudes suyas tropezaron con la negativa de Roma. (Hay presunción – siempre siguiendo a Porto – de que el Padre Luis de Gra habría sido designado para la misión y de que inclusive llegó a emprender el viaje).
En 1583, o sea más o menos treinta años después, se unen las dos coronas peninsulares, y surge de nuevo la idea de mandar Padres al Río de la Plata y al Paraguay. En 1584 el General Acquaviva aprueba el plan, y en 1585 el Obispo del Tucumán Francisco Vitoria intercede con el Procurador de Bahía y el Provincial del Brasil para la venida al Paraguay de una Misión de la Compañía (5).

GESTIONES E INCIDENTES
Durante su viaje al Río de la Plata, los misioneros enviados del Brasil son capturados por los piratas y a duras penas consiguen recuperar la libertad. Llegan al cabo a Córdoba, donde se encuentran con dos Padres procedentes del Perú. El 11 de agosto de 1588 arriban por fin a Asunción los PP. Saloni, Ortega y Filds, catalán, portugués e irlandés respectivamente. Cerca de dos años se pasaron recorriendo el país, queriendo lógicamente tener una idea de las condiciones en que habría de desenvolverse su labor. En 1593 se fundó la Casa de la Compañía en Villarrica. En 1594, la de Asunción. En el ínterin había regresado a su país de procedencia uno de los PP., y habían llegado a esta área nuevos y activos misioneros, entre ellos Alonso de Barzana. Sin embargo, entre esta fecha y el año 1602, los jesuitas estuvieron a punto de abandonar la empresa. Los motivos no aparecen muy claros. El P. Visitador Esteban Páez, según se deduce, habría puesto reparos al establecimiento de misiones "tan alejadas de la Provincia del Perú" lo cual hacía difícil su vigilancia y gobierno. Documentos de la época informan por otro lado de las dificultades que a poco de llegar los Padres surgieron entre ellos y la población local: la causa parece haber sido la prédica adversa a las encomiendas, de parte de los jesuitas. Fueron apedreados los Colegios, insultados los Padres; e inclusive Hernandarias, su mejor defensor, llegó a mostrárseles adverso.
Entraron sin embargo a tallar otros empeños, cuyo complejo juego es de larga exposición, pero entre los cuales merecen señalarse los choques reiterados que por esos años tuvieron las armas coloniales con los indígenas del otro lado del Paraná, y en una de cuyas incidencias los indios llegaron a apoderarse de una hermana de Hernandarias. Este, pues cambia de parecer y escribe al Rey "que no hay medio de reducir por las armas los 150.000 indios exentos de los españoles de Ciudad Real y Villarrica, pues aunque acuden a estos pueblos de paz, sirven como y cuando les parece, porque los españoles no tienen fuerza suficiente para conquistar dichos indios, ni los sujetar". A lo que contesta el Monarca. "Que aunque hubiere fuerza suficiente para conquistar dichos indios, no se ha de hacer sino con la doctrina y predicación del Evangelio, valiéndose de los religiosos de la Compañía que mando para dicho objeto..."
Y es saliendo al paso de la objeción de alejamiento antes hecha, y transcripta, que el Prepósito General Claudio Acquaviva en 1604 determinó erigir en Provincia Espiritual del Paraguay esta demarcación de Tucumán y del Río de la Plata; y en 1605 llegan por fin los Padres Jesuitas designados para llevar a cabo este objetivo. En 1609 el Padre Provincial Diego de Torres envía dos misioneros al Guairá, dos a los guaicurúes, y más tarde dos al Paraná. El 29 de diciembre del mismo año se inicia la serie de fundaciones con la de San Ignacio Guazú, a doce leguas del Paraná, a la banda del Norte, por los Padres Marcial Lorenzana y San Martín, a quienes sustituyó en 1611 el Padre Roque González de Santa Cruz. Este fue el primer jesuita salido del Colegio de Asunción, hijo de la tierra; fue incansable en la tarea misionera y murió en pleno acto fundador; ha sido elevado a los altares.
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MISIÓN LA CANDELARIA

(Grabado misionero)

AMBITO IDEAL PARA LA EMPRESA
La erección en provincia de un territorio aparentemente tan desamparado, tan alejado de los centros existentes de colonización; desorientó al principio a muchos. "Siempre entendí – dice un misionero en la Carta Anua de 1613 – cuando vi que se había movido nuestro Padre General a hacer provincia de una tierra tan pobre y desamparada, que aquí había misterio, y ya se empieza a descubrir". En efecto, el empeño no fue arbitrario ni obra del azar; no cabria pensar tal cosa de la visión siempre tensa y lúcida de los dirigentes de la Compañía. Era la intención de los jesuitas "hambrientos de almas" desarrollar aquí a plenitud el sistema que ellos concebían como el mejor para la conversión y subsiguiente conservación de los cuerpos y almas de la gente nueva. En ninguna de las otras áreas habría sido ello posible, ya por la competencia civil, ya por la de otras órdenes religiosas. La crónica demuestra que aunque en esas otras zonas se realizaron en diversos períodos intentos de establecimiento de estas comunidades de base utópica, ellas o fueron en muy pequeña escala o bien no tardaron en desaparecer en el juego de los graves intereses contrapuestos. En el Paraguay, y justamente por las circunstancias aparentemente adversas, concurrían los requisitos deseables y algunos más – la condición persuasible del indígena, la bondad de la tierra dispuesta a amparar empresas de trabajo – y con ellos, la supervivencia económica sin excesivas dificultades.
De la ausencia, por no menos aparente, al comienzo, de la competición religiosa o civil, no cabía dudar, por cuanto el propio Gobernador Hernandarias había recabado de la Corona y de los Superiores de la Orden la presencia de los jesuitas, como los únicos capaces de afrontar la tarea demostradamente imposible para la Colonia. De la índole de los naturales, no precisamente mansa en todos los casos, pero sin duda mucho más asequible y abierta a la convivencia y la persuasión que en otras regiones al este del Ande visitadas previamente por los misioneros, tenían testimonios repetidos. Además las creencias guaraníes ofrecían un sorprendente paralelismo en algunos de los casos con ciertos dogmas católicos; y esto facilitó, como veremos enseguida, el entendimiento inicial. En cuanto a la naturaleza, patentes estaban la bondad del clima, la abundancia de tierras fértiles aptas para el cultivo y la ganadería; la existencia de abundantes maderas, de manantiales y de pastos. La ausencia misma de minas los favorecida, ya que hemos visto que fue ella la que en rigor, aunque indirectamente, había creado las circunstancias propicias a la venida de los jesuitas e hizo posible su establecimiento in extenso.
En cuanto a la lejanía y aislamiento, fueron factores preciosos utilizados con lucida visión en el desarrollo del plan.

PEDAGOGIA CATEQUISTICA
En su prédica, los jesuitas emplearon todos los recursos que la psicología de su tiempo ponía a su alcance. No vacilaron por ejemplo en utilizar el ya mencionado trasfondo mítico indígena afín a las creencias cristianas en busca de coincidencias en las cuales apoyar su persuasión. Así la leyenda de Sume o Pa’i Tume, convertido en Santo Tomás; así Tupâ, convertido sin dilación en Dios Padre, como el Yvága en el Paraíso, y así sucesivamente. Ello dio lugar a que en determinado momento algunos, entre ellos el hazañoso Obispo Cárdenas, los motejase de heréticos, por haber adoptado literalmente, en su catecismo, figuras, conceptos y terminología de los mitos indígenas (Cardozo). Así pudo decir un cronista: "El que crean las obligaciones de nuestra Santa Fe, sus misterios y verdades, no les cuesta mucho". El mismo Cardozo, citado, ve en el mito de Pa’i Tume, con su profecía relativa a la venida de hombres blancos, si no el principal motivo, por lo menos un fuerte aliciente para la conversión realizada en masa en los primeros tiempos. Dice la Anua de 1616 al referirse a la Misión de San Francisco Javier: "esa profecía de la venida de los jesuitas hecha por Pa’i Tume, la hemos oído de distintas naciones y tan distantes unas de otras que en ninguna manera puede haber sospecha de habérsela comunicado los indios entre sí, y concuerda tanto, que en cosa ninguna han discrepado, por eso dejan sus tierras con tanta buena voluntad para seguirnos". "La conversión guaraní a la fe católica – dice Cardozo – fue un reencuentro". Para mejor comunicar con ellos, los jesuitas, aprendieron el guaraní, y andando el tiempo, hasta les ofrecieron libros de religión escritos en su idioma. Y como además en los Padres hallaron los indígenas médicos que los atendían y curaban, administradores que los ponían a salvo del hambre, capitanes que los llevaban con ventaja a la pelea, abogados que los defendían de los encomenderos, no se puede menos que dar la razón a Cardozo cuando dice que en los jesuitas vieron los guaraníes "su liberación" (6).
Añádase a todo esto el respeto que los Padres concedieron a la organización tribal, y la sutileza psicológica con que supieron apoyar la enseñanza sobre ciertos rasgos idiosincrásicos y determinados rasgos de la organización social del aborigen.

VICISITUDES DE LAS MISIONES
No debemos sin embargo extremar el optimismo y ver la conversión del indio en el área como una empresa fácil y sin vicisitudes. La verdad no fue tan risueña. Hubo sus altibajos, sus trágicos tropiezos, sus desengaños. La defección de chanás y jaros. La fracasada conversión de los guaraníes, que costó la vida al Padre Roque González de Santa Cruz, hoy Beato, y a sus compañeros, y que hubo de ser abandonada al cabo de diez y siete años de esfuerzos. La vuelta a la vida salvaje de los indios de las Misiones de Jesús y María de los Guenoas. El martirio de diez y seis jesuitas (7) de los que el Beato Roque y sus dos compañeros fueron los primeros. Y sobre todo la azarosa crónica de las Misiones del Guairá, que alcanzó en algunos momentos perfil épico (8) y del Tape, donde los bandeirantes reeditaron la Degollación de Inocentes (9). Las tentativas hechas para desplazar a los Padres de las Misiones de Itatines, a favor de otras Ordenes... Las Misiones no alcanzaron cierta estabilidad sino tras un largo periodo de ensayos y dramáticas pruebas.

PERIODOS EN LA HISTORIA DE LAS MISIONES
"Debemos – dice Hernán Busaniche (10) – dividir la historia de Misiones en dos períodos. El primero es el azaroso de las fundaciones, época movediza, de traslados, de guerras y asaltos, que terminó en un éxodo". Busaniche encuadra esta época entre 1609, fecha de la fundación de San Ignacio Guazú, y 1632, fecha del éxodo de las poblaciones del Guairá. Creo que quizá conviniese extender este lapso hasta 1648, fecha en la cual los guaraníes, concedido ya el permiso para usar armas de fuego, fueron declarados guarnición de frontera, poniéndose con ello a raya a los mamelucos, y asegurándose definitivamente la estabilidad de los pueblos.

PRIMERA EPOCA FUNDACIONES DEL GUAIRA
Los Padres Cataldino y Mazeta se internan en el Guairá, para establecer según Lugones, una punta de lanza para la salida al mar. Sin que ello suponga en lo más mínimo aceptar la interpretación del "imperio jesuítico" de Lugones (11) nada se opone a que pensemos que esa salida al mar pudo haber estado en el plan de los Padres; ello no sería sino una prueba más de la certera visión histórica de los hombres de Loyola. De haber proseguido y estabilizado su expansión, hasta el mar, las Misiones, quizá la historia de esta zona de América del Sur se habría escrito de distinta manera.
Los Padres mencionados fundan San Ignacio y Loreto del Guairá. En 1622 se les une el Padre Montoya, llamado "el apóstol de los guaraníes", merecedor él solo de una larga biografía. A su empuje se debe la fundación de once pueblos más. En veinte años escasos, estas trece Misiones reúnen una población de cincuenta mil almas, laboriosa y próspera; establecen talleres, levantan templos (12). En 1618 tenían "acabada su iglesia muy capaz y vistosa" en San Ignacio. La iglesia de Loreto tenía tres naves, un largo de 150 pies, un ancho de 80. "La labraron manos de indios... el cacique pone su autoridad en acarrear tierra para las paredes" (eran de encofrado) (13). En 1618 había en ambas Misiones talleres en funcionamiento.
Los templos de Loreto y San Ignacio eran los más elegantes del Paraguay. En ambos había "un ábside triple con sus respectivos altares y retablos pintados... a ambos lados de la nave central una hilera de columnas con su pedestal y capitel, con su pórtico y toda clase de ornamentos bien cincelados. Detrás de ellos, arrinconados a la pared confesonarios del mismo estilo artístico. Todo de cedro"... (14). El Gobernador Céspedes Xeria, casado con una dama fluminense, dueña de ingenios en Río (es la época en que las dos coronas peninsulares están unidas) dijo de ellas en 1628: "hermosísimas iglesias, que no las he visto mejores en las Américas que he corrido, del Perú a Chile" (15).

LA DESTRUCCION DE LAS MISIONES DEL GUAIRA
Las trece Misiones así levantadas de 1615 a 1632 se encontraban en franca prosperidad, cuando descargó sobre ellas el malón paulista: los bandeirantes o mamelucos vieron en esas poblaciones pacíficas una estupenda proveeduría de esclavos. Los misioneros, concentrando a los indígenas en pueblos, les ahorraban el trabajo de perseguirlos en las selvas... Una tras otra, las flamantes Reducciones fueron presa de los mamelucos, que se llevaron a los indios hábiles para venderlos como esclavos para los ingenios de Río. Los poblados fueron incendiados, arrasadas las iglesias. Unos pocos millares de conversos, guiados por el famoso Padre Montoya, y atravesando ríos y selvas, alcanzaron las Misiones del Paraná, donde hallaron refugio. En 1640 la Corona concede permiso a los indios misioneros para portar armas de fuego, y en 1648 los nombra "guarnición de frontera". De allí en adelante, el peligro mameluco, que no lo es sólo para las Misiones, es tenido a raya, y comienza la época estable de las fundaciones.

SEGUNDA EPOCA DE MISIONES
"Es en este período – dice Busaniche (16) – cuando se trabaja en las obras de aliento, se construyen los templos, se organiza la vida comunal, se establecen las estancias, y se cultiva la tierra, explotándose los yerbales, con lo que se crea un comercio en gran escala". En rigor, la vida comunal estaba regulada desde el comienzo, y templos como hemos visto se habían construido ya con despliegue suntuario digno de nota; pero en esta época es cuando la construcción cobra amplio vuelo. La estabilidad antes mencionada lo es sólo en cuanto se refiere a las dificultades de orden material creadas por la defensa. Porque terminadas estas dificultades, comienzan las que podrían llamarse diplomáticas. Los ciento y pico de años siguientes transcurren en un continuo estira y afloja con las autoridades de la colonia. Esta, lógicamente, no ve con buenos ojos la prosperidad de las Misiones asentada sobre la autonomía y favorecida con privilegios. Y la Corona a distancia se ve en duro aprieto para discernir lo que hay de verdadero o de falso en las acusaciones de que son continuo objeto los jesuitas. Ello da margen a una serie de órdenes y contraórdenes, cédulas y ordenanzas contradictorias, condensadas en deposiciones y reposiciones, que bien demuestran el estado de perplejidad de la metrópoli ante los distintos y contrapuestos testimonios que llegan allá. Pero entretanto como se dijo más arriba, los establecimientos se consolidan, y se fundan otros en la misma área. En total las fundaciones alcanzan a setenta y más, de las que al tiempo de la expulsión sobreviven solo treinta y dos (17).
La etapa 1648-1767 se divide a su vez en dos períodos claramente delimitados dentro del desarrollo de la cultura misionera. El primero comprende los años restantes del siglo XVII, que es cuando florecen los talleres misioneros y difunden su trabajo; se caracteriza por los materiales perecederos y los caracteres funcionales de su arquitectura. El segundo comprende desde 1700 a 1767; las Misiones económicamente arraigadas y funcionalmente organizadas sustituyen esos templos de material precario por construcciones ambiciosas en piedra o ladrillo.
Antes de entrar, sin embargo, a considerar la labor artística en ellas realizada, es conveniente esbozar una idea de lo que fue la organización y ambiente espiritual de las Misiones y la forma en que se desenvolvieron sus talleres, ya que esos factores hubieron de reflejarse forzosamente en el desarrollo del trabajo, y en ellas tienen su justificación las más de las características de su arte.

NOTAS
1) EFRAIM CARDOZO. El Paraguay Colonial. Buenos Aires 1958.
2) PADRE ANTONIO RUIZ DE MONTOYA. Memorial de 1643.
3) LEOPOLDO LUGONES. El imperio jesuítico. Buenos Aires 1945.
4) AURELIO PORTO. História das Missoes Orientais do Uruguay. Río de Janeiro 1943
5) AURELIO PORTO. Idem
6) EFRAIM CARDOZO. El Paraguay Colonial. V. s.
7) No todos víctimas de los indios de los pueblos que estudiamos, desde luego. Los más fueron víctimas de los indios chaqueños.
8) BLANCO VILLALTA. Montoya apóstol de los guaraníes. Guillermo Kraft Buenos Aires 1954
9) ANTONIO RUIZ DE MONTOYA. Memorial de 1643.
10) HERNAN BUSANICHE, Arquitectura en les Misiones Jesuíticas Guaraníes. Imp. El Litoral, Santa Fe, 1955.
11) LEOPOLDO LUGONES. El Imperio Jesuítico V. s.
12) AURELIO PORTO. V. s.
13) Anua de 1616.
14) Anua de 1616.
15) RUIZ DE MONTOYA. Memorial. V. s.
16) HERNAN BUSANICHE. La Arquitectura en las Misiones Jesuíticas guaraníes. Ed. El Litoral, Santa Fé: R. A: 1955
17) En 1746 se fundaron en la zona llamada de Tarumá otras dos Misiones, de las cuales es poca la noticia que ha quedado. Por ser su fundación de fecha próxima a la de expulsión, no tuvieron estas fundaciones ocasión de desenvolverse en forma apreciable, y fueron las primeras en desbandarse a la salida de los jesuitas, como consta del Memorial elevado en febrero de 1768 por los indios de San Luis al Gobernador Bucareli. (Ver Apéndice IV).

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Fuente: JOSEFINA PLA - EL BARROCO HISPANO GUARANI. Editorial del Centenario S.R.L. Asunción, 1975. Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY.

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