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sábado, 24 de julio de 2010

JUSTO PASTOR BENÍTEZ - LA REVOLUCIÓN DE MAYO (DISERTACIÓN, 1940) / Edición digital: www.independenciaparaguaya.com


LA REVOLUCIÓN DE MAYO
Disertación del Dr.
JUSTO PASTOR BENÍTEZ,
leída ante el
micrófono el
14 de mayo de 1940.
Ministerio de Gobierno y Trabajo.
Dirección General de
Prensa y Propaganda.
Imprenta Nacional,
Asunción - Paraguay , 1940
Fuente:

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He tenido la oportunidad de leer en el extranjero, un legajo de documentos que se titula “Autos de la Revolución del 15 de Mayo de 1811”. Ese legajo es la fe de bautismo de nuestra patria. Comienza él con los trazos enérgicos de Pedro Juan Caballero, ejecutor del movimiento y en sus páginas bien conservadas aparecen las firmas de Antonio Tomás Yegros, Vicente y Manuel Iturbe, José Gaspar de Francia, Montiel, Juan Bautista Rivarola, Valdovinos, Juan B. Acosta, Carlos Arguello, la juventud magnifica de la Revolución.
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Es siempre difícil que un movimiento de transformación presente en su iniciación todos los caracteres que se muestran en su desarrollo. Una revolución a veces empieza con un motín y sólo en el transcurso del tiempo revela sus líneas fundamentales. La revolución se concentra en un minoría, un reducido número de espíritus selectos. Como la semilla, necesita refugiarse en las entrañas de la tierra para germinar. Después sale a la luz del sol y se expande en todo su vigor y lozanía. Los iniciados de mayo, reducidos en número, sintetizaron en su espíritu los ideales de nuestra patria. La leyenda dice que una noche silenciosa, después del toque de queda, salieron de la casa de la actual calle 14 de mayo y se dirigieron al cuartel para iniciar la revolución. No conocemos actas anteriores, tenemos escasas pruebas de una conspiración pero en el legajo que menciono aparecen como firmantes del acta de constitución del Triunvirato, en el patio del cuartel, el día 16, una docena de jóvenes, militares y civiles, el mayor de los cuales, Pedro Juan caballero, tenía a la sazón 25 años. El único maduro era el Dr. Francia, numen y consejero, que llegaba a los 45 años. Días después, se incorporo el jefe natural y epónimo de nuestra independencia, ya también maduro de edad y en campañas, el Coronel don Fulgencio Yegros. Venía de su comandancia en Itapúa a ponerse al frente de la revolución, que fuera precipitada por circunstancias imprevistas, vencidas por la audacia fulmínea de Caballero e Iturbe.
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Aquel primer acto iniciado al son de las campanas de la catedral y a la luz indecisa de los faroles coloniales en la noche del 14 y consumado en la mañana del 15, contenía en potencia nuestra historia. Los próceres fundaron una patria que nosotros tenemos el deber de conservar y engrandecer. Señalaron las rutas definitivas de su historia al fijarle el sino de nación independiente. En todos los documentos de la época consta esa vocación. Querían una República: cosa pública, patrimonio de todos por tradición latina y eligieron como enseña la tricolor como remoto fulgor de las llamaradas redentoras de la Revolución Francesa. Se adoptó la denominación orgullosa y definitiva de “República del Paraguay”, tomándola del río que sirvió de abrevadero a su civilización y al cual está unido su destino. En ella nunca hubo oligarquías, siempre fue y será democrática e igualitaria, por constitución social y por vocación hereditaria. Al viejo escudo español, prosapia de nuestro orgullo, agregaron los próceres, la estrella, guía de caminantes, oriente de viajeros, que preside con su luz toda marcha de perfeccionamiento.
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La revolución de mayo duró hasta 1870, porque en esa etapa terminó el proceso de nuestra independencia. Una patria es siempre una creación constante; somos los hijos de ella y también sus creadores, sobre todo si sabemos acrecer la herencia, que es el mandato supremo de una generación. Los próceres de mayo tuvieron la intuición, más que un definitivo y concreto designio político. Pedro Juan Caballero dio impulso inicial, Mariano Antonio Molas enunció sus primeros principios de organización; Yegros, le dio jerarquía moral. En realidad se trataba de la repercusión de un fenómeno continental, que tuvo sus intérpretes en la juventud de mayo.
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De 1811 a 1813 se nota cierto periodo de incertidumbre, el 12 de octubre de 1813, se confirma la voluntad de independencia absoluta, que realiza con la pasión de un iniciado y la inexorabilidad de una ley de la naturaleza, el inflexible y puro José Gaspar de Francia.
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No había necesidad, por cierto, de exigir al vigoroso temperamento de Pedro Juan Caballero, un programa anticipado, porque el patriotismo es una fuerza subconsciente, un impulso de la tierra, una vibración cósmica y una convicción mística. Es religioso antes que intelectual; no sabe pesar ventajas ni riesgos, sino alimentarse en las fuentes del idealismo sin compensaciones. Porque no hay que olvidar que nuestra independencia fue un desafío, una empresa que duró medio siglo y realizable sólo por un raza con vocación heroica y batalladora.
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La generación de mayo fue la síntesis de la virtudes de la raza; en ella encontramos la fuente perenne del patriotismo; la identificación total con la tierra que nos vio nacer; el paradigma de la ciudadanía; la verdadera y grande nobleza de los paraguayos. Ella alimento las fuerza vitales de la nacionalidad, le dio jerarquía y bajo su bandera, podemos y debemos encontrar el principio de unión sagrada, de solidaridad, de convivencia tolerante, de fe única, de afanes comunes de grandeza y libertad, sin los cuales no se llega a constituir la entidad llamada patria, conjunción de ensueños y de recuerdos.
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Nuestro país, por su formación racial, la homogeneidad de sus habitantes, por su tradición de lucha en el periodo de la conquista y de los comuneros, adquirió entre los primeros en América, los atributos de una nacionalidad. Tal fue la base firme que encontraron para su obra los próceres; nada de artificial hubo en la empresa; nobles ideales la inspiraron y el secreto de ella consistió en entender el sentido profundo de la revolución americana. En ese terreno los próceres paraguayos fueron precursores y adalides de la república democrática, del principio de las nacionalidades y de la teoría de la libre navegación de los ríos, por los cuales fuimos más tarde a la guerra de 1864/70.
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Mariano Antonio Molas, Fernando de la Mora y el Doctor Francia fueron los enunciadores de la doctrina; los teóricos de la revolución de mayo, que era y es consustancial con el libre acceso al mar, la libertad de comercio, la autonomía política y la república igualitaria, principios cardinales de la nacionalidad paraguaya.
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Pero los ideales de mayo se hubieran perdido en la vaga región de los sueños y de las intenciones, si no hubieran tenido plena comprensión en todo el pueblo paraguayo, esencialmente plebiscitario.
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Los revolucionarios de la noche del 14 de mayo fueron comprendidos y seguidos. Nuestro país montó la guardia en torno al propósito de independencia absoluta, más de medio siglo; durante el cual la idea de patria supera, absorbe y sumerge a toda otra preocupación política. Por eso el periodo de 1811 al 70 debe juzgarse como el periodo de formación de la nacionalidad y Carlos Antonio López, organizador jurídico del estado, es el lógico continuador de la Revolución de Mayo, en cuyos principios se inspira y se apoya. La independencia fue posible por la disciplina y abnegación del pueblo. Fue una vasta tarea colectiva. El Paraguay pudo ser fuerte porque gozó de medio siglo de paz interna, periodo durante el cual se consagró a fortalecer los factores morales y físicos que integran una nación. No en balde, Acuña de Figueroa, autor de nuestro himno, canta: “Cuando en torno rugió la discordia, que a otros pueblos fatal devoró, paraguayos, el suelo sagrado, con sus alas un ángel cubrió”. Es una invocación oportuna, una lección de la Historia Nacional, que no debemos olvidar, para entregarnos a la labor del progreso, con plena conciencia, después de dos guerras gloriosa, al amparo de una paz justa.
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Noche del 14 de mayo constelada de estrellas; fecha de luz, navidad de un pueblo fuerte, en tus cifras se compendian nuestras glorias y nuestras esperanzas.
Asunción, 14 de Mayo de 1940.
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