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sábado, 31 de julio de 2010

HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL - LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA / Fuente: ESTRUCTURA Y FUNCIONDEL PARAGUAY COLONIAL


LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
LA REVOLUCIÓN (1811)

Capítulo I
EL ALUD NAPOLEONICO RUEDA A LA PENÍNSULA

De nada servían todas las coaliciones que se formaron en Europa para resistir a sus planes. El poder del temido corso era irresistible. Y la suerte le sonreía siempre. Cuando sólo era el General Bonaparte – al servicio de los principios de la Revolución Francesa –, anduvo ya de victoria en victoria. Su actuación como Cónsul de la República había sido eficaz y progresista. Pero, su ambición – tan grande como su talento –, la convirtió en el Emperador Napoleón. Haciendo tabla rasa de los ideales de la Revolución – libertad, igualdad, fraternidad –, implantó la dictadura, creó una nueva nobleza y llevó la guerra a toda Europa, cubriéndose de gloria mientras los hombres morían por millares. Sin embargo, allí cerca, al otro lado del canal, se erguía orgulloso un acantilado inhóspito y abrupto que desafiaba su inmenso poder. Única nación que le hacía sombra, era necesario abatirla. Pero, para preparar la invasión, debía obtener antes el apoyo de Portugal. Esta nación se negó a complacerle. Resolvió entonces atacarla. Para esto era necesario atravesar por España. Por un tratado – el de 1807 –, ésta se obligaba a permitirlo. Y poco después se producía, en Bayona, la tragicomedia por la cual los monarcas españoles entregaban su patria al invasor y, en Portugal, la huida del Príncipe Regente Don Juan (el futuro Juan VI) a su colonia del Brasil.
El Rey de España, Carlos IV, era hombre sin carácter que se limitaba a sancionar lo que su mujer, María Luisa, decidía. Ésta, a su vez, no era sino un elemento de su favorito, el joven, ambicioso e infatuado primer ministro, Godoy. Amante dominador de la reina madurona, Godoy era un jefe desproporcionado a la magnitud de los problemas que se imponían a España en aquel período histórico. El príncipe heredero, Fernando, humillado y cubierto de apodos y de afrentas, rumiaba en secreto sus odios y su venganza. Falso y miedoso, desleal y embustero, su gobierno fue uno de los peores que sufrió España.
Con el pretexto de reconciliar a Carlos IV con su hijo Fernando VII – quien le había obligado a abdicar a raíz del motín de Aranjuez –, Napoleón los citó en 1808 a una conferencia en Bayona. Allí consiguió que Fernando abdicara en favor de su padre y éste en favor de Napoleón. Retuvo prisioneros a ambos, e hizo proclamar a su propio hermano José Bonaparte, quien fue apodado bien pronto con el mote de "Pepe Botellas", El pueblo español, indignado, se levantó en armas en defensa de su libertad. Napoleón, ante esa resistencia, se vio obligado a invadir España con 200.000 hombres.
Esta masa considerable rodó de los montes Pirineos a los valles ibéricos con violencia y estrépito. La Junta de Sevilla, constituida en representación del monarca depuesto y como protesta contra el rey intruso, tendrá que huir a Cádiz y, más tarde, a la isla de León. La avalancha tropezará, sin embargo, con obstáculos; el pueblo español la hostilizará en una terrible guerra de guerrillas que durará seis años y que no dará cuartel a las tropas francesas. Esa guerra será el comienzo del fin de la dominación bonapartista. En España empezará a eclipsarse la estrella de Napoleón.
El alud amenazaba cubrir toda la Península. Ante la negativa lusitana, el ejército francés invadió Portugal por la frontera del este. "Hábil a pesar de su timidez, entre inerme y malicioso – anota Calmón –, el Príncipe Regente Don Juan no quería en ningún caso la guerra, que por un lado amenazaba al trono – a punto de zozobrar en la vorágine de la invasión, como el de España – y, por otro, amenazaba a los dominios, que representaban la riqueza de Portugal. Inglaterra confiaba en la antigua e invariable lealtad portuguesa, pero no por eso alejaba del Tajo a una de sus escuadras que, en cualquier momento, podía bombardear Lisboa, si el gobierno del país asumiera una actitud antibritánica". Lord Strangford, ministro de Inglaterra, se refugió en una nave. "De noche, secretamente, iba el Príncipe Regente a confiarle los secretos políticos. Fue Strangford quien le mostró el ejemplar del "Monitor" de París con el decreto de Napoleón que abolía la monarquía portuguesa y dividía el reino en tres provincias. Esto ocurrió el 11 de noviembre de 1807. No se le ocurrió otra cosa a la Corte, instigada por los ingleses, que la fuga al Brasil, aconsejada por Inglaterra. América se dibujaba como refugio de la vieja Europa. Pero esta vez no se justificaba ya demora alguna. Se señaló la partida de la familia real para el 27 de noviembre, y ya el 25 el general Junot, al frente de un ejército que avanzaba velozmente, entraba en Abrantes, a 22 leguas de Lisboa. Tenía orden de apoderarse de la casa reinante. Debía prender en su palacio a los Braganza. El reino no se defendía. La vacilación del gobierno lo había entregado, desarmado, a la invasión. Junot podía recorrer sin peligro, a pesar del lodo de los caminos y la inundación de los ríos, aquella tierra tan enemiga hasta entonces de los soldados extranjeros. El porvenir no tenía esperanzas para Don Juan. Como la escuadra se ofreció para custodiarle, dio orden a todos los nobles, a los altos funcionarios, a los generales, a las personas principales de la Corte, de acompañar a la dinastía al Brasil. Se embarcaron 15.000 personas, entre dignatarios, eclesiásticos, magistrados, criados y tropas, llevando cada cual lo que pudo transportar. El 30 de noviembre, Junot entró en Lisboa; ese día, la flota luso-inglesa desaparecía en el horizonte".

Capítulo II
INTRIGAS EN RÍO Y REVOLUCIÓN EN BUENOS AIRES


La escuadra ancló en Bahía el 28 de enero la 1808. Y la Corte portuguesa quedó establecida en el Brasil por largos años.
Miedoso y tímido, disimulado y contemporizador, tales eran las características principales de la fisonomía moral del futuro Juan VI de Portugal.
Su esposa, la Princesa Carlota Joaquina de Borbón, era hija de Carlos IV y de María Luisa. Hermana, por tanto, de Fernando VII. "Fea, despótica, escandalosa, libidinosa, grosera, inteligente y entusiasta – dice Calogeras –, figura popular para dirigir las pasiones de la multitud, capaz de inspirar sacrificios, como bandera que se tornó de una causa con innúmeros adeptos, el absolutismo intransigente, fue la gran víctima del hecho, de que no tenía culpa, de encerrar una fuerte alma masculina en un cuerpo, poco favorecido sin embargo, de mujer. Hija primogénita del casal reinante en España, y casada por conveniencia política con el Príncipe del Brasil, érale superior bajo muchos aspectos. Tenía voluntad, y tenacidad de propósito. Era capaz de dedicarse. Tenía un ideal, por el cual sabría sufrir. No transigiría con sus principios, cuando de un acto de aparente sumisión proviniesen notorias ventajas personales. Era ella verdaderamente un cabo, un conductor de hombres".
La Corte de Río de Janeiro movíase en medio de una extraña sociedad de aventureros y exploradores, inteligentes, audaces y sin escrúpulos. El primer ministro, Rodrigo de Sousa Continho, Conde de Linhares, era el vínculo de unión entre agentes ostensivos y agentes confidenciales, no siempre confesables. Carlota Joaquina, que odiaba a su marido, siempre tomaba posición adversa a la de éste. Por lo demás, el Príncipe Regente se había lanzado en manos de los liberales. Ella, en cambio, era absolutista por temperamento. Cada tendencia tenía, pues, como jefe a uno de los cónyuges. Carlota Joaquina se sentía heredera de los derechos de su cautivo hermano Fernando VII a las posesiones españolas de América. Y su sueño era hacerse coronar Emperatriz del Río de la Plata. Don Juan, cauteloso, auxiliaría desde lejos esa pretensión, en cuanto su apoyo no perjudicase los intereses de la monarquía bragantina. Surgiendo un conflicto, prevalecería el punto de vista de Portugal. El plan secreto de Sousa Coutinho era apoderarse del Uruguay (antigua esperanza de la Corte de Lisboa) y, además, del Paraguay. Inglaterra también desarrollaba su política, representada por su ministro Lord Strangford. Política de equilibrio y de matices. Inglaterra necesitaba de mercados para vivir. No la convenía que se extendiese demasiado el poder lusitano. Tampoco podía perjudicar a España continental, con la que había ajustado un pacto de alianza contra Napoleón. De ahí que no podía favorecer ninguno de los puntos de vista extremados. Los factores conjugábanse, pues, para producir resultados contradictorios. Y en medio de tanto embrollo, tejía su urdimbre la intriga.
Desde los primeros días de la llegada de la Corte a Río, alimentaba el gobierno una legión de agentes confidenciales en Buenos Aires, cuya instrucción era de trabajar con prudencia y tenacidad por la pretensión de la Princesa Carlota Joaquina. Así, lentamente, iba ésta granjeando prosélitos, prometiendo beneficios, exponiendo programas.
Los prohombres de Buenos Aires no pensaban en una solución republicana, excepto Moreno, Castelli y Rivadavia. Eran sinceramente monarquistas Belgrano, Saavedra, Paso, Alberti, Vieytes, Rodríguez Peña y Pueyrredón. Monárquico se manifestó también más tarde San Martín, que por entonces se encontraba en Europa. Ellos consideraban que la Junta de Sevilla era una agremiación que no representaba al rey encarcelado, sino sólo a una determinada provincia del reino. Y que, por tanto, igual derecho les asistía para crear ellos mismos una junta local. De ahí que no reconocían autoridad al Virrey Cisneros, nombrado por la Junta de Sevilla.
Sería mejor aún, decían, si al nuevo gobierno constituido presidiese una persona cuya autoridad se legitimase por sus derechos dinásticos, en tal forma que pueda legalmente asumir la regencia. Podría formar así una monarquía constitucional. Tal solución era posible. Próxima a Buenos Aires, reinando sobre un vasto imperio que podía proteger al naciente Estado, se hallaba una infanta, hermana de Fernando VII. No había razón para no confiar en el patriotismo español de Carlota Joaquina.
Saturnino Rodríguez Peña, residente en Río, era el principal elemento de enlace entre la princesa y los conspiradores porteños. Belgrano y Pueyrredón fueron enviados más tarde como emisarios. Los prohombres locales y los agentes confidenciales hacían propaganda en Buenos Aires a favor de tal candidatura. Preparaban un recibimiento clamoroso a su llegada. Pero Don Juan, después de haber consentido en el viaje, retiró el permiso. Debióse ello quizás al miedo de ser derrocado de su propio trono, por el odio conyugal de la mujer, poderosa al final. O quizá por creer que podía surgir un obstáculo perjudicial a la política tradicional de Portugal. Puede también que tal actitud se haya debido a la oposición inglesa, representada por Lord Strangford. Sea cual fuere la causa, lo cierto es que – como dice Calogeras –, el acuerdo entre los liberales porteños y la intransigente Princesa no habría durado mucho tiempo, "por el anacronismo que la solución representaba: una mentalidad absolutista, a la moda del siglo XVIII en sus comienzos presidiendo los destinos de un país con tendencia y aspiraciones francamente modernas, e inspiradas por las luces y necesidades de organismos a evolucionar ascensionalmente. Entre ambos grupos mediaba un siglo todo: el siglo del Enciclopedismo".
Los elementos porteños favorables a la regencia quedaban entregados a sus propias fuerzas e inspiraciones. Y así pasaron los años de 1808 y 1809.
El 13 de Mayo de 1810 llegó de Gibraltar el bergantín "Filipino", con la noticia de la derrota de los españoles. Las tropas francesas estaban en Andalucía y la Junta Gubernativa había huido a la isla de León. Sólo el 18, el virrey Cisneros se resolvió a publicar la noticia en un manifiesto en que aconsejaba calma a la población. La nueva produjo un gran revuelo. Los hombres que preparaban la revolución para derrocar al Virrey, empezaron a trabajar activamente, celebrando reuniones en la quinta de Rodríguez Peña, en la jabonaría de Vieytes y en partidas de caza organizadas para disimular el propósito de la reunión. El Virrey se vio obligado, ante la agitación popular, a convocar un Cabildo abierto o Asamblea general, al que concurriría "la parte principal y más sana del vecindario".
Reunida la Asamblea el 22, el Obispo Lué afirmó que aunque sucumbiera España en poder de los franceses, nada pasaba en América mientras existiera en ella un español, a quien correspondería su gobierno. Castelli rebatió esto con la teoría de la igualdad de España e Indias. EI debate prosiguió tumultuoso. Finalmente procedióse a votar, siendo éste el resultado: declarar caduca la autoridad del Virrey y facultar al Cabildo a constituir una Junta Gubernativa. El 23 transcurrió sin novedades. El Cabildo, partidario del Virrey, divergía de la resolución tomada. Pretendiendo burlar la voluntad de la Asamblea general, resuelve el 24 investir a Cisneros de la presidencia de la Junta que se creaba. En esta forma, aunque bajo diferente rótulo, el poder continuaba en la misma persona. Gran descontento produjo en el pueblo el bando en que se hacía conocer la composición de la Junta. A tal punto que ésta tuvo que devolver el poder al Cabildo. El núcleo dirigente de jóvenes revolucionarios redactó una representación escrita para elevarla al Cabildo al día siguiente. En dicho documento se consignaba los nombres de las personas que debían constituir la nueva Junta. Se la hizo circular por la ciudad durante toda la noche, habiéndose obtenido 409 firmas. Esa misma noche los jóvenes oficiales French y Berutti se ocuparon de reclutar gente de los suburbios para apoyar el movimiento.
El 25, a pesar de la incesante llovizna, enorme gentío se iba aglomerando en la Plaza Mayor, frente al Cabildo. En una mercería de la Recova, French y Berutti compraron cintas de color blanco y celeste y las distribuyeron como distintivos entre los partidarios de la causa. Como la sesión del Cabildo se prolongaba mucho, la gente invadió los corredores, y mientras daban fuertes golpes en la puerta de la sala, se oyó una voz que decía: "El pueblo quiere saber de qué se trata". Martín Rodríguez tuvo que salir a serenar los ánimos. Presentado el escrito, los regidores exigieron que se congregase el pueblo en la Plaza para ratificar su contenido. Transcurrido un largo rato, salieron al balcón, y viendo en la Plaza poca gente, el síndico Leiva preguntó: "¿Dónde está el pueblo?" Los de abajo contestaron que la gente se había retirado por ser hora inoportuna, pero si quería ver al pueblo, se agitase la campana del Cabildo, o ellos tocarían generala. El Cabildo, ante esta amenaza, hizo leer el pedimento y la Plaza lo ratificó. La junta Gubernativa fue designada, pues, en la forma que exigía el escrito del 24. Es decir, presidida por el coronel Saavedra e integrada con los abogados Moreno, Belgrano, Castelli y Paso, el comandante Azcuénaga, el presbítero Alberti y los comerciantes – españoles, pero revolucionarios – Matheu y Larrea.

Capítulo III
UNA AMALGAMA DIFÍCIL


A Junta Gubernativa de Buenos Aires dirigió una circular a las provincias integrantes del Virreinato del Río de la Plata, exhortándolas a reconocer su autoridad. El Cabildo de Buenos Aires, por su parte, envió otra circular en el mismo sentido. "El pueblo de Buenos Aires – decía –, no pretende usurpar los derechos de los demás del Virreinato pretende, sí, sostenerles contra los usurpadores". En realidad, el programa de la revolución, al crear el nuevo gobierno, había decretado el sometimiento violento de todo el Virreinato a la autoridad municipal de Buenos Aires. Claro que todo se hacía en nombre de la libertad. "El pueblo pedía – dice el doctor Ricardo Levene –, que fuese una expedición militar, la expedición libertadora o de la libertad, a extender en las provincias la Revolución de Mayo". La llamarada de entusiasmo pretendía reeditar las hazañas de los ejércitos republicanos de Francia: convertirse en auxiliar y protectora de todos los revolucionarios. Sólo que aquí faltaba la "Marsellesa", ese canto que – como dice un escritor – "aun hoy enciende la sangre como el buen vino".
"Aquella Junta – comenta Mariano A. Molas – que con calidad de provisional, era creatura de sólo el pueblo de Buenos Aires, que bien conocía que como capital o residencia de los Virreyes y demás tribunales superiores del Virreinato, no tenía el derecho exclusivo, preeminente o privilegiado de arrogarse y resumir a sí sola el mando superior, sobre las demás provincias y pueblos que no la habían transmitido sus originales derechos... sin aguardar que las demás provincias la reconociesen y se sometiesen a su superioridad, de que la revestía el Ayuntamiento de Buenos Aires, empezó a ejercerla y a extenderla sobre las demás provincias como derivada de la libre voluntad de ellas; y pretendía que también el Paraguay la reconociese".
El comandante José de Espínola, recientemente separado por el Gobernador del Paraguay – Bernardo de Velasco – de la jefatura de Villa Real de la Concepción, se encontraba en Buenos Aires, gestionando ante el Virrey Cisneros su reposición en el cargo, cuando se produjo el movimiento del 25 de mayo. Tratando de sacar el mejor partido a favor de sus particulares intereses, se plegó de inmediato a la revolución triunfante, juró obediencia a la nueva autoridad y se ofreció a atraer a la Provincia del Paraguay, allanando personalmente con su influencia cualquier dificultad. La Junta, creyendo que se trataba de un valioso apoyo, le entregó unos pliegos para el gobierno del Paraguay, en que se pedía el reconocimiento de la misma y la cooperación de la Provincia.
El Paraguay se resistió espontánea y vigorosamente, como veremos luego. Las causas que inspiraron esa reacción no puede limitarse a la escasa simpatía con que contaba Espínola en el seno de sus coterráneos, ni a un espíritu de localismo. Las causas eran mucho más profundas. "Existía – señala Moreno – un fuerte sentimiento de solidaridad: solidaridad en el sufrimiento, solidaridad en las protestas, solidaridad en la indignación sorda que produce el esplendor ajeno considerado como causa de la miseria propia. Resentimiento que se extiende, además, a cuanto afecta al esfuerzo o al orgullo colectivo bajo la calificación de "paraguayos". Es frecuente asimismo escuchar la palabra "patria" expresada en un sentido marcadamente regional y propio. Todo ello venía elaborando, en el transcurso del tiempo, el fuerte vínculo nacional. La raíz de este vínculo la encontramos desde el principio cimentado en el orden económico. Y así, cuando vemos al pueblo levantarse airado contra un obispo, contra los jesuitas o contra cualquier autoridad, bajo banderas que proclamaban, a veces, avanzados principios, no nos engañemos creyendo encontrar en esos hechos móviles puramente políticos. El pueblo paraguayo tardó sin duda mucho tiempo en darse mediana cuenta de sus derechos; pero tuvo siempre una visión bastante clara de sus intereses.
Imaginémonos esta provincia tal como era entonces, abandonada en el corazón del continente, dentro de su circunscripción, con su pueblo homogéneo, su educación severa, su lengua expresiva y enérgica, sus intereses de un mismo orden, su vigorosa y persistente aspiración económica. Imaginémonosla, recordando los factores que presidieron su desenvolvimiento; y habremos por fuerza de reconocer que esta provincia constituía una sociedad con carácter propio – sin semejanza con provincia alguna –, dentro de la vasta extensión del Virreinato. Y reconoceremos asimismo, en la uniformidad, en la cohesión de sus elementos constitutivos, de sus caracteres psicológicos, en el especial proceso histórico de su propia vida, los, sólidos fundamentos de la nacionalidad".
Tales condiciones sociales y tales sentimientos, elaborados en siglos de aislamiento, desamparo y opresión, no eran sospechados siquiera por los ardorosos paladines de la revolución porteña. De ahí que no percibiesen lo difícil que les resultaría realizar la amalgama que se proponían. Buenos Aires, fundada por Asunción en 1580 y dependiente de ésta hasta 1617, había sido convertida en 1776 en capital del nuevo virreinato. Asunción quedó, pues, desde entonces bajo la jurisdicción de aquélla. Pero, a poco de producirse la división de 1617, ya comenzó a delinearse el predominio económico de la futura capital del Virreinato, que lo ejerció desde un comienzo con carácter absorbente y opresivo. Santa Fe – hija también de Asunción – inició, a su vez, una política egoísta, según hemos visto ya al ocuparnos del Puerto Preciso y los impuestos de sisa, arbitrio, alcabala, etc. Esas tendencias, que ahogaban al comercio paraguayo, llegaron a adquirir con el tiempo carácter sistemático.
Llegado a Asunción, el comandante José de Espínola entregó al Gobernador Velasco los oficios en que la Junta de Buenos Aires solicitaba reconocimiento y cooperación. Pero enterado Velasco de que Espínola traía además una credencial secreta, en que se le autorizaba a removerle del mando y suplantarle, intimó al emisario que se retirase a Villa Real de la Concepción, en donde se proponía tenerle recluido. Entonces Espínola, fingiendo acatar la orden, tomó aguas abajo y escapó a Buenos Aires. A raíz de la circular de la Junta, Velasco había reunido el Cabildo de Asunción para escuchar su parecer. Dicha corporación informó "que tratándose de un asunto extraordinario de la mayor gravedad, y en cuya resolución se interesaba toda la Provincia, convenía proceder con toda madurez y circunspección, conociendo fielmente su voluntad, y que para ello se convocase una Asamblea general del clero, oficiales militares, magistrados, corporaciones, hombres literatos y vecinos propietarios de toda la jurisdicción, para que decidiesen lo que fuese justo y conveniente". El Gobernador convocó, pues, a Cabildo abierto o Asamblea general, fijando su reunión para el 24 de julio.
En la fecha indicada, llevóse a cabo la Asamblea en el local del Real Colegio Seminario de San Carlos. Asistieron a ella el Gobernador, los regidores del Cabildo y los invitados. Refiriéndose al doctor José Gaspar de Francia, dice Somellera en sus "Notas" a Rengger: "Pero yo, que en una reunión provocada por Velasco el año anterior, creo que fue el 24 de julio, le había oído opinar y sostener que había caducado el gobierno español..." Molas, sin embargo, asegura que la resolución de la Asamblea fue adoptada con gran precipitación, "sin dar lugar a que nadie diese su voto libremente". Y Benítez, por su parte, agrega, al ocuparse del doctor Francia, que "su firma no aparece en el Acta del Congreso del 24 de julio de 1810".
El hecho a que se refiere J. P. Robertson es posterior. "Con ocasión – dice – de la instalación de la Junta que suplantó en el Paraguay a la autoridad de España (es decir, en 1811)... Francia... dirigiéndose a la mesa y tomando colocación ante varios funcionarios oficiales, colocó ante él un par de pistolas cargadas y dijo: «Estos son los argumentos que traigo contra la supremacía de Fernando VII».
La Asamblea resolvió: 1º "Proceder al reconocimiento y solemne jura del Supremo Consejo de Regencia, legítimo representante de Nuestro Soberano el Sr. Don Fernando VII". 2º "Que se guarde armoniosa correspondencia y fraternal amistad con la Junta Provisional la Buenos Aires, suspendiendo todo reconocimiento de superioridad en ella hasta tanto que S. M. resuelva lo que sea de su soberano agrado". 3º "Que en atención a estarnos acechando la potencia vecina (Portugal), se forme a la mayor brevedad una Junta de Guerra para tratar y poner inmediatamente en ejecución los medios que se adopten para la defensa de esta provincia". 4º "Que se dé cuenta al Supremo Consejo de Regencia y se conteste a la Junta Provisional de Buenos Aires con arreglo a lo resuelto y acordado en esta nota".
El Congreso del 24 de julio de 1810 interpretaba, así, fielmente el sentimiento público. Su aparente españolismo no era en el fondo otra cosa que una defensa contra la pretensión porteña. Y ello tiene su explicación en el hecho siguiente: de la doble cadena que sufría el Paraguay – España y el Virreinato – "la de la madre patria resultaba – como dice Moreno –, muchísimo más lejana, más floja y llevadera". Y ya llegaría también – como, en efecto, pronto llegó la oportunidad de sacudir esa influencia.
El principio de la libre determinación comenzaba a regir los destinos de América. Por eso, es desconocer la génesis de nuestras nacionalidades pretender radicada sólo en las grandes organizaciones – Virreinatos, Audiencias, Capitanías Generales – y negarle ese derecho soberano a los pueblos. La acción emancipadora de las colonias españolas fue esencialmente un movimiento de provincias que, al romper el nexo que las ligaba a la metrópoli, asumieron directamente la plenitud de la soberanía para crear nuevas entidades nacionales. Fueron los pueblos de las provincias, en realidad, los que estructuraron las nacionalidades americanas.

Capítulo IV
EXPEDICIÓ
N DE BELGRANO

Bien se veía – teniendo en cuenta las amenazas proferidas por Espínola en su huida – que la Junta de Guerra para la defensa de la Provincia, creada por la Asamblea del 24 de julio, no iba enderezada contra Portugal – a pesar de que ésta en realidad acechaba –, sino contra Buenos Aires, que constituía por entonces un peligro mayor por la inminencia de una invasión.
Velasco – en vísperas de su partida a las Misiones transparanenses, donde pensaba apoderarse de las armas que hubiese disponibles –, mandó desocupar el Colegio de San Carlos convirtiéndolo en cuartel general, cerró el puerto e hizo parar el tráfico comercial, pertrechó algunos buques y los envió a guardar la boca del río Paraguay, y cubrió todos los pasos del Paraná con milicianos. Y, por último, dejó provisoriamente el Gobierno en manos de un triunvirato de cabildantes: Haedo, Recalde y Carísimo.
No eran vanas las precauciones tomadas por el gobierno del Paraguay. En efecto, poco después, la Junta porteña enviaba una expedición con el objeto de apoderarse de la Provincia y anexarla a Buenos Aires. Y encargaba la jefatura de la misma a uno de sus miembros más prominentes: Manuel Belgrano, abogado que, por patriotismo, acató su designación como general improvisado. A las fuerzas de su mando se plegaron unos pocos paraguayos "porteñistas", es decir, partidarios de la anexión: José Ildefonso Machaín, José Alberto Cálcena y Echeverría, y dos hijos del comandante Espínola: José y Ramón.
Llegado que hubo al Paraná, Belgrano lo cruzó sin inconvenientes, pues las patrullas paraguayas tenían orden de replegarse, a fin de atraerlo hacia el grueso de las fuerzas milicianas. Según los falsos informes que diera Espínola a la Junta, numerosos paraguayos se irían agregando a la expedición. Convencido Belgrano del error, escribió a la Junta: "Desde que atravesé el Tebicuary no se me ha presentado ni un paraguayo, ni menos los he hallado en sus casas; esto, unido al ningún movimiento hecho hasta ahora a nuestro favor, y antes por el contrario, presentarse en tanto número para oponérsenos, le obliga al ejército de mi mando a decir que su título no debe ser de auxiliador, sino de conquistador del Paraguay". En todas sus comunicaciones a la Junta hablaba de la conquista a realizar, y en una de ellas decía: "Quiera Dios que sea feliz, para que pueda venir con todos y entrar a la conquista de los salvajes paraguayos, que sólo se pueden convencer a fuerzas de balas". Confiaba plenamente en la victoria; de los paraguayos decía que "no son en su mayor parte sino bultos: los más no han oído aún el silbido de una bala". Sin embargo, más tarde – después de las dos derrotas sufridas –, termina declarando haberse encontrado con un pueblo. "V. E. no puede formar una idea bastante. – llegará a decir –, a qué grado de entusiasmo han llegado, bajo el concepto que oponiéndose a las miras de V. E., defienden la patria, la religión y lo que hay de más sagrado. Así es que han trabajado para venir a atacarme de un modo increíble, venciendo imposibles que sólo viéndolos pueden creerse; pantanos formidables, el arroyo a nado, bosques inmensos e impenetrables, todo ha sido nada para ellos, pues su entusiasmo todo lo ha allanado. ¡Qué mucho! Si las mujeres, niños, viejos y clérigos y cuantos se dicen hijos del Paraguay, están entusiasmados por su patria".
Velasco se puso al frente de las tropas paraguayas, las que esperaban al invasor en el lugar denominado Paraguarí, antiguo colegio de los jesuitas, situado a 18 leguas de Asunción. Las tres divisiones estaban a cargo del Coronel Pedro Gracia, Teniente Coronel Manuel Atanasio Cabañas y Teniente Coronel Juan Manuel Gamarra. El ejército invasor acampó cerca de allí, en las faldas del Mbaey (desde entonces llamado Cerro Porteño). Entre ambos ejércitos corría el arroyo Yuquerí. El 19 de enero de 1811, a las tres y media de la madrugada, se produjo el choque. La infantería española se desbandó a poco de empezada la lucha. También se puso en fuga Velasco, quien, para no ser reconocido, arrojó al suelo su uniforme de Brigadier, con su lente y boquilla de oro, y fue a ocultarse en la Cordillera de los Naranjos. Los porteños avanzaron hasta Paraguarí, donde se apoderaron de las provisiones del cuartel. Los paraguayos quedaron librados a sí mismos. Fue entonces cuando Cabañas y Gamarra, al frente de sus divisiones, cayeron impetuosamente sobre los flancos del enemigo. Este, con Belgrano a la cabeza, tuvo que retirarse precipitadamente en dirección al sur, terminando así la batalla de Paraguarí.
Las fuerzas porteñas cruzaron el río Tacuarí, "profundo, rápido, montuoso y sin vados", y se colocaron en su margen izquierda. Apoyaban su derecha en un bosque impenetrable y extenso. Al frente, sobre el paso, colocaron cañones, los que barrerían la picada de la margen opuesta que conducía al paso. A la izquierda, para hacer frente a la escuadrilla paraguaya que podría llegar por ese lado, emboscaron cañones tras un bosquecillo. Cerca del paso se hallaba un montículo, desde entonces llamado "Cerrito de los porteños"; allí se situó Belgrano. A la espalda se extendían otras tantas defensas. Excelente era el punto en que se habían fortificado; inexpugnable por el frente y con barreras enormes por los flancos. El jefe paraguayo, Cabañas, considerando inútil emprender el ataque por el paso, planeó un movimiento envolvente. Había que trazar un puente en la margen superior del Tacuarí, a una legua aproximadamente del punto que ocupaban. El éxito estribaba en la celeridad y en que no sospechase el enemigo. Para realizarlo, había que atravesar pantanos y bosques vírgenes. Se encomendó la difícil misión al Comandante Luis Caballero, padre del futuro prócer de la independencia nacional. "Y el anciano jefe paraguayo – dice Moreno – respondió a esta elección con tan abnegado esfuerzo, que murió poco después de terminar el puente, a consecuencia de las fatigas sufridas, bajo un sol ardiente, en la fragosa margen del Tacuarí". Por esa ruta emprendió su marcha el grueso de las fuerzas, dejando unos pocos hombres en el paso para entretener al enemigo. Cruzando pantanos y malezales, llegaron al puente. Ya en la orilla opuesta, tuvieron que abrir un sendero a machete y sable, entre la enmarañada espesura del bosque. Luego de cruzar un inmenso pajonal, en la mañana del 9 de marzo los paraguayos se presentaron ante las tropas porteñas. Cabañas distribuyó las fuerzas de acuerdo con los Tenientes Coroneles Gamarra, Pascual Urdapilleta y Fulgencio Yegros (futuro prócer, este último, de la emancipación paraguaya). En la oficialidad figuraban también otros futuros próceres de Mayo: Capitanes Pedro Juan Caballero, Antonio Tomás Yegros y Juan Bautista Rivarola, Alférez Vicente Ignacio Iturbe, capellán José Agustín Molas y otros. El plan había sido ejecutado con precisión admirable; al llegar dichas fuerzas, iniciaba el tiroteo la guarnición del paso y subía por el Tacuarí la escuadrilla al mando del Comandante Ignacio Aguirre. El combate fue intenso y prolongado. La escuadrilla paraguaya, desplegada en los flancos, se lanzó a toda carrera sobre las islas. Un jinete enlazó un cañón y lo presentó a Gamarra. Los porteños no pudieron resistir el furioso empuje. Y Belgrano levantó bandera de parlamento sobre el montículo cercano al paso del Tacuarí. Entrevistado con Cabañas, solicitó una capitulación, bajo la promesa de desocupar en seguida el territorio de la Provincia y no volver a hacer armas contra ella. Generosamente, el jefe paraguayo accedió a lo solicitado, sin exigirle ninguna reparación por los inmensos daños que había causado al Paraguay con su pretendida expedición libertadora. Lo que no había conseguido Espínola, tampoco lo pudo realizar Belgrano. Decididamente, tal amalgama era imposible. Aunque no existía aún el Estado paraguayo, la nación paraguaya era desde tiempo atrás una realidad viva y palpitante.

Capítulo V
ASUNCIÓN COLONIAL


Es difícil dar con una ciudad tan típicamente americana como Asunción. Un estudio sobre su ubicación, características urbanas y vida social durante el coloniaje, nos dará, la medida de ello. Basta internarnos en sus callejas tortuosas y pintorescas, escudriñando sus paisajes, sus edificios y sus costumbres, para captar la esencia misma de su alma multiforme y única, y obtener así una exacta visión de la Asunción colonial, donde pronto estallaría la Revolución de la Independencia.
En los planos que, en las postrimerías del coloniaje, confeccionaran don Félix de Azara y don Julio Ramón de César, ingenieros miembros de las partidas de demarcadores españoles, se observa cómo Asunción fue extendiéndose a lo largo de la bahía en forma de anfiteatro. Y vése también allí cuán curioso era su aspecto, con sus arboledas y chácaras diseminadas por los amenos valles de los alrededores. La ciudad de entonces no alanzaba más allá de las actuales calles Colón, Coronel Martínez y México. Lo demás era suburbio.
En realidad, no había sino dos calles, ambas sin pavimento: las hoy denominadas Palma y Buenos Aires. Las demás aparecen como callejones cortos y esfumados entre el desperdigado caserío. Donde hoy está Benjamín Constant, existía una ancha laguna cuyas aguas, formando un riachuelo por la calle 15 de Agosto, pasaban bajo el puente de Santo Domingo y desembocaban en la bahía.
En la obra "El Supremo", de Edward Lucas White, aparece un plano de Asunción en 1809, basado en el de Azara. Allí figuraban los nombres de algunas calles:
Calle Comercio (hoy Buenos Aires)
Calle Espinosa (hoy Presidente Franco)
Calle Pombal (hoy Palma)
Calle Encarnación (hoy Oliva)
Calle Santo Domingo (hoy Juan E. O'Leary)
Calle de la Merced (hoy N. S. de la Asunción)
Calle Concepción (hoy Independencia)
Destacábase, en primer término, el campanario del Convento de Santo Domingo, erigido sobre la colina conocida por Loma Cabará [Kavara], – sitio donde estuvo la casa fuerte de Salazar –, que se extendía desde 15 de Agosto hasta Juan E. OLeary, entre Avenida República y el barranco del río. Cruzando el puente – que figura en el plano de Azara y en una ilustración de Demersay – y siguiendo por la ribera, llegábase al Real Colegio Seminario de San Carlos, que desembocaba poco después en la Plaza Mayor. Allí surgía, hacia el norte, el Cabildo, con su torre-reloj de piedra y ladrillo construida por el ingeniero César. Y junto al Cabildo, el Cuartel de Infantería. Al oeste de la plaza estaba la Real Factoría de Tabacos (en el sitio ocupado hoy por la Escuela Militar). Al este de la plaza, levantábase la Catedral, que había sufrido varias traslaciones a causa de la erosión de la barranca. Más al oriente, a lo lejos, encaramado al rojo barranco, se divisaba el rancherío de naturales denominado Parroquia de San Blas (Chacarita actual). Al sur de la plaza hallábase la Casa del Gobernador, en la actual esquina Alberdi y Buenos Aires que forma cruz con los fondos del Teatro Municipal. Ejemplar típico de la arquitectura colonial, constaba de un solo piso, con pilares y espacioso corredor, que rodeaba el edificio por tres costados. Sobre su interior se abrían el despacho gubernativo, las habitaciones del Gobernador y las oficinas de las Cajas Reales. El zaguán principal daba a la fachada frontera a la bahía. La noble casona sirvió de residencia a los gobernadores Alós, Ribera y Velasco, a la Junta de 1811 y al Dictador Francia, siendo conocida después por Correo-cué. Un día – absurdo prurito edilicio – fue alevosamente demolida por la piqueta municipal.
Siguiendo nuestro deambular, llegamos al Convento de San Francisco. Frente a él se formó más tarde la Plaza de San Francisco, hoy Plaza Uruguaya. Y no lejos de él se encontraba la Parroquia de San Roque. Más allá, las dos calles largas se juntaban y formaban el camino real. Allí estaba Samuhú-peré [Samu'u pere]. "Lo que buenamente pude llamarse ciudad – dice Aguirre – tiene su mayor distancia, desde las Barcas hasta las inmediaciones del árbol Samuhú-peré, árbol célebre que ha dado nombre al barrio y cuya existencia se pierde en la remota antigüedad".
El camino real se alejaba hacia las campiñas, donde abundaban las viviendas mestizas, la "culata yobai" [culata jovái], mezcla del "tapîi" [tapýi] autóctono y de la "casa" peninsular.
El Cabildo había acordado – el 12 de marzo de 1792 – dividir la ciudad en barrios. A causa de la accidentada configuración del terreno, cada uno había tomado el sitio que mejor la parecía. Como consecuencia de ello, la delineación de las calles era caprichosa e irregular. Así se explica que el barrio de Samuhú-peré "será – según el citado acuerdo – tomando la calle que viene de la chácara del señor Arzediano Zamudio, pasando por un lado de las casas del señor Coene, torcerá al norte a espaldas de San Francisco y, pasando por la casa de Santiago Pérez, bajará calle abajo por las casas de don Francisco Duarte y seguirá hasta el río, en cuya división estarán comprendidas todas las casas hasta salir de la ciudad". (Arch. Nac., Vol. 256 Nueva Encuad.).
Regresando hacia el oeste, encontramos el Convento de la Merced. Si superponemos los planos de Azara y César con uno moderno, encontramos que dicho edificio estaba situado en el perímetro Estrella-Independencia-Oliva-N. S. de la Asunción (actual plaza frontera al Banco del Paraguay). Más tarde, desaparecido el convento, se siguió denominando "La Mercé Valle" – barrio de la Merced – a la zona que se extendía hacia el sur hasta la Loma Tarumá. Esta – limitada por las calles Caballero, Río Blanco, Iturbe y Amambay – debía su nombre a los frondosos árboles que se levantaban en su cumbre. Era de verse el general regocijo con que, el 24 de Septiembre, se celebraba en dicha loma el "Tupasi la Mercé ara" [Tupasy la Mercé ara], esto es, el día de Nuestra Señora de la Merced. Allí bailaban, bajo la sombra de los tarumaes, las "cambá la Mercé" [kamba la Mercé]. Adornadas con peinetones de oro y grandes ramos de claveles en la cabeza, con rosarios de coral en el cuello y aros de crisólitos de tres pendientes, luciendo las níveas camisas "typoi" y arremangadas en los costados las faldas de percales con volados fruncidos, danzaban descalzas las garridas mozas, poniendo, con su destreza y su donaire, una nota de color y de alegría en el ambiente de la época. En realidad, las fiestas comenzaban en la víspera y, a veces duraban sin interrupción hasta la octava. Allí, en aquellos contornos, el "ybyrasîi" [yvyrasŷi] o palo enjabonado, la sortija, el toro-candil y la "galopa-pú [galopa pu]" proseguían incansables día y noche. Y, en medio de la profana algazara, no faltaba el matiz cristiano de humildad y misericordia: las "cambá la Mercé" llevaban, el día de la Virgen, comida y aloja a los presos de la cárcel. Esta costumbre popular, que constituye parte integrante del folklore paraguayo, subsistía todavía hace unos treinta y cinco años.
Otras costumbres populares vienen también del coloniaje, tales como los "camba-raangá" [kamba ra'anga], pesebres de Navidad, "cheolos" de carnaval, velorios con música y baile, etc. Y tradiciones populares como el "Caá" [ka'a], "Mburucuyá" [Mburucuja], "Sarakí", "Acá-Pyta" [Akâ pytâ], "Guabirá" [Guavira], "Pirí" [Piri], "Ysypó" [Ysypo], "Payé" [Paje], "Yrupé" [Yrupe], etc.
Más al oeste del Convento de la Merced, se hallaba la Parroquia de la Encarnación, Por Estrella y Ayolas, según se deduce de los planos citados. Años después, durante la dictadura del doctor Francia, el Convento de Santo Domingo, cercano a la barranca, pasó a ser Iglesia de la Encarnación. Dicho edificio fue destruido por un incendio en 1889.
Cerca del puerto (en la esquina de las actuales calles Buenos Aires y Montevideo), se encontraba Machaín-cué [Machaín-kue], que fuera anteriormente residencia de los gobernadores. Y más allá, ya en las afueras, estaban la casa de la pólvora, el horno de ladrillos, las piedras de Santa Catalina, el observatorio y las tolderías de indios payaguaes.
Interesante era el aspecto que ofrecía Palma durante el coloniaje. Bobertson, que llegó poco después de la Revolución, dice que estaban "resguardadas las casas y tiendas de una de sus veredas del sol y de la lluvia, por un prolongado corredor techado parecido a los portales de Chester". Un trecho de esa recova subsistía aun hace pocos años; era el comprendido entre Nª Sª de la Asunción e Independencia. Por donde ahora corren sobre el asfalto los aerodinámicos y hacen sus guiñadas nocturnas los letreros luminosos, existía un caliente arenal, bordeado de naranjos de sombra útil y permanente verdor. Por allí transitaban los funcionarios públicos, frailes y militares, los abogados y tinterillos, los hacendados y chacareros de los aledaños, los embarcadizos, aguadores e indios domésticos. Allí, al sonar la hora de la queda, apagaban sus faroles y cerraban sus negocios los pulperos, horteras y barberos. Por ahí estaría también, o muy cerca de esa arteria, la farmacia de don Juan Gelly, antiguo corregidor de Oruro, que constituía un centro de reunión en que participaban los vecinos de mayor cultura.
Del estilo árabe o morisco había surgido, como se sabe, el andaluz, y de éste a su vez el colonial. De ahí las características de las casas de Asunción. Estas se componían generalmente de una amplia techumbre "de dos aguas" y macizos muros de adobe. Las puertas tenían tableros primorosamente labrados y el pesado aldabón. Las rejas de las ventanas eran unas de hierro forjado y otras de madera torneada. A través de los zaguanes se percibía el patio. Junto al aljibe – a veces decorado con azulejos andaluces –, lucían parrales, jazmineros y madreselvas. Y, como un telón de fondo, destacaba un tayí [tajy] su yelmo de oro. Aunque no se veía desde la calle, donde las persianas ponían su discreto enclaustramiento, era seguro que en los aposentos no faltaba algún bargueño de jacarandá, un nicho con su imagen religiosa o una alacena donde guardar la yerba, el "cayguá chapeado" [kaygua chapeado] y el sabroso dulce de arazá [arasa].
"Los criollos burgueses de la ciudad, como los españoles mismos, son gente de costumbres sencillas, trato llano y cultura intelectual muy limitada. La sociabilidad es patriarcal y aldeana. La gente se acuesta habitualmente al toque de ánimas. No se conocen los suntuosas puertas blasonadas de Lima, ni el estilo plateresco de las fachadas de Bogotá, la docta. No hay marqueses ni hidalgos peninsulares; no se ven en sus calles doradas carrozas. Su aristocracia es sólo una pequeña burguesía de hacendados y negociantes, sin lujo y sin elegancia. La llaneza de costumbres mezcla en el trato social cotidiano la clase rica con los pobres. Es una ciudad católica, pero sin misticismo; se ignora la Teología; las llamaradas férvidas de la Inquisición no han llegado hasta ella; el clero mismo, escaso y modesto, es de carácter liberal, dentro de sus funciones. No existe Universidad ni institutos. La enseñanza primaria y secundaria la ejercen los franciscanos en el histórico convento y colegio de donde salen luego tantos frailes patriotas. Algunos hijodalgo nativos van a estudiar a Córdoba o a Chuquisaca". Palabras que parecen escritas sobre Asunción colonial, por la acertada descripción que hacen del ambiente, son de Zum Felde y refiérense al Montevideo de aquella misma época.
"La falta de alumbrado público – dice Moreno – dejaba la suerte del transeúnte librada a las mortecinas luces de su farol, menos apropiadas para guiar sus pasos que para dirigir la acción de algún desvalijador nocturno. La vida de la ciudad, por la influencia de estas causas más que por la práctica constante de un forzado retraimiento, cesaba por lo general con las últimas claridades del día, exceptuados naturalmente los ocasionales paseos, reuniones y serenatas a la luz de la luna. Desde la hora de la retreta, que indicaba con sonoras campanadas el reloj del Cabildo, el profundo silencio de la noche sólo era interrumpido por el paso de las rondas, que tenía a su cargo la guarnición de la plaza, situada frente a la Casa del Gobernador.
La vida social, falta de sus naturales incentivos, tenía que ser extremadamente débil. Y seguramente la ocasión y el motivo de su mayor actividad eran las misas de los domingos, acontecimiento periódico que esperaba siempre con profanas ansias la católica juventud de la capital, porque después del santo sacrificio, precedido y seguido del desfile mujeril y las discretas cortesías de los varones, venían los "pagos de las visitas", que las amistades de confianza realizaban en el corredor o a la sombra de los rosales, donde en medio de la franca expansión de las almas juveniles, menudeaba el tradicional mate de leche con azúcar quemada y naranja roquy [rokúi]".
Asunción contaba entonces con 10.000 habitantes.
"La gran masa de la población – comentaba Robertson – era una casta formada del elemento español y del indígena, pero predominaba tanto el primero que los naturales o mestizos parecían descendientes de europeos. Los hombres eran generalmente bien formados y atléticos, y las mujeres casi todas bonitas. La sencillez y vaporosidad de sus trajes, así como sus atractivos personales, muy superiores a los de las correntinas, junto con un cuidado escrupuloso de su aseo personal, dábanle un aspecto interesante y seductor. Cuando solía verlas de regreso de los pozos o de los chorros con sus cántaros en la cabeza, me hacían recordar otras tantas Rebecas".
Subiendo ahora por las empinadas cuestas, dirijamos nuestros pasos hacia las quintas frondosas y aromáticas de los suburbios. El rojo de los tejados va cediendo ya el lugar al amarillo grisáceo de los techos de paja; y en vez de pilares de ladrillos se ven horcones de urundey.
Por allí "bajaban diariamente – dice Moreno –, en largas hileras, con su alba túnica flotante, tras de sus mansos pollinos, las alegres proveedoras del mercado de Asunción; y las ligeras carretillas repletas de frutas, conducidas por mozos imberbes, enamorados y bullangueros; y los macizos carretones de tabaco o miel, que rechinaban perpetuamente bajo el peso de su carga, con la calma imperturbable de sus viejos "picadores". Y por el mismo camino, que ondulaba entre las lomas y hondonadas, entre el verde esmeralda de los sembrados y los tonos oscuros de los bosques, bajo la sombra de una perenne vegetación, pasaban así mismo en alegres cabalgatas los caballeros y las damas de la ciudad, que acudían a una fiesta o tornaban a sus chácaras, lugares predilectos de su actividad y de sus goces".
Esa región intermedia entre el campo y la ciudad – afirma el citado autor –, fue siempre para el paraguayo colonial el lugar predilecto de su solaz y sus placeres. "Fue allí – agrega – donde los jesuitas localizaron el campo de esparcimiento de Antequera, a quien la atribuían tanta pasión en contra de ellos como a favor del bello sexo de la Asunción. Y fue allí seguramente, en esa zona intermedia, en que la linajuda juventud se dio la mano con las criollas del arrabal, donde nacieron las picantes coplas hispano-guaraníes, y donde la guitarra preludió los primeros aires nacionales, cuyos acordes penetran tan hondo en el sentir del paraguayo y animan su soledad y sus nostalgias, vibrando perpetuamente dentro de su corazón como el eco lejano del terruño".
En esa región intermedia estaba también la aldea de negros denominada Laurelty. La introducción de la masa africana en el Paraguay fue muy escasa. Por eso los negros carecieron casi de influjo en la constitución étnica del pueblo. Laurelty era uno de los escasos sitios donde se habían establecido. Allí celebraban anualmente la tradicional fiesta de San Baltasar, el Rey Mago negro. El día de San Baltasar es una fiesta de la forma, del sonido y del color. Sus ritos son resultado de un sincretismo o mezcla de creencias africanas, indias y españolas. La noche de la víspera, acicaladas con vestidos de vivos colores, las mozas de ébano danzaban con sus galanes bajo la típica enramada, mientras giraba la calesita y corrían el mosto y la caña. Cuando llegaba el gran día, desde muy temprano comenzaba a oírse el tam-tam del tamboril, alegre y triste a la vez, como el alma de los negros. El cura de la capilla preparaba su atril y abría su misal. Una muchacha que portaba una bandera roja, seguida de tres negros con sus tamboriles, salía a recibir a los sucesivos grupos de peregrinantes que venían bajando por la loma cercana. Al frente de éstos marchaba otro abanderado, seguido de un mozo promesero vestido de capa colorada con ribete dorado y corona de refulgente cartón, también roja y dorada. Al encontrarse los dos abanderados, se arrodillaban tres veces y otras tantas se saludaban con inclinaciones de cabeza. Hecho esto, comenzaban ambos a danzar toreando, mientras una docena de disfrazados se contorsionaban y efectuaban piruetas de toda laya al compás del tam-tam, que subrayaba la nota de color exótico. (Pareciera que se estuviese mirando una tela de Figari o leyendo versos de Pereda Valdés). Otro promesero, a unos treinta metros de la capilla, se ponía de rodillas, y así, avanzando en esa forma, llegaba hasta el santo, en medio del religioso silencio de los circundantes. Reanudaban luego los tamboriles su sugestivo tam-tam y los disfrazados sus contorsiones y piruetas, mientras con pasmosa agilidad una anciana danzaba con un cántaro lleno de agua sobre la cabeza. Una ingenua y fresca alegría, impregnada de cierto misticismo, flotaba en el ambiente. Esta original nota de nuestro folklore puede observarse aún hoy, tomando el día de Reyes el ómnibus de San Lorenzo.
Así transcurría, sencilla y apacible, la vida de Asunción, la ciudad que tan abnegada y nobilísima función civilizadora desempeñara en una vasta extensión del continente (2).

Capítulo VI
PROPAGACIÓN DEL ESPÍRITU REVOLUCIONARIO

Múltiples fueron las causas que contribuyeron a la formación del espíritu revolucionario en las colonias españolas de América.
"No estoy de acuerdo – dice Levene – con la imagen de la colonia que duerme una larga siesta de tres siglos".
Y esa disconformidad es razonable. En lo que respecta al Paraguay Colonial, la vida se deslizaba, es cierto, apacible y tranquila; pero eso no constituía en modo alguno una modorra, un sueño pesado. Prueba de ello está en que, cuantas veces pretendióse torcer el curso de su destino, o simplemente herirla en sus sentimientos, la Provincia revelóse díscola, indócil.
Coincidiendo con esa observación, Luis Alberto Sánchez dice de la "modorra colonial" que ésta "existió hasta cierto punto, porque no observarla equivalía a incurrir en delito de rebelión. Pero, cada año, de los trescientos que duró el régimen español en América, está señalado, en cada uno de nuestros países, por un motín, un alboroto, un "ruido" o una franca sublevación. Los funcionarios lo acallaban, entre algodones de temor y complacencia. No había periódicos. Ni libertad para editar libros o folletos".
La inmensidad del imperio colonial español, su alejamiento de la metrópoli, el grado de prosperidad económica relativa de esas colonias, los efectos del sistema económico y político de la metrópoli con las colonias, la intervención de Napoleón en España, los principios proclamados por la Revolución Francesa, el ejemplo de la emancipación de las colonias inglesas de América y el sentimiento de amor por el suelo natal, fueron factores que, como señalan numerosos autores, influyeron decididamente en la emancipación de las colonias hispanoamericanas.
La revolución, para Levene, "está enraizada en su propio pasado y se nutre en fuentes ideológicas hispánicas e indianas. Se ha formado durante la dominación española y bajo su influencia, aunque va contra ella, y sólo periféricamente tienen resonancia los hechos y las ideas del mundo exterior a España e Hispano-América, que constituía un orbe propio. Sería absurdo, filosóficamente, además de serlo históricamente, concebir la revolución hispanoamericana con exterioridad simiesca, como un epifenómeno de la Revolución Francesa o de la norteamericana". Y agrega: "En ninguna parte de Europa como en España proliferó una literatura política, de marcada tendencia liberal y antimonárquica, contraria a la monarquía absoluta, como las obras del Padre Rivadeneira o la de Saavedra Fajardo, escritas para criticar el maquiavelismo que era la política de la astucia, la mentira y el interés. La idea igualitaria impera en esta literatura española. La idea igualitaria de los Estados entre sí, que es la tesis de Fray Francisco de Vitoria, el creador del Derecho Internacional; la idea igualitaria de los miembros que integran la sociedad política, que es la tesis del Padre Mariana, y la de Suárez, que funda la existencia del Estado en el consentimiento de los hombres, adelantándose a la teoría del "Contrato Social", do Rousseau, y ambos y otros más, que explican el derecho de resistencia o de revolución contra la tiranía; la idea igualitaria de los hombres entre sí, cualesquiera sea la raza, que fue el pensamiento de la Reina Isabel y escribieron o lucharon por su realización aquel apóstol combativo de la libertad de los indios y aún de los negros que fue Bartolomé de las Casas, y el defensor de los criollos de América, que fue Juan de Solórzano Pereyra".
El sistema colonial restrictivo ideado por la Corte de Madrid puede sintetizarse en esta trilogía: monopolio económico, monopolio religioso y monopolio político. El primero consistía en la prohibición a las colonias hispanoamericanas de comerciar con otra nación que no fuese la metrópoli y esto sólo por ciertos y determinados puertos de España y América. El segundo, en perseguir como "herejes" a todos los no católicos, lo que era un resabio del fanatismo medioeval. El tercero, en excluir sistemáticamente a los nativos de los cargos públicos.
He aquí, por otra parte, cómo analiza Ricardo Rojas el cuadro de aquella época: "La impolítica legislación española, ciega desde la distancia donde se promulgaba, nada hizo por mitigar la crisis que minaba el sentimiento español en América. Agravada, por el contrario, con su sistema de privilegios en favor de los peninsulares, el criollo vio ahondarse las diferencias que le separaban del español; así fuera en ocasiones su padre. Influencias en la Corte, pitanzas clandestinas, venta de magistraturas y blasones o concesiones para responder a los apuros del fisco en plena bancarrota, prácticas aún más viciosas que el precepto, precipitaron sobre América, principalmente en el siglo XVIII, una cáfila de burócratas altaneros, o segundones en desgracia, que sólo traían su desdén para el nativo y su ilícita avidez de fortuna, a la sombra de la dignidad eclesiástica o civil que se les confería. Con ellos venían sus pequeños paniaguados, casi todos de la clase media o plebeya, a completar el cuadro de la exótica oligarquía. Excluidos los americanos de las funciones públicas – salvo las municipales del Cabildo –, dedicábanse exclusivamente a la vida del hogar y los negocios, por donde ellos vinieron a constituir la burguesía, en sociedades donde la oligarquía formaba como una aristocracia accidental. Incapacitados a servir a su país desde el gobierno, soportaban la afectada altanería del peninsular, pagando en silencio, para los tragones del monopolio, alcabalas y almojarifazgos".
Veamos ahora la forma en que se llevó a cabo en el Paraguay la propagación de esas ideas.
Existe, sin duda, una trabazón íntima entre los acontecimientos humanos. De ahí que no puede desconocerse la influencia que la invasión napoleónica ejerció en Portugal y en España, ni la que ejercieron los acontecimientos políticos de estos dos Estados en sus respectivas colonias ultramarinas, como tampoco la ejercida por la Corte de Río sobre los sucesos del Río de la Plata. De igual modo, no puede negarse que la revolución porteña y la guerra con Buenos Aires ejercieran influencia en los destinos del Paraguay. Pero tal constatación no significa, de manera alguna, que fuese Belgrano el sembrador de las primeras ideas de independencia. El pueblo paraguayo no necesitaba que nadie le inculcase esos sentimientos, que estaban profundamente enraizados en su espíritu desde tiempo atrás. Criollos y mestizos comprendían que el injusto régimen vigente no podía ni debía durar. Por eso, como dice Sánchez, "la dinámica insurrecta se vio nutrida con zumos mestizos". Y el pueblo apoyó ardorosamente el movimiento que estalló en mayo de 1811. Cuando se hallaba empeñado en la defensa de la Provincia, el Gobernador Velasco descubrió un plan subversivo. Resultó que el fraile franciscano Vaca, porteño, se había declarado adicto a la revolución de Buenos Aires. Velasco lo confinó entonces al fuerte Borbón. Días antes de la batalla de Paraguarí, descubrióse en Yaguarón otro complot dirigido contra el gobernador. El autor, Juan Manuel Grance, suegro del porteño Somellera, había predicado la necesidad de rendirse sin resistencia a Belgrano, quien venía "a sacarnos del cautiverio y opresión en que nos tienen los europeos". En el mes de abril, descubrióse otra conspiración, la de los oficiales porteños Manuel Pedro Domecq, Manuel Hidalgo y Marcelino Rodríguez, cuyo objeto era tomar posesión del cuartel y "apoderarse a viva fuerza del barco en que se hallaban los prisioneros" (porteños) En esos mismos momentos, en Villa Real de la Concepción conspiraban también José de María, el cura José Fermín Sarmiento y el doctor José Mariano Báez, quienes sostenían que el fin de la Junta de Buenos Aires "era libertar de la esclavitud a los americanos". Es probable que estas cuatro intentonas de tendencia porteñista hayan estado relacionadas entre sí. Pero ellas nada tienen que ver con la gran conspiración de los patriotas, de que nos ocuparemos en seguida. Mariano A. Molas refiere que, después de Tacuarí, el capellán José Agustín Molas y el Capitán Antonio Tomás Yegros mantuvieron en Candelaria una comunicación personal con Belgrano. "La propaganda de las ideas – dice Moreno – sucedía así a la imposición violenta, tan inútil como estéril. Debemos reconocer la inteligencia y el tino con que la orientó el jefe de las fuerzas invasoras". Procuro, en resumen, "que su retirada apareciese, no como la de un enemigo expulsado, sino la de un auxiliar no comprendido". En efecto, trató de demostrar las nuevas tendencias liberales del gobierno de Buenos Aires y el interés puramente americano de la expedición, reconociendo al Paraguay el derecho a cobrar la dirección de sus propios destinos y la necesidad de extinguir las trabas comerciales que embarazaban su desenvolvimiento. Tales ideas encontraron, claro está, grata resonancia. El ambiente estaba preparado. Aquí se podría afirmar con Sánchez: Contagio no hubo; coincidencia sí. Sincronía de anhelos, de insatisfacción, de apetitos".
La cobarde actitud de Velasco en Paraguarí, había minado profundamente su prestigio. En cambio, la oficialidad paraguaya, "improvisada en su gran mayoría, bajo la dirección de jefes inexpertos, y al frente de soldados bisoños", se había colocado a la cabeza de las milicias, conduciéndolas por dos veces al triunfo. "Es natural – como anota Moreno – que al apagarse tan infelizmente el prestigioso renombre del veterano del Rosellón, habríase despertado en aquella juventud ardorosa la conciencia de su propio valer. Ella se atribuía con justicia exclusivamente la victoria. En medio del desordenado paisanaje, improvisado en fuerza militar, pululaba una multitud de energías nuevas, envanecidas por el triunfo. De allí que los oficiales vencedores de Tacuarí, conscientes de su poder, y en contacto directo con el pueblo, empezaron a mirar con creciente disgusto el despreciable núcleo burocrático del gobierno".
Con el objeto de derrocar al Gobernador Velasco y establecer un gobierno nacional, comenzó a conspirar un grupo de patriotas. Los futuros próceres de Mayo realizaban secretamente sus reuniones en la casa de don Juan Francisco Recalde, sita en la esquina de las calles hoy denominadas 14 de Mayo y Presidente Franco. (La Casa de la Independencia constituye la única reliquia arquitectónica de valor histórico que aún existe en Asunción). De la lectura de los títulos de propiedad del edificio citado, se desprende que éste no pertenecía en 1811 a don Juan Francisco Recalde, sino a don Antonio Martínez Sáenz, quien lo poseía en tal carácter desde 1768. No obstante, bien pudiera ser que el señor Recalde lo ocupara como arrendatario. Es imposible establecer con precisión en qué dependencia de la casa tuvieron lugar aquellas juntas. Empero, como la tradición refiere que los conjurados salieron, para tomar el cuartel, por el callejón contiguo a dicha casa, es presumible que las reuniones se efectuaran en la sala que da sobre el callejón citado. El Capitán Pedro Juan Caballero "dirigía los preparativos de la Revolución", afirma Moreno. Después de su brillante actuación en Paraguarí y Tacuarí, había regresado – cuenta Marcelino Rodríguez – entusiasta y animoso, "con la idea firme de cambiar la situación". Y agrega que Iturbe, "que era amigo mío, me fue a ver una mañana y a nombre de él (de Caballero) me habló de la revolución que tramaban". Somellera, por su parte, expresa que, regresado el ejército de su campaña, "don Pedro Juan Caballero es el que me habló con más franqueza". Apenas contaba con 25 años y ya era el jefe de los patriotas".
Además del Capitán Caballero, asistían a las juntas – incluido, desde luego, don Juan Francisco Recalde –, los Capitanes Mauricio José de Troche, Antonio Tomás Yegros y Juan Bautista Rivarola, fray Fernando Caballero, presbítero José Agustín Molas, los Tenientes Montiel y Zarco y los Alféreces Vicente Ignacio Iturbe y Juan Manuel Iturbe.
Dos frailes patriotas tomaban parte, pues, en la conspiración. El primero de ellos, franciscano, era un anciano respetado por su saber y rectitud. Espectador de la revolución del 25 de Mayo en Buenos Aires, habíase convertido a su regreso en uno de los más ardorosos propagandistas de la independencia patria. El segundo, capellán del ejército, había acudido en Tacuarí, en lo más recio de la pelea, a ejercer su ministerio y a socorrer a los heridos, hasta llegar a auxiliar a los mismos enemigos. Ambos, con Recalde, eran los hombres civiles de la Revolución.
El Teniente Coronel Fulgencio Yegros, que se destacara también en Paraguarí y Tacuarí, había abrazado con entusiasmo las ideas expuestas por su hermano Antonio Tomás. Formaba parte, pues, del grupo de los conspiradores patriotas. Dada su graduación superior, "era – como dice Moreno – el caudillo llamado a levantar la bandera de las nuevas ideas" y, por tanto, quien "debía ser el nervio de la revolución". Pero – como el mismo autor reconoce –, cuando se produjo la Revolución "hallábase ausente, a 70 leguas de la capital". En efecto, se encontraba en Itapúa, a 350 kilómetros de Asunción, adonde había sido enviado por Velasco como Teniente de Gobernador de Misiones.
Los viejos jefes de Paraguarí y Tacuarí asumieron actitudes diversas. El Teniente Coronel Cabañas, según algunos, se negó a prestar su ayuda al movimiento, contestando que sólo iría cuando le llamase el gobernador. Otros, en cambio, lo presentan como partidario de la revolución y reuniendo fuerzas en la Cordillera para traerlas en su apoyo. Hasta hoy es un enigma su actitud. En cuanto al Teniente Coronel Gamarra, realista acérrimo, ofreceráse al gobernador para retomar el cuartel. Y el Coronel Gracia, producido el golpe, huirá hacia el Brasil.
No consta que a las reuniones en casa de Recalde hayan asistido más conspiradores que los citados. Suponer que, no obstante eso, otros hubo que también estaban mezclados en el complot, es hacer una interpretación conjetural o arbitraria de los acontecimientos, lo que conviene evitar en lo posible en el terreno de la investigación histórica.
Producida la Revolución, eso sí, muchos prestáronle decididos su adhesión y contribuyeron a encauzarla y sostenerla. Debemos citar entre ellos al doctor José Gaspar de Francia, presbítero doctor Francisco Xavier Bogarín, don Fernando de la Mora, el capitán Juan Valeriano de Zeballos y los oficiales Carlos Argüello, Juan Bautista Acosta, Francisco Antonio González, José Joaquín León, Mariano del Pilar Mallada, Blas Domingo Franco, Agustín Yegros y Pedro Alcántara Estigarribia.
Las discrepancias latentes contra el régimen español se precipitaron. Había, pues, que canalizarlas en un solo anhelo, en una única aspiración. A eso tendían las juntas en casa de Recalde. Y la desembocadura de la situación no podía ser otra que ésta: formar un Estado autónomo. Era necesario administrarse libremente; participar directamente en el gobierno; no pagar impuestos onerosos; anular los monopolios; hacer que los gravámenes y rentas recaudados por España pasen a poder de la nación. Para ello, el pueblo debía rebelarse. Tenía el derecho de insurrección, enarbolado por Rousseau en su "Contrato Social". Así estaba incubándose el estallido final. Un sordo oleaje popular se percibía en el ambiente. Y aquella levadura no tardaría ya en fermentar.

Capítulo VII
"¡ALBOROTO EN LA PLAZA!"


Nunca ofrecióse a Portugal mejor ocasión de intervenir. El Paraguay era parte del dominio hispánico a conservar para la Corona de Borbón. Dicha provincia se negaba a someterse a Buenos Aires. Y la princesa Carlota Joaquina, pretendiente a la regencia, reinvindicaba el gobierno de ese territorio. El interés del reino bragantino nada sufriría con realizarse tal propósito; al contrario, le convenía. Fue entonces cuando Sousa Coutinho, Conde de Linhares, empezó a mover sus resortes. A Diego de Sousa, Capitán General de Río Grande del Sur, le fue encomendado el encargo de iniciar negociaciones. Y éste, después de hacerlo, envió como emisario al Paraguay al Teniente de Dragones José de Abreu.
Antes de Tacuarí, Velasco había empezado ya a ponerse en comunicación epistolar con Diego de Sousa. Y esa comunicación prosiguió después de aquella jornada. Velasco aceptó el apoyo de las fuerzas que espontáneamente le ofrecían los portugueses. Resolvió, pues, solicitar un contingente de 200 hombres. Diego de Sousa respondió a este pedido haciendo marchar a San Borja (situado a orillas del río Uruguay) 1.500 hombres y un poderoso tren de artillería. Además de estas fuerzas que se concentraban en las fronteras de Misiones, comenzaron a moverse más tarde hacia el Paraguay las fuerzas portuguesas de Coimbra y otros puntos la Matto Grosso.
Pese a la discreción observada, esa correspondencia no podía pasar completamente inadvertida. Ella trascendió al público. Y con esto Velasco se atrajo la desconfianza y antipatía general, desapareciendo así su ya menguado prestigio.
Con el objeto de acordar un plan definitivo, el 9 de Mayo llegaba a Asunción el emisario José de Abreu. La presencia de éste avivó las versiones corrientes sobre la sospechosa conducta del gobernador. Vióse poco después cuán justificados eran esos recelos. En. efecto, Velasco aseguró al teniente Abreu "que todo su empeño era ponerse a los pies de la Serenísima Señora doña Carlota, pues no reconocía otro sucesor a la Corona y dominio de España". Lo alojó en su misma residencia. Y ofreció un gran baile en su honor, "en señal de alianza de los portugueses con los paraguayos". Concluidas las conferencias y próximo a regresar Abreu, aseguróse que el gobierno había aceptado su ofrecimiento, admitiendo el concurso da 500 soldados portugueses en Asunción en calidad de auxiliares. Fue este uno de los motivos que aceleraron la consumación del golpe tramado por los próceres de Mayo. No era posible admitir que los bandeirantes – seculares enemigos de la Provincia – se ufanasen paseando como dueños y señores por las calles de Asunción. La revolución imponíase, por tanto, no sólo como insurgencia contra España, sino también como un golpe preventivo contra Portugal. Triunfante ella, quedaría fracasada la tentativa de Sousa Coutinho, como antes había fracasado la tentativa porteña. A raíz de la última campaña, casi todas las fuerzas y material de guerra de la Provincia estaban concentrados en el Cuartel de Infantería. Cualquiera fuese el plan de la revolución, su base principal debía ser la toma de ese cuartel. El Capitán Mauricio José de Troche – asiduo concurrente a las reuniones de Recalde y oficial perteneciente a las milicias de Curuguaty –, hallábase entonces a frente del destacamento de guardia, compuesto de 34 hombres, todos compueblanos suyos. Era conveniente, pues, prolongar todo lo posible el servicio de ese pequeño cuerpo de guardia, que respondía por completo al capitán Troche. Pero hacía ya más de 15 días que debía ser relevado. Este fue otro motivo por el cual decidióse precipitar los acontecimientos. Troche se comprometió a neutralizar con sus escasas fuerzas las que pudiera oponer el gobierno y entregar el parque al jefe de la conspiración. En la mañana del domingo 14 de Mayo, el Síndico Procurador de la Ciudad, don Juan Antonio Fernández, advirtió al alférez Vicente Ignacio Iturbe, su pariente y amigo, que el gobernador estaba ya enterado de cuál era el objeto de las frecuentes reuniones en casa de Recalde. Iturbe dio de inmediato aviso a Caballero de que la conspiración estaba descubierta. Y éste resolvió, sin pérdida de tiempo, dar esa misma noche el golpe. Pero ¿cómo avisar a los demás patriotas la hora y el santo y seña? Una mujer se prestó admirablemente a cumplir la misión. Doña Juana de Lara fue a la Catedral y arrodillada junto a la pila del agua bendita, iba transmitiendo a los conjurados la hora y el santo y seña, que era: "Independencia o muerte".
Después del toque de queda, que sonaba a las 9 de la noche, el Capitán Caballero, secundado por los demás conjurados, dirigióse hacia el cuartel. La ciudad dormía. Saliendo del callejón contiguo a la casa de Recalde, pasaron sigilosamente entre la Real Factoría de Tabacos y la Casa del Gobernador, y luego, cruzando la Plaza Mayor frente al Cabildo, siguieron ya resueltamente hacia el Cuartel de Infantería. Allí los esperaba Troche, fiel a su palabra. El cuartel fue tomado sin resistencia por los patriotas. Caballero fue proclamado jefe de la revolución. "Una ola de entusiasmo – dice Moreno – rompió inesperadamente, en ese momento, la rigidez de la disciplina, en medio del solemne silencio de aquella noche memorable: fue la aclamación general de los soldados, espontánea explosión del alma nacional, que saludaban el advenimiento de la independencia con frenéticos mueras al viejo régimen moribundo. Pero los gritos cesaron en seguida por orden expresa de Caballero". Aquel grito – "¡Mueran los pytaguás!" – era la voz de la tierra, el grito telúrico que, con ligeras variantes – "¡Mueran los gachupines!", "¡Abajo los godos!", etc., resonaba sincrónicamente en toda América, desde México hasta la Argentina.
Esa noche, al salir a la calle, Abreu "encontró a1 Teniente Coronel Gamarra carabina en mano y con dos pistolas al cinto, acompañado por un soldado armado en la misma forma y un sirviente con un farol; preguntó al mismo qué novedades había, y le respondió Gamarra que iba a ver al Gobernador, pues gritaban por las calles: "Alboroto en la Plaza!". Volvió el teniente Abreu con el mismo Gamarra a la residencia del Gobernador, quien interrogado por Gamarra qué novedad había, contestó: que había oído decir "alboroto", pero no sabía en que consistiera. Poco después entró uno de los cabildantes diciendo que las tropas (no excedían de cien hombres entre granaderos y artilleros que formaban la guardia del Gobernador) se habían parapetado en el cuartel, no abrían la puerta a nadie y trabajaban adentro en montar piezas de artillería y cargar fusiles. Ordenó entonces el Gobernador a Gamarra que fuera a ver lo que había en el cuartel, a cuya puerta, golpeando Gamarra, preguntáronle quién era, y respondió que era Gamarra, contestándosele entonces desde adentro: "Disculpe, mi General, pero no se abre ahora la puerta"; replicó Gamarra diciendo que si no lo conocían, y contestaron que sí, y si él era también de los que pretendían desarmar a los paraguayos; dice Gamarra que bien lo conocían y que él también era paraguayo; y no consiguiendo que se le abriera la puerta, volvió a dar su parte al Gobernador". (Informe que, por encargo de José de Abreu, envía Francisco das Chagas Santos desde San Borja a Diego de Sousa. Bibl. Nac. de Río de Janeiro. Copia de la "Revista do Archivo Público de Río Grande do Sul").
El mayor de plaza Cabrera, acompañado de ocho soldados con que andaba de ronda, se ofreció para ir al cuartel. Al abrirse la puerta de éste, los mismos soldados que lo acompañaban le empujaron hacia adentro y, pegándole planazos, le ataron y así lo tuvieron toda la noche.
El fraile español Inocencio Cañete se dirigió al cuartel, por encargo del Gobernador, a fin de apaciguar a los insurgentes. La contestaron "que se retirara a su convento, pues no necesitaban de más plática".
Igual suerte corrió el obispo García de Panés, quien más tarde llegó también hasta el cuartel por encargo de Velasco.
El Capitán Caballero, jefe de la Revolución, envió al Alférez Iturbe como portador de una nota suya al Gobernador Velasco. La nota decía así: "En atención a que la Provincia está cierta de que habiéndola defendido a costa de su sangre, de sus vidas y de sus haberes del enemigo que la atacó, ahora se va a entregar a una potencia extranjera, que no la defendió con el más pequeño auxilio, que es la potencia portuguesa; este Cuartel, de acuerdo con los Oficiales Patricios y demás soldados, no puede menos que defenderla con los mayores esfuerzos, y para el efecto, pide lo siguiente: Que se entregue llanamente a este Cuartel la Plaza y todo el armamento, así de dentro como de fuera de la ciudad, en cualesquiera manos que se hallen, y que para el efecto lo pida el Sr. Gobernador y lo congregue en su casa, para con su aviso mandar por ello este Cuartel el Diputado que corresponda. Que el Sr. Gobernador siga con su gobierno pero asociado con dos diputados de este Cuartel, que serán nombrados por dicho cuartel a su satisfacción, mientras lleguen los demás Oficiales de Plana Mayor de esta Provincia (cuya vez hace por ahora este Cuartel), que entonces se tratará la forma y modo de gobierno que convenga a la seguridad de esta Provincia. Que igualmente, mientras tanto, se cierre la Gasa de Gobierno y se entregue la llave a los dos Diputados socios del Sr. Gobernador; y que igualmente, entre tanto, se retiren del lado de él Don Benito Velasco y don José Elizalde, entregando el primero la llave de la Secretaría, y el segundo la de la Tesorería, a los dos mismos socios del Sr. Gobernador. Que ningún barco se nueva de ninguno de los puertos de esta Provincia mientras no lleguen a ésta los Oficiales de la Provincia y se establezca lo conveniente. Que igualmente se retire del Sr. Gobernador don José Teodoro Cruz Fernández y todos los del Cabildo Secular, con prevención a todos aquellos, y a los demás que se han de separar de Su Señoría, que no salgan de esta ciudad antes de dicho establecimiento. Que asimismo no salgan de la ciudad los portugueses que ahora poco han entrado en ésta con diputación clandestina. Y que, mientras tanto, siga la ciudad sin embargo sus oficios, comercio y agricultura sin estrépito ni alborotos; y que tampoco se embarace al Cuartel la comunicación libre con la ciudad y con la Provincia ni se intercepten sus chasques". (bibl. Nac. de Río de Janeiro. Copia de Walter A. de Azevedo.)
Mientras el gobernador escribía su respuesta, quedó esperando el alférez Iturbe en la guardia de la entrada, donde dijo asaz enfadado: "No se necesita incomodar a Portugal, pues no carecemos de socorros; los europeos han quedado en la ciudad, sin ayudar con su dinero al pago de las tropas milicianas ocupadas en la defensa de las fronteras, diciendo que no tenían dinero, siendo la verdad que el día del ataque a Paraguarí, como un traidor hiciera correr la noticia de que habían triunfado los de Buenos Aires, muy luego embarcaron los mismos europeos 35.000 pesos fuertes, a fin de ponerlos a salvo en Montevideo; después de haber los paraguayos repelido y ahuyentado de su frontera a los de Buenos Aires, los puestos públicos fueron otorgados solamente a los europeos, y aun a los que quedaron en la ciudad, no siendo contemplados para nada los paraguayos, tratándolos con desprecio, y peor que antes; y por último, tratan de desarmarnos, a fin de quedar sólo armados los europeos".
La respuesta de Velasco fue negativa. Por indicación de éste, Abreu quemó todas sus notas y las contestaciones del Gobernador, del Obispo y del Cabildo. Y por consejo de Abreu, Velasco mandó cercar el cuartel con europeos armados, con instrucciones de abrir el fuego contra el mismo si no se entregaban al amanecer.
Así fue transcurriendo aquella noche, en medio de zozobras y esperanzas. "Noche del 14 de Mayo – dice un escritor – constelada de estrellas; fecha de luz, Navidad de un pueblo fuerte".
Los europeos cercaron el cuartel, pero huyeron a los primeros tiros de fusil que desde el mismo lanzaron sobre ellos.
Al romper el alba del 15, salieron 80 paraguayos arrastrando hasta la Plaza seis cañones. Cuatro fueron abocados a la Casa del Gobernador y otros dos en la bocacalle que mira a Santo Domingo, pues en dicho convento estaban apostadas fuerzas adictas a Velasco.
Iturbe, enviado por Caballero con una segunda nota para el Gobernador, amenazóle con arrasar su residencia si no cumpliese las condiciones que se le habían impuesto la noche anterior. Este es el momento perpetuado en el conocido (Óleo de Da Ré, existente en el Salón Independencia del Palacio de Gobierno.
Doña Juana de Lara, de tan eficaz actuación en los preparativos del movimiento, se presentó bien temprano al cuartel, llevando una corona de flores que obsequió al capitán Caballero.
Una gran parte del pueblo, apercibida del movimiento, acudió presurosa al cuartel a pedir armas y ofrecer sus servicios. La ola revolucionaria, pequeña al principio, crecía rápidamente. La revolución paraguaya tuvo – lo hemos visto ya – raíz popular. Vemos ahora cómo la acción de la masa fue definitiva en el estallido libertador. Ese pueblo, que había rechazado antes la expedición porteña, imponía ahora la revolución. Allí, en la Plaza Mayor, dispuestos a sacrificarse heroicamente por la santa causa que defendían, estaban militares, intelectuales y pueblo. La revolución fue obra de los tres.
Como Velasco retardaba su respuesta, a las 8 de la mañana los oficiales instaron desde el cuartel diciendo que romperían el fuego de artillería. El Gobernador ordenó entonces que de inmediato se les entregara todo cuanto habían exigido. Los revolucionarios celebraron el triunfo con izamiento de banderas, enérgicos vivas y salvas de 21 cañonazos. "Revolución cristiana por excelencia – podría repetirse aquí –; no hubo que incendiar templos ni realizar matanzas. La Revolución no venía de la Enciclopedia. La libertad, que era el motivo de la revolución, había sido consagrada 18 siglos antes".
Triunfante el movimiento, surgió esta cuestión: ¿quiénes serían los dos Diputados que, asociados a Velasco, iban a, gobernar provisoriamente hasta que se tratara la forma y modo de gobiernos definitivos? Caballero prefería continuar en la jefatura del cuartel, para defender a la Revolución contra una posible reacción de los elementos realistas. Fray Fernando Caballero se sentía ya viejo para las agobiadoras tareas gubernativas. Yegros estaba ausente, si bien en seguida se le pasaría aviso del suceso. Recalde y el Padre Molas, por causas no aclaradas, no entraron a formar parte del triunvirato. Aceptó integrarlo el Capitán Juan Valeriano de Zeballos, español, pero conocido por sus ideas revolucionarias. Francisco Wisner de Morgenstern cuenta que se barajaron también los nombres de don Fernando de la Mora y don Ventura Díaz de Bedoya. Entonces alguien propuso al doctor José Gaspar de Francia, ex-sacerdote [5] graduado en Córdoba, como miembro del gobierno provisorio. Este – según Demersay – "retirado hacía un año en su casa de campo en los alrededores de la ciudad, allí vivía en la más completa ignorancia de los sucesos que se preparaban". "La moción – agrega Wisner – fue extensamente rebatida y muy especialmente por el elemento militar, argumentando que la persona propuesta no había tomado parte en la revolución libertadora y que debía agregarse que no era partidaria de ella; pero Fray Fernando Caballero defendió al doctor Francia, manifestando que existía un gran error en suponer que Francia era contrario a la revolución efectuada, pues a él le constaba que éste anhelaba vivamente la desaparición del poder español". Y Somellera cuenta que Fray Fernando Caballero agregó: "Yo respondo con mi sangre del modo de pensar de mi sobrino Gaspar". Esto tranquilizó a los oficiales y convinieron en que se diese a Francia el lugar propuesto. Mucho habrá contribuido también en la adopción de tal temperamento el hecho de que – como anota Moreno – "la dirección de los negocios públicos requería la intervención de un hombro civil, de capacidad notoria y alto prestigio moral". Envióse, pues, con urgencia, a José Tomás Isasi, hijo de un vizcaíno de la ribera, con una carta al doctor Francia – que residía en su quinta de Ybyray (Trinidad) –, participándole el hecho e invitándole a que se incorporara al triunvirato.
He aquí el Acta de Constitución del Gobierno Provisorio, redactado el 16 y encabezado con la firma de Caballero: "En la ciudad de la Asunción del Paraguay, Mayo diez y seis de mil ochocientos once años, habiendo nombrado este Cuartel por Diputados adjuntos de Gobierno al Dr. don José Gaspar de Francia y al Capitán don Juan de Zeballos, para providenciar interinamente hasta tanto se arregle la forma de gobierno que sea más conveniente, en virtud de lo convenido con el Sr. Gobernador Intendente: comparecieron los sobredichos adjuntos y enterados del nombramiento hecho verbalmente en sus personas, dijeron que lo aceptaban y juraron por Dios y una Cruz, obligándose a usar este oficio fiel y legalmente, atendiendo a la tranquilidad y felicidad de la Provincia, en fe de lo cual firmaron conmigo y los Oficiales principales de este Cuartel, de que certificamos.

Pedro Juan Caballero
Dr. José Gaspar de Francia,
Juan Valeriano de Zeballos,
Juan Bautista Rivarola,
Carlos Argüello,
Vicente Ignacio Iturbe,
Juan Bautista Acosta,
Juan Manuel Iturbe".

En la magnífica generación que, con clarividencia y esfuerzo, realizó la gesta emancipadora, ninguno superó en energía y decisión a Caballero.
Pedro Juan Caballero descendía de una antigua y acaudalada familia, los Caballero de Añasco, que había dado a la Provincia hombres de primera fila. Nacido en Aparypy (Tobati) sus padres fueron el Comandante Luis Caballero – el que preparó la victoria da Tacuarí – y doña Lucía García de Caballero. Fue educado en Asunción, probablemente en el Colegio de San Carlos, como todos los jóvenes pudientes de la época. Habiendo abrazado luego la carrera militar, destacóse con relieves propios en la defensa del terruño durante la expedición de Belgrano. Su dinamismo incansable, su temple de conductor, hicieron de él el caudillo que, dirigiendo los preparativos y encabezando el pronunciamiento de Mayo, efectivizó el anhelo de la masa popular. El 14 de Mayo – dice Benítez –, fue "el primer impulso genial y patriótico del Capitán Caballero". "Éste – afirma Báez – fue el jefe del pronunciamiento de Mayo". Y un testigo presencial, Abreu, lo llama "autor de esta revolución"
Cuando el Congreso del 17 de Junio de 1811 lo eligió miembro del primer Gobierno Nacional, acató la voluntad colectiva. Junto con Yegros y de la Mora – Bogarín y Francia se habían retirado –, trabajó allí intensa y eficazmente, propiciando o apoyando gestiones tendientes al progreso cultural, a la defensa de las fronteras, a la libre navegación, al fomento de empresas navieras, a la independencia judicial, etc. Fue Presidente del Congreso que el 12 de Octubre de 1813 proclamó la Independencia Nacional. Más tarde, en 1814, a causa de su disidencia con el Dr. Francia, que preparaba la dictadura, fue confinado a su establecimiento ganadero de Aparypy.
Caballero nunca desmintió su fe primera en la revolución de Mayo. Y nunca transigió con la tiranía. Vuelto a Asunción, conspiró contra ella, porque era un demócrata. "Le arrestaron – dice Benítez –, y lo tuvieron entro cuatro paredes, sin pensar que esa alma comprimida, estallaría como la pólvora" El mboreví de los guaicurúes iba a hollar también su carne, como la de otros tantos próceres, en el lóbrego subterráneo denominado "Cámara de la Verdad". Condenado a muerte, y ante la inminencia de la ejecución, en un rojo atardecer de Julio de 182l escribió con carbón en la pared de su calabozo: "Yo sé bien que el suicidio es contrario a las leyes de Dios y de los hombres, pero la sed de sangre del tirano de mi patria no se ha de aplacar con la mía". Y arrojó su vida a la cara del tirano. Ya su obra estaba cumplida. Constructor de cosas eternas, había dado vida a una patria.
La iconografía del Prócer se reduce a dos retratos, uno realizado por Alborno y otro por Fortuny. La casa de Aparypy, convertida en tapera, hoy ya no existe. Se la llevó la saña del tiempo y la apatía de los hombres. Una tosca cruz señala el sitio. Sólo su mesa escritorio, austera y sobria, se conserva en el Museo Arzobispal. Es la única reliquia que queda del Libertador.
Volviendo al motivo central, cabe ahora preguntar: ¿Qué se proponía la Revolución de Mayo? La independencia y la democracia. Esto es, la autonomía en lo internacional y la soberanía del pueblo en lo interno. Lo primero se vio bien claro en el bando publicado el 17 de Mayo: la revolución no tenía el propósito de "entregar o dejar esta Provincia al mando, autoridad o disposición de la de Buenos Aires ni a la de otra alguna y mucho menos el sujetarla a ninguna potencia extraña". Y lo segundo se llevó a cabo justamente un mes después: el pueblo – representado en el Congreso General por vecinos de Asunción y de las villas y poblaciones del interior –, expresó su voluntad eligiendo a la Junta Superior Gubernativa que dirigiría el itinerario de la patria.
Asunción. – progenitora de ciudades, fundadora de imprentas y universidades, precursora de la emancipación americana, evangelizadora del nativo indómito y cooperadora en la defensa del Río de la Plata –, convirtióse así en la capital del nuevo Estado, que ingresaba decidido en el concierto de los pueblos de América para bregar por su común destino de grandezas.
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Editorial: CASA AMÉRICA,
Asunción-Paraguay, 1972. 244 pp.
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Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

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