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lunes, 16 de noviembre de 2009

NICOLÁS DEL TECHO - HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS - VOL. V / BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (LIBRO DIGITAL 100%)


HISTORIA DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Volumen V

Autor:
NICOLÁS DEL TECHO
Editorial: A. de Uribe y Compañía
Año: 1897
Versión digital:
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY


TOMO QUINTO

HIPERVÍNCULOS


(Tomo V) LIBRO DUODÉCIMO (141 kb.)
(Tomo V) LIBRO DECIMOTERCERO (101 kb.)
(Tomo V) LIBRO DECIMOCUARTO (77 kb.)


CONTENIDO DEL TOMO QUINTO

LIBRO DUODÉCIMO


CAPÍTULO PRIMERO.– Vida y virtudes de los PP. César Gracián y Blas Gutiérrez.
CAPÍTULO II.– Congregación provincial que se celebró en la ciudad de Córdoba.
CAPÍTULO III.– Últimos años del P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO IV.– Virtudes y hechos memorables del P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO V.– Destrucción del pueblo de San Joaquín.
CAPÍTULO VI.– Asaltan los mamelucos la reducción de Santa Teresa.
CAPÍTULO VII.– Desórdenes que hubo en la provincia del Tape.
CAPÍTULO VIII.– Refiérense varios sucesos del Uruguay.
CAPÍTULO IX.– Muere el P. Nicolás Henard; sus alabanzas.
CAPÍTULO X.– Algunos hechos de los jesuitas de Córdoba en el Tucumán (1638).
CAPÍTULO XI.– Varias excursiones que se hicieron por el Tucumán (1635).
CAPÍTULO XII.– Fúndase una reducción en el país de los ocloyas.
CAPÍTULO XIII.– Destruyen los mamelucos las reducciones de San Carlos y de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.
CAPÍTULO XIV.– Los indios abandonan sus pueblos, después de pelear contra los mamelucos.
CAPÍTULO XV.– Vicisitudes de la guerra, y emigración de los neófitos de San Nicolás á la orilla citerior del Uruguay.
CAPÍTULO XVI.– Son derrotados los mamelucos por los neófitos.
CAPÍTULO XVII.– Comienzan á emigrar los neófitos del Tape.
CAPÍTULO XVIII.– Continúa la emigración de los neófitos del Tape.
CAPÍTULO XIX.– Trabajos que pasaron los emigrantes.
CAPÍTULO XX.– Concédense á los neófitos armas de fuego.
CAPÍTULO XXI. – Después de la emigración, los misioneros recorren el campo en busca de los indios que andaban fugitivos.
CAPÍTULO XXII.– Entrada que se hizo á los pueblos gentiles del Paraná.
CAPÍTULO XXIII.– Los de Itatín son afligidos con varias calamidades.
CAPÍTULO XXIV.– Los jesuitas recorren fructuosamente el Tucumán.
CAPÍTULO XXV.– La reducción fundada en el país de los ocloyas es entregada á los franciscanos.
CAPÍTULO XXVI.– Los PP. Gaspar Osorio y Antonio Ripario van á la provincia del Chaco.
CAPÍTULO XXVII.– Muerte de los PP. Gaspar Osorio y Antonio Ripario.
CAPÍTULO XXVIII.– Hechos memorables del P. Gaspar Osorio.
CAPÍTULO XXIX.– Vida del P. Antonio Ripario.
CAPÍTULO XXX.– Virtudes de los PP. Juan Cereceda y Gonzalo Juste.
CAPÍTULO XXXI.– El P. Diego de Alfaro es muerto por los mamelucos.
CAPÍTULO XXXII.– Vida del P. Diego de Alfaro.
CAPÍTULO XXXIII.– El P. Claudio Ruyer, sucesor del P. Alfaro, procura la conversión de los indios caracarás.
CAPÍTULO XXXIV. – Refiérense varios sucesos ocurridos en la Asunción.
CAPÍTULO XXXV.– El P. Boroa visita la provincia de Itatín.
CAPÍTULO XXXVI.– Entrada que se hizo al Tape (año 1640).
CAPÍTULO XXXVII.– Expédición que se hizo á Livi.
CAPÍTULO XXXVIII.– Explórase la región superior del Uruguay.
CAPÍTULO XXXIX. – De la guerra calchaquí.
CAPÍTULO XL.– Varios sucesos ocurridos en el Paraná y el Uruguay.
CAPÍTULO XLI.– Es Procurador el P. Francisco Díaz Taño.
CAPÍTULO XLII.– Alborotos que hubo en Río Janeiro.
CAPÍTULO XLIII.– Alteróse el orden en la ciudad de San Pablo.
CAPÍTULO XLIV.– Alabanzas de quienes defendieron á los indios.
CAPÍTULO XLV.– Llegan á Buenos Aires el P. Francisco Díaz Taño y sus compañeros de viaje.

LIBRO DÉCIMOTERCERO

CAPÍTULO PRIMERO.– El P. Francisco Lupercio visita la provincia del Paraguay (año 1641).
CAPÍTULO II.– Lo que llevaron á cabo los misioneros en el Tucumán.
CAPÍTULO III.– La Compañía vuelve á establecerse en el valle de Calchaquí.
CAPÍTULO IV.– Yendo los misioneros de camino á los abipones, predican á los mataraes.
CAPÍTULO V.– Expedición á los abipones.
CAPÍTULO VI.– Costumbres de los abipones.
CAPÍTULO VII.– Los mamelucos son derrotados por los neófitos.
CAPÍTULO VIII.– Lo que sucedió después de la batalla.
CAPÍTULO IX.– Dos muchachas cautivas huyen de los mamelucos.
CAPÍTULO X.– Recobran su libertad muchos cautivos.
CAPÍTULO XI.– El P. Francisco Lupercio visita el Paraná y el Uruguay.
CAPÍTULO XII.– Provechosa excursión que se hizo desde Córdoba.
CAPÍTULO XIII.– Expediciones de los jesuitas de Estero.
CAPÍTULO XIV.– Muere El P. Horacio Morelli; sus alabanzas.
CAPÍTULO XV.– Hechos que tuvieron lugar en varios Colegios.
CAPÍTULO XVI.– Conmemórase por los neófitos el primer centenario de la Compañía.
CAPÍTULO XVII.– Feliz muerte de dos cónyuges.
CAPÍTULO XVIII.– Dos muchachas huyen de la cautividad de los mamelucos.
CAPÍTULO XIX.– Son castigados los vejadores de los neófitos.
CAPÍTULO XX.– Vida del P. Alonso Nieto de Herrera.
CAPÍTULO XXI.– Lo que se hizo en el Colegio de Córdoba.
CAPÍTULO XXII.– Vida y misiones del Padre Juan Díaz de Ocaña.
CAPÍTULO XXIII.– Inténtase en vano entrar á la provincia del Chaco.
CAPÍTULO XXIV.– Cosas memorables que sucedieron en el valle de Calchaquí.
CAPÍTULO XXV.– Vida y muerte del P. Pedro Marqués.
CAPÍTULO XXVI.– Cosas que sucedieron en el Uruguay.
CAPÍTULO XXVII.– El Provincial Francisco Lupercio visita la región de Itatín.
CAPÍTULO XXVIII.– Expedición que se hizo á Villarica.

LIBRO DÉCIMOCUARTO

CAPÍTULO PRIMERO. – Controversia que hubo sobre la consagración del Obispo del Paraguay.
CAPÍTULO II.– Atribúyese á la Compañía el hallazgo de oro en el Uruguay.
CAPÍTULO III.– Renuévase la calumnia referente al oro del Uruguay.
CAPÍTULO IV.– Canta la palinodia nuestro calumniador y es castigado.
CAPÍTULO V.– Dos oidores de la Real Audiencia de Charcas buscan de nuevo el oro del Uruguay.
CAPÍTULO VI.– Es acusada la Compañía de haber enviado fuera de América oro del Uruguay; demuéstrase la falsedad de esto.
CAPÍTULO VII.– Invéntase contra los jesuitas la calumnia de que se oponían al pago de los servicios reales.
CAPÍTULO VIII.– Servicios que han prestado los religiosos en el Paraguay.
CAPÍTULO IX.– Imposturas tocantes á la traducción del Catecismo por los misioneros.
CAPÍTULO X.– Sana doctrina de la Compañía referente á la consagración de los Obispos.
CAPÍTULO XI. – Lo que llevaron á cabo los misioneros de Córdoba.
CAPÍTULO XII.– Breve recopilación de lo que sucedió en varios lugares.
CAPÍTULO XIII.– Muere una viuda por defender su honestidad.
CAPÍTULO XIV.– Graves turbaciones que hubo en Santa Fe, pueblo de Itatín.
CAPÍTULO XV.– El P. Romero predica el Evangelio al otro lado del río Paraguay.
CAPÍTULO XVI.– El P. Romero echa los cimientos de la reducción de Santa Bárbara.
CAPÍTULO XVII.– Los indios se conjuran para dar muerte al P. Romero.
CAPÍTULO XVIII.– Son asesinados los Padres Mateo Fernández, Pedro Romero y el neófito González.
CAPÍTULO XIX.– Lo que sucedió después del martirio del P. Romero.
CAPÍTULO XX.– Vida del P. Pedro Romero.
CAPÍTULO XXI.– De la oración, mortificación y obediencia del P. Romero.
CAPÍTULO XXII.– Otras virtudes del P. Romero.
CAPÍTULO XXIII.– Muere el P. Juan Eugenio Valtodano; sus alabanzas.
CAPÍTULO XXIV.– Estado de la provincia.

//

TOMO QUINTO
LIBRO DECIMOCUARTO


CAPÍTULO PRIMERO
CONTROVERSIA QUE HUBO SOBRE LA CONSAGRACIÓN DEL OBISPO DEL PARAGUAY.

** El año 1644 suscitóse una cuestión que se ha hecho célebre, tocante á la consagración de D. Bernardino de Cárdenas, Obispo del Paraguay. Hallándose éste en el Perú, recibió una Real cédula de Felipe IV, en la que le manifestaba haberlo propuesto para la mencionada Sede é implorado la confirmación pontificia. Como le agradaba el honor conferido, se desesperaba con la tardanza del Papa en despachar las Bulas, por más que éste no solía poner obstáculos á la presentación hecha por el monarca, y autorizaba con frecuencia para que un Obispo solo, en vez de tres, verificase la consagración. Llevado de su impaciencia, discurrió un medio de conseguir lo que deseaba, pretextando interpretar la voluntad del Romano Pontífice, á fin de no quebrantar violentamente el derecho canónico. Consultó sobre el particular á nuestro Colegio de Córdoba, y por unanimidad contestaron los religiosos que lo que intentaba era opuesto á las decisiones de los Concilios y Papas, á la doctrina de los sabios y á las costumbres de la Iglesia. Pero el carro del orgullo no obedece á riendas. Sin esperar las Bulas, D. Bernardino de Cárdenas se hizo consagrar por un solo Obispo; tomó posesión de la diócesis, y dió principio á una época de agitaciones, no ya en la capital, mas también en todo el país: de ellas se podía escribir larga historia; yo, temeroso de no ser imparcial, me limito á narrar el origen y raíz de los tumultos que luego acontecieron. Lo que no pasaré por alto son las calumnias que se inventaron contra la Compañía, y que muy pronto quedaron aniquiladas; lo mejor es presentarlas unidas, sin guardar el orden cronológico, para que con una mirada se tenga idea de ellas. Teniendo el Obispo de su parte, nuestros enemigos renovaron sus antiguas falsedades y forjaron otras nuevas: la peor fué una tocante al oro imaginario del Uruguay, ya refutada hasta la saciedad otras veces. Pero como conviene dar á cada uno lo que es suyo, y atribuir á cada alfarero sus cántaros, examinaremos con detenimiento la cuestión desde sus comienzos.

CAPÍTULO VII
INVÉNTASE CONTRA LOS JESUITAS LA CALUMNIA DE QUE SE OPONIAN AL PAGO DE LOS SERVICIOS REALES.
** A más de las consejas refutadas urdieron otra los enemigos de la Compañía: esparcieron el rumor de que los jesuitas disuadían á los neófitos de pagar las rentas á Su Majestad, y asintieron á ella el vulgo y las autoridades. Pero el oidor D. Juan Blásquez de Valverde inspeccionó, por mandato de la Audiencia de Charcas, las reducciones del Paraná y Uruguay, y escribió al monarca diciéndole que nadie como los neófitos pagaba las contribuciones puntualmente y de buen grado; advertiré que la fábula en cuestión iba dirigida, no sólo contra los religiosos extranjeros, sino contra los españoles. Algunos que deseaban con vehemencia reducir á la servidumbre los indios, se quejaron de tener la Compañía sobre éstos un dominio absoluto; su pretexto era que los neófitos, durante el primer año de su conversión, ni satisfacían tributos ni trabajaban en provecho de particulares. Semejante imputación era la mejor apología nuestra y del tacto y prudencia del rey Católico. Diré lo que había en el asunto. Ninguna cosa espantaba tanto á los indios como el servicio personal en favor de los españoles; así que los misioneros, de acuerdo con los magistrados y gobernadores, cuando entraban en países de gentiles, nada les proponían sino la fe católica y la obediencia á Su Majestad; luego con suavidad les inculcaban la conveniencia de que trabajaran á jornal y pagasen alguna contribución al monarca, ya que éste los defendía de sus enemigos y enviaba á su costa desde Europa sacerdotes que los instruyeran. Estas leyes, aprobadas por el rey, fueron ampliadas, y así los neófitos, durante el primer decenio á contar de su conversión, estaban libres de toda gabela: aún pareció pequeño tal plazo y se duplicó más adelante, pues los indios no habían perdido por completo su rudeza; prefiere Su Majestad la salvación de las almas á llenar las arcas de su tesoro, y traer los indios con beneficios á espantarlos con imposiciones. Además no ignoraba las continuas vejaciones que los miserables neófitos sufrieron de los mamelucos; que muchos emigraron de su patria y otros fueron reducidos á esclavitud; los restantes se veían precisados á rechazar de continuo el enemigo: por lo tanto, era justo que nada se les exigiera. Los perseguidores de los indios echaban á perder tan prudentes medidas; clamaban que los neófitos eran inútiles á la sociedad, y con capa de la conveniencia pública, buscaban su interés privado. Fuéronse lentamente disipando semejantes calumnias y la importuna ambición de sus autores. Los indios del Paraná y Uruguay, después que tuvieron paz algún tiempo, reedificaron sus pueblos é iglesias, y pasados los veinte años de indulto, prometieron satisfacer tributos conforme al censo hecho por el oidor D. Juan Blásquez de Valverde.

CAPÍTULO VIII
SERVICIOS QUE HAN PRESTADO LOS RELIGIOSOS EN EL PARAGUAY.
** Hubo quienes intentaron convencer al rey de España de que no se debían llevar á expensas del Erario jesuitas al Paraguay. La verdad es que se angustiaba Satanás viendo cómo tantos ilustres varones, gloria de las Universidades de Europa, cual soldados aguerridos, iban á disputarle su imperio. Creo haber impugnado lo suficiente á tales detractores con lo que en este libro he consignado, al reseñar tantas naciones sometidas al rey Católico, sin más armas que la cruz; tan extensas regiones regadas con el sudor y la sangre de los misioneros; tantos millares de hombres convertidos al cristianismo. Pero viva el monarca español, quien á pesar de estar ocupado en frecuentes guerras y tener su tesoro casi agotado, gasta sus recursos en enviar religiosos y proveer á sus necesidades; sin esto, muchos miles de gentiles gemirían todavía, bajo el yugo del demonio, ó serían presa de lobos rapaces. Mas los hombres desocupados, para que nada les quedase por decir contra los jesuitas, argumentaron que éstos enseñaban á los neófitos doctrinas falsas y rayanas en la herejía: así lo denunciaron á las autoridades.

CAPÍTULO IX
IMPOSTURAS TOCANTES A LA TRADUCCIÓN DEL CATECISMO POR LOS MISIONEROS.
** Examinando con detenimiento las acusaciones mencionadas, se vió cómo se reducían á decir lo siguiente: que los jesuitas, al traducir en el idioma guaraní los nombres de Dios, de Jesucristo y la Virgen, se valían de palabras usadas por los bárbaros en un sentido pagano y conocidas antes por los hechiceros. Con facilidad y prontitud se defendió la Compañía haciendo ver que tales vocablos habían sido usados durante un siglo sin oposición alguna por parte de los hombres doctos. El Padre José Anchieta, famoso por sus milagros, y peritísimo en la lengua indígena del Brasil, notó muy bien que tanto en ésta como en la guaraní se empleaban los mismos términos para designar al Señor, á su Hijo y á María: ambas eran sumamente parecidas. Los Obispos del Paraguay, muchos sabios esclarecidos, los frailes mercenarios, dominicos y franciscanos, quienes con anterioridad trabajaron en la conversión de los indios, usaron dichas palabras sin escrúpulo alguno. Aquel santísimo religioso, Fr. Luis Bolaños, estrella de la Orden franciscana y de América, quien por acuerdo tomado en dos Concilios provinciales tradujo con felicidad el Catecismo y luego lo revisó, empleó las frases inculpadas á la Compañía. Un Sínodo celebrado en Lima ordenó á los catequistas que, al explicar la fe católica, se valieran de los vocablos aceptados por los Concilios diocesanos. De aquí dedúcese lógicamente que habremos de tener por herejes á dichos Sínodos, Obispos, religiosos ilustres, inquisidores del Brasil que aprobaron la traducción y á toda la antigüedad, ó de lo contrario, no atacar injustamente el proceder de la Compañía.

CAPÍTULO X
SANA DOCTRINA DE LA COMPAÑÍA REFERENTE Á LA CONSAGRACION DE LOS OBISPOS.
** De otra cosa fuimos acusados los misioneros del Paraguay, no solamente ante los Tribunales, sino también en reuniones públicas y privadas: consultados en lo que toca á la consagración de los Obispos, respondimos que nadie podía recibirla sin haber llegado á su poder las Bulas pontificias; la declaración posterior del Papa confirmó nuestra doctrina; según ella, el creado Obispo, faltándole tal requisito, ninguna jurisdicción tiene. De manera que, lejos de ser cismática la Compañía, se mostró fiel al espíritu de Roma. Dejo para otra ocasión referir las turbulencias que hubo con motivo de nuestra actitud; más adelante penetraré en tan confuso laberinto y diré la verdad de lo que sucedió.

CAPITULO XI
LO QUE LLEVARON Á CABO LOS MISIONEROS DE CÓRDOBA.
** En medio de estas agitaciones, la Compañía trabajaba en amplísimas regiones. Celebróse en Córdoba una Congregación provincial, y fué nombrado Procurador el P. Juan Pastor, en quien concurrían suma destreza en los negocios y autoridad ganada con muchos años de misiones entre los indios; especialmente se distinguió en la entrada que se hizo al país de los abipones. El P. Pedro Herrera y otro jesuita recorrieron los alrededores de Córdoba; confesaron á cuatro mil indios y negros que vivían en multitud de parajes; bautizaron setenta y siete personas; prometieron á una tribu errante que solicitó el Bautismo, que se lo administrarían cuando se estableciera en un pueblo, y negándose á ello, encomendaron el asunto á Dios, que aprovecharía el momento oportuno. El Colegio de Córdoba perdió dos religiosos, de quienes haré mención por distintas causas. El uno era el P. Francisco de Córdoba, aragonés: se le concedió la gracia de hacer los cuatro votos, por ser buen predicador; pero falto de piedad y díscolo, ofendió á iguales y Superiores; lo recluyeron en un calabozo del Colegio, de donde huyó al Perú, y engañó á los Oidores y á los mismos jesuitas; llevado á Córdoba, acabó sus días en la cárcel, no sin arrepentimiento. El otro fué Marco Antonio Deyotaro, nacido en Salas, en el reino de Nápoles: emitió los cuatro votos, y se distinguió por su inocencia y lo que trabajó en la conversión de los indios y en mejorar las costumbres de los españoles; sabía los idiomas del país, y vivió en el Paraguay desde la fundación de la provincia. Gobernó el Seminario de Estero, y no quiso ser Rector de Colegio alguno. Lo calumniaron gravemente; pero él sufrió los ataques resignado, confiando en el Señor. Todos los días oraba mentalmente cinco horas, y así adquiría las virtudes en que brillaba. A sus funerales asistieron las Ordenes monásticas y los principales ciudadanos, lamentando la muerte de tan distinguido varón.

CAPÍTULO XII
BREVE RECOPILACIÓN DE LO QUE SUCEDIÓ EN VARIOS LUGARES.

** Los jesuitas del Colegio de Buenos Aires bautizaron algunos indios y abolieron la supersticiosa costumbre de los neófitos, quienes llevaban consigo los huesos de sus antepasados; otras cosas hicieron propias de expediciones apostólicas. Una india preñada de seis meses, estando gravemente enferma, se lamentaba de morir sin que el feto recibiera el Bautismo; agradó al Señor tan santa queja: apenas espiró la doliente, le sacaron el niño del vientre y lo cristianaron; poco después el alma de éste volaba al cielo. Los misioneros de Estero administraron los Sacramentos á muchas personas; los de Rioja trabajaban sin descanso dentro y fuera de la ciudad. Allí acaeció un hecho memorable. Baltasar Alegría, joven español vivía amancebado con una mujer mestiza, y no se apartaba del pecado ni por respeto á Dios ni por temor de los hombres: un rayo hirió gravemente á su concubina; entonces se arrepintió ésta y comenzó en penitencia á castigar su cuerpo; el antiguo amante la perseguía, no pudiendo seducirla: un día la llevó por fuerza al bosque próximo; la ató á un árbol desnuda, y sacando un puñal la dijo: «El demonio nos llevará juntos á los dos.» Luego le dió azotes con las riendas del caballo; á los seis golpes cayó muerto el español, y su cadáver quedó horriblemente desfigurado. En San Miguel un negro, tenido por cristiano, en la última enfermedad se quiso confesar: en efecto, se confesó, y al punto se le mostró la Virgen acompañada de dos ángeles, rodeada de luz; se presentó al negro, que parecía correr, y le dijo: «¿Dónde vas?» Contestó éste: «Al cielo.» María le replicó: «No puedes entrar en él, pues no eres cristiano.» Retrocedió el negro, y la Virgen le mandó que se estuviera quedo, pues muy pronto lo bautizaría un jesuita; desapareció la visión y el negro volvió en sí; recapacitó seriamente, y halló ser verdad que no había recibido el Bautismo. Instruyóse en la doctrina cristiana, y á las dos horas de entrar en el seno de la Iglesia falleció. Los jesuitas de San Miguel salieron á los pueblos indios; desbarataron las intrigas de los hechiceros, y extirparon los vicios y la idolatría. Alguna esperanza se concibió de convertir á los calchaquíes; no se bautizó á los adultos de esta nación por ser gente depravada, pero sí á trescientos niños; creíase poder hacer algún día con los mayores otro tanto. Los Padres Torreblanca y Parricio recorrieron dos veces todo el valle de Calchaquí con regular fruto. Los pulares, taguingastas y gualsines pidieron que la Compañía se estableciera entre ellos; pero no se pudo acceder á tal súplica considerando haber hecho bastante con la ocupación del valle de Calchaquí, desde el cual se harían excursiones á los pueblos mencionados.

NICOLÁS DEL TECHO - HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS - VOL. IV / BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (LIBRO DIGITAL 100%)


HISTORIA DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Volumen IV
Editorial: A. de Uribe y Compañía
Año: 1897
Versión digital:

TOMO CUARTO

HIPERVÍNCULOS


(Tomo IV) LIBRO NOVENO (160 kb.)
(Tomo IV) LIBRO DÉCIMO (133 kb.)
(Tomo IV) LIBRO UNDÉCIMO (116 kb.)


CONTENIDO DEL TOMO CUARTO:

(Tomo IV) LIBRO NOVENO (160 kb.)


CAPÍTULO PRIMERO.– Lo que sucedía en Buenos Aires y en el Tucumán.
CAPÍTULO II.– Expedición del P. Gaspar Osorio al Chaco.
CAPÍTULO III.– Mueren los PP. Alonso de Aragón y Diego Vasauri; sus alabanzas.
CAPÍTULO IV.– Lo que se hizo contra Niezú.
CAPÍTULO V.– Túrbase el orden en Iguazúa.
CAPÍTULO Vl.– Varios sucesos del Paraná.
CAPÍTULO VII.– Trátase de restaurar la reducción del Caró.
CAPÍTULO VIII.– Reorganizan los misioneros la población del Caró.
CAPÍTULO IX.– Fúndase la reducción de San Francisco Javier en el Uruguay.
CAPÍTULO X.– Fundación del pueblo de Jesús y María en el Guairá.
CAPÍTULO XI.– Túrbase el orden en la reducción de Jesús y María.
CAPÍTULO XII.– Del origen y costumbres de los mamelucos.
CAPÍTULO XIII.– Cómo fué devastado el Guairá por los mamelucos.
CAPÍTULO XIV.– Los mamelucos asaltan la reducción de San Antonio.
CAPÍTULO XV.– Es destruído por los mamelucos el pueblo de San Miguel.
CAPÍTULO XVI.– Asaltan los mamelucos la reducción de Jesús y María.
CAPÍTULO XVII.– Lo que sucedió después de lo referido.
CAPÍTULO XVIII.– Los PP. Simón Mazeta y Justo Vanfurk van detrás de los mamelucos hasta el Brasil.
CAPÍTULO XIX.– Alteraciones que hubo en el Guairá.
CAPÍTULO XX.– De cómo los magos hicieron con sus engaños que los indios adorasen unos huesos.
CAPÍTULO XXI.– Es burlado un hechicero famoso.
CAPÍTULO XXII.– Fúndase la reducción de San Pedro en el país de los gualachíes, y trabajan allí los misioneros con feliz resultado.
CAPÍTULO XXIII.– Rebelión de los calchaquíes.
CAPÍTULO XXIV.– Costumbres de los caaiguaes.
CAPÍTULO XXV. – Entrada que se hizo á los caaiguaes.
CAPÍTULO XXVI.– Fúndase en el Uruguay el pueblo de la Asunción.
CAPÍTULO XXVII.– Peléase contra Ibapiri.
CAPÍTULO XXVIII.– Échanse los cimientos de dos pueblos en el Uruguay.
CAPÍTULO XXIX. – El P. Simón Mazeta procura en el Brasil, aunque en vano, la libertad de los indios cautivos.
CAPÍTULO XXX.– Restáurase el pueblo de Jesús y María.
CAPÍTULO XXXI.– Cosas memorables que sucedieron en el Guairá.
CAPÍTULO XXXII.– Asaltan los mamelucos las reducciones de San Pablo y de la Encarnación.
CAPÍTULO XXXIII.– Los misioneros sufren persecuciones en el Guairá y en otras partes.
CAPÍTULO XXXIV.– La Compañía trabaja laudablemente en el Tucumán.
CAPÍTULO XXXV.– Fundación de las reducciones de Caapi y Caasapaguazú.
CAPÍTULO XXXVI.– Predícase el Evangelio por vez primera en la región del Tape.
CAPÍTULO XXXVII.– Los misioneros socorren á los enfermos de la peste en el Uruguay.
CAPÍTULO XXXVIII.– Lo que sucedió por aquel tiempo en Iguazúa.
CAPÍTULO XXXIX.– Varios sucesos del Paraná.
CAPÍTULO XL.– Son asaltadas las reducciones de San Javier y de San José.
CAPÍTULO XLI.– Trátase de abandonar las reducciones situadas en el país de Tayaoba.
CAPÍTULO XLII – Emigran los moradores de los tres pueblos fundados en la región de Tayaoba.
CAPÍTULO XLIII.– Asaltan los mamelucos dos pueblos de neófitos gualachíes.
CAPÍTULO XLIV.– Trabajos que pasaron los emigrantes.
CAPÍTULO XLV.– Trátase de la emigración de los indios de Loreto y San Ignacio.
CAPÍTULO XLVI.– Emigran los habitantes de San Ignacio y Loreto.
CAPÍTULO XLVII.– Trátase de continuar la emigración.
CAPÍTULO XLVIII.– Los religiosos son invitados á predicar el Evangelio en la provincia de Itatín.

(Tomo IV) LIBRO DÉCIMO (133 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Varios sucesos que ocurrieron en el Tucumán (año 1632).
CAPÍTULO II.– En medio de la guerra calchaquí, los jesuitas llevan á cabo cosas.
CAPÍTULO III.– Muere el P. Marcelo Lorenzana; sus alabanzas.
CAPÍTULO IV.– Muere el P. Francisco del Valle.
CAPÍTULO V.– Continúa la transmigración de los habitantes del Guairá.
CAPÍTULO VI.– Los emigrantes son benévolamente recibidos por
los neófitos del Paraná y Uruguay.
CAPÍTULO VII. – Los emigrados edifican pueblos.
CAPÍTULO VIII.– Admirable ejemplo de paciencia que dió el P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO IX.– Descripción del Tape.
CAPÍTULO X.– Fúndase el pueblo de San Miguel.
CAPÍTULO XI.– Fundación del pueblo de Santo Tomás.
CAPÍTULO XII.– Desígnanse otros lugares para fundar reducciones en ellos.
CAPÍTULO XIII.– Fructuosas tareas de los misioneros en el Uruguay.
CAPÍTULO XIV.– Trabajos que sufrieron los misioneros del Uruguay.
CAPÍTULO XV.– Del matrimonio de los guaraníes.
CAPÍTULO XVI.– Descripción de la provincia de Itatín.
CAPÍTULO XVII.– El P. Rançonnier explora la provincia de Itatín.
CAPÍTULO XVIII.– La Compañía funda cuatro pueblos en la provincia de Itatin.
CAPÍTULO XIX.– De lo mucho que trabajaron los misioneros en Itatín y de las buenas esperanzas que concibieron.
CAPÍTULO XX.– Es destruída la reducción de San José.
CAPÍTULO XXI.– Los mamelucos asaltan la reducción de los Angeles.
CAPÍTULO XXII.– Los mamelucos destruyen el pueblo de San Pedro y San Pablo.
CAPÍTULO XXIII.– Lo que sucedió en la provincia de Itatín luego que fueron destruídas sus reducciones.
CAPÍTULO XXIV.– Varios sucesos del Tucumán(año 1633).
CAPÍTULO XXV.– Nacimiento del P. Juan Darío; su educación y cargos que tuvo.
CAPÍTULO XXVI.– Algunas virtudes del Padre Juan Darío.
CAPÍTULO XXVII.– Otras virtudes del Padre Juan Darío.
CAPÍTULO XXVIII.– Son vejados los misioneros en el Paraguay.
CAPÍTULO XXIX.– Emigran los neófitos de Iguazúa y Acaray.
CAPÍTULO XXX.– De las reducciones del Uruguay.
CAPÍTULO XXXI.– Prosperidad de los pueblos de Santo Tomás y San Miguel.
CAPÍTULO XXXII.– Fundación del pueblo de San José.
CAPÍTULO XXXIII.– Fúndase la reducción de la Natividad en Ararica.
CAPÍTULO XXXIV.– Fúndase el pueblo de Santa Ana.
CAPÍTULO XXXV. – Fundación del pueblo de Santa Teresa.
CAPÍTULO XXXVI.– Principio que tuvo la reducción de San Joaquín.
CAPÍTULO XXXVII.– El Provincial Francisco Vázquez visita las reducciones del Uruguay.
CAPÍTULO XXXVIII.– Fundación de dos pueblos en Itatín.
CAPÍTULO XXXIX.– Estado de la provincia del Paraguay mientras la gobernó el Padre Vázquez.

(Tomo IV) LIBRO UNDÉCIMO (116 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Comienza á ejercer su cargo el Provincial Diego de Boroa; empresas de los jesuitas en el Tucumán (año 1634)
CAPÍTULO II.– Entrada que se hizo á los chiriguanaes.
CAPÍTULO III.– El P. Diego de Boroa visita el Paraná.
CAPÍTULO IV.– El P. Boroa visita el Uruguay.
CAPÍTULO V.– El P. Boroa visita los pueblos situados en la parte cismontana del Tape.
CAPÍTULO VI.– Va el P. Diego de Boroa á los pueblos situados en la otra orilla del Igay.
CAPÍTULO VII.– Visita el P. Boroa las reducciones situadas á esta parte del Igay.
CAPÍTULO VIII.– Lo que hicieron de particular varios misioneros.
CAPÍTULO IX.– Asesinato del P. Pedro de Espinosa.
CAPÍTULO X.– Vida del P. Pedro de Espinosa.
CAPÍTULO XI.– La Compañía abandona el Seminario de Estero y el Colegio de Esteco.
CAPÍTULO XII.– El P. Diego de Boroa visita parte de la provincia.
CAPÍTULO XIII.– Algunos sucesos ocurridos en varios Colegios de la provincia.
CAPÍTULO XIV.– Comienza á resplandecer por sus milagros una imagen de María que había en el Colegio de Santa Fe.
CAPÍTULO XV.– Varios hechos que tuvieron lugar en el Paraná.
CAPÍTULO XVI.– Hechos memorables que ejecutaron los misioneros del Uruguay.
CAPÍTULO XVII.– Entrada que se hizo al Tebicuarí.
CAPÍTULO XVIII.– Varios hechos acontecidos en la provincia del Tape.
CAPÍTULO XIX.– El P. Mendoza rescata muchos cautivos de los mamelucos.
CAPÍTULO XX.– El P. Mendoza procura la conversión de varias tribus.
CAPÍTULO XXI.– El P. Cristóbal de Mendoza es asesinado en el Ibia.
CAPÍTULO XXII.– Castigo que sufrieron los parricidas.
CAPÍTULO XXIII.– Vida del P. Cristóbal de Mendoza.
CAPÍTULO XXIV.– Los hechiceros quitan la vida á muchos hombres y niños, por lo cual son castigados.
CAPÍTULO XXV.– Vejaciones que sufrió la Compañía por defender la causa de los indios.
CAPÍTULO XXVI.– Es procurador el P. Juan Bautista Ferrusino.
CAPÍTULO XXVII.– Persecuciones que sufrieron los misioneros de ltatín.
CAPÍTULO XXVIII.– Vida y muerte del Padre Diego Rançonnier.
CAPÍTULO XXIX.– En medio de contrariedades, ejerce el P. Antonio Ruiz su cargo de Superior general de las misiones.
CAPÍTULO XXX.– Destruyen los mamelucos el pueblo de Jesús y María.
CAPÍTULO XXXI.– Asaltan los bandidos la reducción de San Cristóbal.
CAPÍTULO XXXII.– Los neófitos de Santa Ana huyen de esta reducción.
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TOMO CUARTO
LIBRO UNDÉCIMO

CAPÍTULO XXV
VEJACIONES QUE SUFRIÓ LA COMPAÑÍA POR DEFENDER LA CAUSA DE LOS INDIOS.
** Después de la calamidad referida sobrevino otra; D. Martín de Ledesma, gobernador del Paraguay, visitó los nuevos pueblos del Paraná por mandato de la Audiencia de la Plata; llevaba el pensamiento de trasladar dos reducciones del Guairá á las inmediaciones de la Asunción, y obligar á los moradores de las restantes del Paraná y Guairá que sirviesen á los españoles de la ciudad mencionada, quienes le habían sugerido tal proyecto. Para justificarse, repetía siempre la cantinela de que los indios del Paraná habían sido conquistados por los habitantes de la Asunción, y que los del Guairá estuvieron ya en otro tiempo sujetos á la mita en provecho de los particulares. Replicaban los Padres que el Paraná tan sólo por la cruz había sido subyugado, á condición de no estar los neófitos obligados á trabajar en beneficio de nadie, y ser únicamente tributarios del rey Católico. Llevóse la cuestión á la Real Audiencia, y el P. Díaz Taño que estaba en Jesús y María fué enviado al Perú por el Provincial con los poderes necesarios. Entre tanto, marcharon á la Asunción con el gobernador los PP. Antonio Ruiz, Pedro Romero, Claudio Royer y otros antiguos religiosos, y con juramento afirmaron que los indios se habían sometido por la eficacia del cristianismo al rey de España. Esto lo confirmaron de igual manera los frailes de San Francisco y varones respetables; la Audiencia nos hizo justicia; las maquinaciones contra los desgraciados neófitos quedaron burladas, pero no destruídas, de tal manera que en los ánimos de muchos se recrudecía el deseo de oprimirlos, sin reparo alguno en derechos incontestables y en el bien general. Alguna más compasión se tenía con los emigrados del Guairá, en vista de su lamentable estado. El gobernador del Río de la Plata, D. Esteban de Avila, enemigo personal de la Compañía, pretendió molestar á los neófitos; escribió al rey de España, proponiendo la fundación de una ciudad en las márgenes del Uruguay, para sujetar, según decía, los pueblos nuevamente erigidos, medida que sería perjudicial en alto grado á nuestros indios. El Consejo de Indias ningún caso hizo del proyecto trazado por el gobernador de la Plata, pues acudió con tiempo el P. Boroa, y dióse crédito á cuanto afirmó y propuso, por ser en beneficio de Su Majestad y de la religión, y no de los particulares.
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CAPÍTULO XXIX
EN MEDIO DE CONTRARIEDADES EJERCE El P. ANTONIO RUIZ SU CARGO DE SUPERIOR GENERAL DE LAS MISIONES.
** A fines de año, el P. Ruiz, esclarecido por sus virtudes, fué nombrado Superior general del Paraná, Uruguay y Tape, en sustitución del P. Pedro Romero. Este había gozado dicho cargo siete años y meses, y percibido tantos frutos espirituales, que á la muerte de su antecesor, el P. Roque González, se contaban solamente diez reducciones, parte en el Paraná y parte en el Uruguay; al concluir su cometido el P. Romero dejó veinticinco, sin incluir dos cuya fundación se proyectaba, y aún se esperaba crear otras; mas la peste y la guerra lo impidieron. La epidemia vino de las regiones situadas hacia el mar, y se propagó por el Tape, Paraná y Uruguay. No referiré el daño que ocasionó en cada uno de los pueblos: sólo diré que los misioneros rivalizaron en socorrer á los enfermos; en las reducciones había un Padre ó dos á lo sumo, y se veían precisados á cuidar de las necesidades temporales y espirituales de sus feligreses; en Jesús y María llegaron á contarse mil quinientos apestados; en Caró, ochocientos cincuenta: todos ellos murieron después de recibido el Bautismo. A la epidemia siguió el hambre; agregóse el temor de que los mamelucos entraran, como lo estaban proyectando y ciertos prodigios lo anunciaban, pues en San Miguel, una imagen de Cristo en la columna, sudó, y los religiosos comprendieron que en otras ocasiones tal milagro fué pronóstico de males cercanos. Un consuelo hubo en medio de tantas desgracias, y es que fueron bautizados gran número de niños y setecientos cincuenta y tres adultos en dicha población; en Santa Teresa, mil ciento cincuenta y nueve, de edad provecta; en San Cosme y Damián, seiscientas noventa y nueve personas, las más de pocos años; en Ararica, seiscientas cincuenta y cuatro; en Caró, mil sesenta y cuatro; en San José, quinientas cincuenta y siete; añádanse las que recibieron el Bautismo en los pueblos del otro lado del Igay, en el remoto de San José y en los demás del Uruguay y Paraná, con lo cual nadie pondrá en tela de juicio que este año fué gratísimo para el cielo.

CAPÍTULO XXX
DESTRUYEN LOS MAMELUCOS EL PUEBLO DE JESUS Y MARÍA.
** Cuando el P. Romero cesó en el cargo Superior general de las misiones, fué nombrado Rector de Jesús y María, en las fronteras del Tape; por hallarse expuesta dicha reducción á las invasiones de los mamelucos, ordenó el gobernador, á instancias del Provincial Diego de Boroa, que la fortificasen los neófitos, y éstos lo empezaron á realizar. Ocupados en esto, llegaron los mamelucos con mil quinientos tupís y numerosa turba de indios gentiles, á los cuales por fuerza en el camino les habían obligado á incorporarse; asaltaron el lugar que defendieron, con fortaleza, cuatrocientos neófitos nada más, pues los restantes estaban esparcidos por el campo, dedicados á la agricultura y caza. A la primera acometida ocurrió un hecho memorable, y es que paleando entre los neófitos el P. Antonio Bernal, Coadjutor, una bala le arrebató la extremidad de un dedo; puso éste sobre una medalla que llevaba de la Inmaculada Concepción, y quedó curado, salvo que se le imprimió la figura de la Virgen en la parte herida. En medio del ardor de la pelea, recibió dos arcabuzazos el P. Juan de Cárdenas, también Coadjutor; el P. Pedro Mola fué herido en la cabeza; el P. Romero corría de un lado á otro, cuidando de los que caían; animaba á los que se batían, y procuraba rechazar los agresores. En el sitio donde con mayor ímpetu cargaban los mamelucos, una mujer india, llamada María, y que hoy vive, se distinguió por su valor, pues, vestida de hombre, con una lanza dió la muerte á un feroz tupí; siguió combatiendo y animando á los neófitos: yo mismo se lo he oído referir. Como los enemigos eran más numerosos que los defensores, incendiaron la iglesia, donde estaba refugiada la gente indefensa, y se apoderaron del lugar, que se entregó con ciertas condiciones. Pero los mamelucos, quebrantaron éstas, y ejercitaron su furor contra los habitantes de Jesús y María, sin distinguir edad ni sexo, dando la muerte á muchos de ellos, no obstante las súplicas de los misioneros, que procuraban salvar la vida de sus hijos en Cristo. El P. Romero trató de rescatar, mediante precio, la mujer del principal cacique de Jesús y María, como también á otras personas; sólo pudo dar libertad á un muchacho; los invasores le arrebataron el dinero que ofrecía y los cautivos. Tomada la reducción de Jesús y María, los bandidos se esparcieron por las aldeas cercanas, reduciendo á esclavitud sus moradores; apenas la cuarta parte de éstos se salvó huyendo. En el asalto de Jesús y María murieron cincuenta y cinco de los enemigos; además, tuvieron muchos heridos. Terminada la pelea, los religiosos, disimulando el intenso dolor que experimentaban, acudieron, sin distinguir de bandos, á enterrar los muertos y confesar los moribundos. Dos muchachos educados en nuestra casa dieron un notable ejemplo: á imitación de los misioneros, cuidaban de los heridos y los consolaban hasta el último instante; conmovidos los mamelucos al ver tanta piedad, intentaron hacerles perder el afecto que profesaban á la Compañía, y para conseguirlo les presentaron dos jóvenes hermosísimas; pero ellos, aborreciendo toda deshonestidad, dijeron que habían sido educados castamente por los Padres, y aborrecían la impureza; acción loable en cristianos nuevos, de edad temprana y temperamento fogoso. Los religiosos fueron detenidos cuatro días por los mamelucos, á fin de que no avisaran á los restantes pueblos del mal próximo. Tres años hacía que se fundó la reducción de Jesús y María: los misioneros habían bautizado seis mil cincuenta y siete personas, é inscrito bastantes más en el álbum de los catecúmenos. Los neófitos que no fueron cautivados por los mamelucos se establecieron en otras poblaciones, y yo, que he sido Rector de ellos algún tiempo, veo con dolor que una reducción tan notable fuera destruída.

CAPÍTULO XXXI
ASALTAN LOS BANDIDOS LA REDUCCIÓN DE SAN CRISTÓBAL.

La reducción de San Cristóbal, notable por el número de sus habitantes, distaba dos leguas de Jesús y María; á los dos años de su fundación contaba dos mil trescientas personas bautizadas, sin incluir muchos catecúmenos y niños que no lo estaban. Habiendo llegado la noticia de la invasión, el P. Agustín Contreras, que era su Rector, llevó cuanta gente pudo á Santa Ana. Muy pronto entraron en San Cristóbal los mamelucos, y viendo el pueblo desierto, recorrieron las inmediaciones; cautivaron los moradores de las aldeas, y los cargaron de cadenas; escudriñaron las selvas, y como de costumbre, se condujeron ferozmente. Tornó á San Cristóbal el P. Contreras, y presentándose ante los mamelucos, les rogó que no se llevasen los indios cual rebaño de ovejas; nada consiguió sino dicterios y el rescate de dos muchachos, logrado á fuerza de súplicas. Los bandidos, una vez que despoblaron las cercanías, regresaron á San Cristóbal, que se hallaba medio arruinado.

CAPÍTULO XXXII
LOS NEOFITOS DE SANTA ANA HUYEN DE ESTA REDUCCIÓN.
Dirigíase el P. Romero á San Cristóbal con mil seiscientos neófitos; éstos eran, parte de los que abandonaron el pueblo de Jesús y María, parte de Santa Ana, San Cristóbal y otros lugares, y querían volver á ellos para recoger cuanto habían dejado; á los cuatro días de llegar á San Cristóbal, fueron acometidos por ciento veinte mamelucos y mil quinientos tupís; rechazados al principio los enemigos, tornaron á la carga, y como iban mejor armados que los neófitos y luchaban con más ferocidad, salieron victoriosos y cautivaron muchos de los nuestros; el P. Romero volvió por donde había ido con los neófitos que pudo salvar, y se refugió en Santa Ana. Esta reducción contaba tres mil almas, y gracias al celo del Padre José Oreghi florecían las virtudes en ella; durante la peste que poco antes se propagó, dicho religioso administró los Sacramentos á novecientas personas y enterró los cadáveres; llenó el hueco que dejaban los muertos con los indios que atrajo á la fe, los cuales fueron muchos por cierto. La reducción de Santa Ana, situada al otro lado del Igay, se hallaba expuesta á las invasiones de los mamelucos, y así se pensó en trasladarla. Entonces el Padre Ruiz, Superior general de las misiones, fué á ella, y reunió en asamblea á los religiosos y á los principales neófitos, para tratar de tal asunto. Los más opinaron que tanto los indios de Santa Ana como los de Jesús y María y San Cristóbal, debían emigrar al pueblo de la Natividad, pasando el río Igay, á fin de con esto y la proximidad de los restantes pueblos, tener defensa contra los mamelucos. Tomado este acuerdo, acudieron todos al río y pusieron las canoas cerca de un terraplén, en forma de baluarte, para en caso de necesidad atravesar la corriente y evitar que se apoderasen de ellas los mamelucos; además se pusieron centinelas en los vados y emboscadas y en los bosques de la otra ribera del Igay; los mamelucos penetraron en éstos confiadamente y fueron muertos, sin que ninguno de los nuestros pereciera.

CAPÍTULO XXXIII
LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS DE LA INVASIÓN DE LOS MAMELUCOS.
Los neófitos de Jesús y María que habían huído esparcieron por todas partes la noticia de la calamidad sufrida, exagerándola notablemente; decían que todas las reducciones del Tape quedaban destruídas, amenazado el Uruguay y muertos varios misioneros. El Padre Ruiz aumentó el temor; afírmase que tuvo revelación divina de que los nuevos pueblos del Uruguay serían asaltados por los bandidos; lo cierto es que, aterrado al saber que éstos andaban por el Tape, ordenó á los Padres del Uruguay que incendiasen los lugares y con los neófitos se retirasen al Paraná. Los de Caasapamini pusieron fuego al templo, y aunque el enemigo estaba cuarenta leguas, se refugiaron en el Paraná. Lo mismo hicieron los de Caró; los de Caapi y Caasapaguazú empezaban á huir, cuando llegaron órdenes del P. Diego de Boroa, Provincial, disponiendo que nadie se moviese hasta que él estudiara el asunto. El Provincial había tenido noticia de la invasión yendo desde la Asunción al Paraná; llegado á esta provincia, se encontró con mil quinientos neófitos de Caasapamini, quienes se negaban á volver á su patria; fueron recomendados á los de Itapúa. Poco después halló los de Caró, quienes se establecieron en las reducciones próximas, mientras se decidía la reedificación del pueblo abandonado. En esto supo el P. Boroa que el P. José Oreghi y neófitos que iban con él se hallaban perdidos sin acertar á salir en medio de los bosques; tres días duró la incertidumbre consiguiente, pasados los cuales se supo que por fin estaban salvos. Solicitó el P. Boroa la protección del gobernador del Paraguay contra los bandidos; éste contestó que también los de Itatín sufrían vejaciones de los mamelucos, y que él no podía con pocas fuerzas atender á tantos peligros. El hijo del gobernador de la Plata, capitán del ejército español, y la ciudad de San Juan, que de igual modo fueron requeridos, negaron su apoyo. Viéndose abandonado el P. Boroa, corrió al Tape; congregó en breve los neófitos dispersos por aquí y por allí, eligió los más robustos y esforzados, y con ellos pasó el Igay, para, cuando menos, aterrar á los bandidos. Mas éstos se hallaban ya lejos con su presa, habiendo dejado los pueblos llenos de cadáveres de hombres y mujeres; en Jesús y María profanaron suciamente las ruínas de la iglesia. Mandó el Provincial enterrar los muertos y dió cuenta de la invasión al rey Católico en una carta, la cual, arrojada con mala fe al mar doscientas leguas antes de llegar á Portugal, milagrosamente apareció en el puerto de Lisboa y llegó á manos de Su Majestad, para honra de la Compañía y baldón de los facinerosos. Los neófitos de las reducciones destruídas se establecieron en los campos de Caró y Caasapamini con sus misioneros, para vivir allí mientras se reedificaban los pueblos. Los mamelucos se llevaron al Brasil veinticinco mil personas, entre neófitos, catecúmenos y gentiles reducidos, sin contar los que fallecieron en el camino. Quedaron los religiosos sin esperanza de fundar reducciones al otro lado del Igay y temerosos de nuevos y mayores males que, en efecto, sucedieron; de ellos hablaré más adelante.

NICOLÁS DEL TECHO - HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS - VOL. III / BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (LIBRO DIGITAL 100%)


HISTORIA DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Volumen III
Editorial: A. de Uribe y Compañía
Año: 1897
Versión digital:
TOMO TERCERO

HIPERVÍNCULOS

(Tomo III) LIBRO SEXTO (115 kb.)
(Tomo III) LIBRO SÉPTIMO (139 kb.)
(Tomno III) LIBRO OCTAVO (135 kb.)


CONTENIDO DEL TOMO TERCERO

(Tomo III) LIBRO SEXTO (115 kb.)


CAPÍTULO PRIMERO.– Lo que hicieron los Padres en varias regiones del Tucumán.
CAPÍTULO II. – De lo que acontecía en el reino de Chile.
CAPÍTULO III.– De algunos hechos que ocurrieron en el Guairá.
CAPÍTULO IV.– De la predicación del Apóstol Santo Tomás en la América meridional.
CAPÍTULO V.– De la primera Comunión de los neófitos.
CAPÍTULO VI.– Egregias virtudes de que estaban adornados los neófitos.
CAPÍTULO VII.– El P. Luis Valdivia lleva á cabo muchas cosas memorables.
CAPÍTULO VIII.– Misiones de la Compañía en las islas de Chiloé.
CAPÍTULO IX.– Costumbres de los chonos y de los huiliches.
CAPÍTULO X.– Los PP. Melchor Vanegas y Mateo Esteban navegan á las islas de los chonos.
CAPÍTULO XI.– Refiérense varias cosas que sucedieron en el Paraná.
CAPÍTULO XII.– Establécese la Compañía en Yaguapúa.
CAPÍTULO XIII.– Descripción de la provincia del Uruguay; su descubrimiento.
CAPÍTULO XIV.– El P. Roque González penetra en la provincia del Uruguay.
CAPÍTULO XV.– El P. Roque González funda la reducción llamada la Concepción.
CAPÍTULO XVI.– De lo que hizo el P. Gabriel Perlino (año 1620).
CAPÍTULO XVII.– Nárranse brevemente varios sucesos acaecidos en algunos Colegios.
CAPÍTULO XVIII.– Lo que hicieron los jesuitas en el valle de Calchaquí.
CAPÍTULO XIX.– El caudillo de los guaicurúes recibe el Bautismo.
CAPÍTULO XX.– De lo que llevaron á cabo los Padres en el Guairá.
CAPÍTULO XXI.– El P. Luis Valdivia se embarca par a Europa.
CAPÍTULO XXII.– Vejaciones y trabajos que sufrieron los jesuitas de Chile.
CAPÍTULO XXIII.– Cuestiones que hubo con motivo del Bautismo de los negros.
CAPÍTULO XXIV.– De lo que ocurría en el reino de Chile.
CAPÍTULO XXV.– De algunos sucesos del Paraná.
CAPÍTULO XXVI.– Obstáculos que impidieron la exploración del río Uruguay (año 1622).
CAPÍTULO XXVII.– Fl P. Roque González procura, aunque en vano, fundar una población en el Uruguay.
CAPÍTULO XXVIII.– Fúndase la reducción de Corpus Christi.
CAPÍTULO XXIX.– Trata el P. Cataldino de fundar una reducción en el Guairá.
CAPÍTULO XXX.– De la procuración del Padre Francisco Vázquez Trujillo.
CAPÍTULO XXXI.– Estado de la provincia.

(Tomo III) LIBRO SÉPTIMO (139 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Varios hechos que tuvieron lugar al comenzar el P. Nicolás Durán su cargo de Provincial.
CAPÍTULO II.– Vida y muerte del P. Juan Viana.
CAPÍTULO III.– Fiestas que hubo con motivo de la canonización de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier.
CAPÍTULO IV.– De varias cosas acontecidas en el reino de Chile.
CAPÍTULO V.– Vida y costumbres del Padre Melchor Vanegas.
CAPÍTULO VI.– De lo que hicieron los jesuitas en las islas de Chiloé.
CAPÍTULO VII.– Entrada que se hizo á los indios yaros.
CAPÍTULO VIII.– Son evangelizados los guaicurúes.
CAPÍTULO IX.– Lo que hacían en el Paraná los misioneros.
CAPÍTULO X.– De la Virgen que había en la reducción de Loreto.
CAPÍTULO XI.– Vida y muerte del P. Juan Vaseo.
CAPÍTULO XII.– Fundación del pueblo de San Francisco Javier en el país de los itirambetas.
CAPÍTULO XIII.– Siete compañeros del Padre Ruiz de Montoya son asesinados en el país de los tayaobas.
CAPÍTULO XIV.– De otras cosas que sucedieron en el Guairá.
CAPÍTULO XV.– Fundación de un Colegio en la Rioja; lo que sucedía en el Tucumán (año 1624).
CAPÍTULO XVI.– Entrada que se hizo á los indios de Cuyo y muerte del P. Domingo González.
CAPÍTULO XVII.– Funda la Compañía el pueblo de Acaray.
CAPÍTULO XVIII.– Desaparecen algunos obstáculos que se oponían á la predicación del Evangelio en el Uruguay (año 1625).
CAPÍTULO XIX.– Vida y muerte del mago Juan Cuará.
CAPÍTULO XX.– Vida y muerte del P. Tomás Filds.
CAPÍTULO XXI.– Fúndase el pueblo de San José en el país de los tucutíes del Guairá.
CAPÍTULO XXII.– Del camino que descubrió el P. Antonio Ruiz y del aumento que tuvo el pueblo de San Javier.
CAPÍTULO XXIII.– Fundación del pueblo de la Encarnación en el Guairá.
CAPÍTULO XXIV.– Peligra en varios sitios del Guairá la existencia de los jesuitas.
CAPÍTULO XXV.– Es separado el reino de Chile de la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XXVI.– Primeros años del Padre Juan Romero; su noviciado, navegación á las Indias y primeros trabajos en el Perú.
CAPÍTULO XXVII.– Lo que hizo en varios lugares dé América y siendo Procurador en Roma.
CAPÍTULO XXVIII.– Otras buenas obras y virtudes del P. Juan Romero.
CAPÍTULO XXIX.– Celébrase una Congregación provincial; el P. Gaspar Sobrino se embarca para España.
CAPÍTULO XXX.– Fundación de Iguazúa.
CAPÍTULO XXXI.– Fundación de San Nicolás en el Uruguay, con la tribu de los piratines.
CAPÍTULO XXXII.– El P. Roque González explora la parte inferior del Uruguay.
CAPÍTULO XXXIII.– EI P. Nicolás Durán visita el Guairá.
CAPÍTULO XXIV.– El P. Nicolás Durán recorre el Guairá.
CAPÍTULO XXXV.– El P. Nicolás Durán visita el Paraná.
CAPÍTULO XXXVI.– A pesar de varios tumultos acaecidos en el Uruguay, la Compañía funda dos poblaciones.
CAPÍTULO XXXVII.– De las cosas que sucedieron en el Yapeyú.

(Tomno III) LIBRO OCTAVO (135 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Ultimos años del Padre Diego de Torres.
CAPÍTULO II.– El P. Roque González echa los cimientos de un pueblo cerca del Ibicuí.
CAPÍTULO III.– Los bárbaros turban la paz en la Purificación.
CAPÍTULO IV.– Fundación de la Candelaria, que antes se llamaba reducción de Caasapaminí.
CAPÍTULO V.– De lo que sucedía entre los de Iguazúa.
CAPÍTULO VI.– Muere el P. Miguel de Sotomayor.
CAPÍTULO VII.– Cosas extraordinarias que sucedieron en la Asunción.
CAPÍTULO VIII.– Fundación de San Pablo en el Guairá.
CAPÍTULO IX.– Echanse los cimientos de una población en los dominios de Tayaoba.
CAPÍTULO X.– El nuevo pueblo es devastado por la guerra.
CAPÍTULO XI.– Ceremonias de los antropófagos al inmolar sus cautivos.
CAPÍTULO XII.– Fundación del pueblo de los Arcángeles en el país de Tayaoba.
CAPÍTULO XIII.– Frústrase la expedición á los pueblos del campo.
CAPÍTULO XIV.– De otras cosas acontecidas en el Guairá.
CAPÍTULO XV.– Expedición al Chaco.
CAPÍTULO XVI.– De la procuración del Padre Gaspar Sobrino.
CAPÍTULO XVII.– Peligro que corrieron los misioneros nuevamente idos.
CAPÍTULO XVIII.– Del P. Gaspar Sobrino.
CAPÍTULO XIX.– Reconcílianse con la religión cristiana los indios del Caró y Livi.
CAPÍTULO XX.– El P. Roque González funda el pueblo de la Asunción en el país de Livi.
CAPÍTULO XXI.– Fúndase en Caró la reducción de los Santos.
CAPÍTULO XXII.– Los indios conspiran contra los misioneros.
CAPÍTULO XXIII.– Martirio de los PP. Roque González y Alonso Rodríguez.
CAPÍTULO XXIV.– Lo que sucedió después de esto.
CAPÍTULO XXV.– El corazón del P. González habla milagrosamente.
CAPÍTULO XXVI.– Recóbranse los cadáveres de los misioneros.
CAPÍTULO XXVII.– Los indios del Caró intentan matar al P. Romero.
CAPÍTULO XXVIII.– Martirio del P. Castillo.
CAPÍTULO XXIX.– Lo que hizo Niezú después del martirio del P. Castillo.
CAPÍTULO XXX.– Los indios corren á Piratini para asesinar los misioneros.
CAPÍTULO XXXI. – Castigo que recibieron los de Livi.
CAPÍTULO XXXII.– Son castigados los indios del Caró.
CAPÍTULO XXXIII.– Son puestos en salvo los restos mortales de los misioneros asesinados.
CAPÍTULO XXXIV.– Vida y virtudes del P. Roque González.
CAPÍTULO XXXV. – Vida del P. Alonso Rodríguez.
CAPÍTULO XXXVI.– Virtudes del P. Juan del Castillo.
CAPÍTULO XXXVII.– Predican los misioneros á los gualachíes y se funda en el país de éstos el pueblo de la Concepción.
CAPÍTULO XXXVIII.– Procúrase la conversión de Guiraverá.
CAPÍTULO XXXIX. – Invasión de los mamelUCOS.
CAPÍTULO XL.– Fundación de los pueblos de San Miguel y San Antonio.
CAPÍTULO XLI.– Fúndase la reducción de Santo Tomás.
CAPÍTULO XLII.– Altérase el orden en Buenos Aires.
CAPÍTULO XLIII.– Vida del P. Nicolás Durán Mastrilli.
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TOMO TERCERO
LIBRO OCTAVO

CAPÍTULO II
EL P. ROQUE GONZÁLEZ ECHA LOS CIMIENTOS DE UN PUEBLO CERCA DEL IBICUÍ

** El río Ibicuí desemboca en el Uruguay á cien leguas de Buenos Aires, frente á la orilla del Yapeyú. Interesaba mucho la conversión de los indios que moraban en sus márgenes, para así más fácilmente procurar la de los que habitaban en el vasto país que limitan el Uruguay por un lado y por otro el Atlántico. A fin de conseguirla, el P. González, con grave peligro de su vida, subió por el Ibicuí en compañía de escaso número de remeros, y recorridas cuarenta leguas llegó á las tierras de Tabaca, poderoso cacique, de por quien fue muy bien recibido; halló el asunto menos espinoso de lo que creía en un principio, pues Tabaca, no solamente recibió el Evangelio, mas también congregó tal multitud de indios, que bastaban á llenar un pueblo. Con tan buenos auspicios, derribóse un árbol secular, y de con su tronco se hizo una cruz; como fuera muy pesada, ayudaron á erigirla con presteza mujeres y muchachos, pues los hombres solos no podían. Después se construyó una iglesia provisional, y fueron señalados los solaras de las casas y bautizados los niños. El P. González consagró el nuevo pueblo á Nuestra Señora de la Purificación con toda solemnidad; prometió enviar un sacerdote de la Compañía y se embarcó otra vez en el Uruguay, porque su empresa lo exigía.

CAPÍTULO III
LOS BÁRBAROS TURBAN LA PAZ EN LA PURIFICACIÓN.

** Tan luego como partió el P. González, se conjuraron los habitantes del interior; tomaron las armas, y creyendo que dicho religioso todavía estaba en la aldea de Tabaca, se dirigieron á ella para darle muerte y demoler las obras; en efecto, acudieron en grande número, derribaron la cruz, quemaron el templo y amenazaron á los conversos. Después de esto acordaron ir contra los del Yapeyú. Llegaron tan funestas noticias muy pronto á los PP. Romero y González y se esparcieron por todo el Uruguay. Consideró el P. González que no era tiempo de vacilar; volvió al pueblo de los Reyes, y llevando consigo al P. Romero navegó por el Ibicuí hacia arriba, aunque los yapeyués intentaron disuadirle en vista del peligro á que exponía su vida. A las veinte leguas tornaron los exploradores diciendo que si pasaba más adelante perecería indudablemente. Entonces se puso en oración; luego dispuso que regresara á los Reyes el P. Romero, y fué con algunos indios al pueblo destruído. Allí supo que la destrucción del lugar sucedió mientras Tabaca y otros caciques vecinos estaban ausentes, aunque no hubieran podido combatir á enemigo tan poderoso como acudió. No paró aquí la abnegación del P. Roque González; llamó á los caciques del interior, y ya con dádivas, ya con palabras severas, aunque opusieron bastante resistencia, consiguió que lo llevaran al Tape, región famosa más tarde por lo que en ella hicieron los misioneros. Recorrió á su gusto el Tape, y solicitó de los bárbaros que se recogieran en un pueblo. En esto supo cómo los indios del interior habían resuelto quitarle la vida y corrían á ponerlo por obra; los caciques pudieron resistir la primera acometida de los enemigos; pero aumentándose el número de éstos, acudió el P. González á los recursos de su ingenio; tomó un libro y una sierra que llevaba para fabricar cruces; cuando tal vieron los exploradores del ejército adversario, volaron á los suyos, diciendo que el misionero tenía en las manos un instrumento férreo y dentado, con el que podía descabezar fácilmente muchos hombres, y un libro en cuyas hojas sabía conocer las cosas más secretas. Oído esto por los bárbaros, se llenaron de terror y huyeron. Exploró la tierra el P. González, y no obstante que temía la algo de la inconstancia de los indios, con propósito de volver más adelante, regresó al Uruguay.

CAPÍTULO IV
FUNDACIÓN DE LA CANDELARIA, QUE ANTES SE LLAMABA REDUCCIÓN DE CAASAPAMINÍ.

** No pasaron muchos meses sin que el Padre González emprendiera una expedición de más favorable éxito. Gracias á las indicaciones de un cacique supo que más arriba del Piratini había un paraje llamado Caasapiminí, ventajoso por su posición para edificar en él un pueblo; además los habitantes de las cercanías estaban dispuestos á recibir el Evangelio si se les predicaba. Fué el P. González á dicho lugar y echó los cimientos de la nueva población el día de la Purificación. Dejó por Rector al P. Romero; en el primer año se redujeron tres mil indios; según consta de auténticos documentos, han sido bautizadas hasta hoy más de siete mil personas.

CAPÍTULO V
DE LO QUE SUCEDÍA ENTRE LOS DE IGUAZÚA.
** El hambre hacía estragos en Iguazúa, y los misioneros que vivían en Santa María la Mayor sufrieron no leves privaciones; gran parte de los indios se fué á los bosques, de donde, con gran trabajo, volvió cuatrocientos al pueblo el P. Claudio Ruyer. Otros permanecieron en los montes; allí un tigre mordió á una muchacha; sabedor de esto el P. Ruyer, preparó un lazo tan habilmente, que la fiera cayó en él á la noche siguiente, con aplauso de los índios fugitivos, que regresaron á la población y en lo sucesivo admiraron la astucia del misionero para la caza de animales feroces. Por entonces los catecúmenos de Iguazúa hicieron una excursión contra sus antiguos enemigos, de los que cautivaron bastantes; decapitaron á varios en venganza de las pasadas guerras, y sintiendo renacer el gusto por la carne humana, destinaron otros á banquetes antropofágicos, los que prohibió el P. Ruiz con ánimo resuelto; en cambio mandó dar libertad á los prisioneros y atar á los que habían inmolado algunos de éstos. Al lado de tales indios caníbales había otros de mejores sentimientos, de los que en un año recibieron el Bautismo mil ciento cinco en Iguazúa, y algunos centenares en varios pueblos del Paraná; muchos neófitos daban ejemplos de altas virtudes. En San Ignacio los niños azotaban sus carnes hasta derramar sangre. El día de la Pasión caminaba uno con el rostro descolorido y llorando; le preguntaron la causa de esto, y respondió que lo hacía en recuerdo de lo que padeció el Señor.
//
CAPÍTULO XXXIV
VIDA Y VIRTUDES DEL P. ROQUE GONZÁLEZ.

Nació, según consta de auténticos documentos, en la ciudad de la Asunción, de padres nobles; desde su niñez fué sumamente piadoso, y de carácter tan grave, que su presencia reprimía la ligereza de sus compañeros. En su juventud se dedicó al estudio de las letras, y conservó la inocencia. Cuando celebró la primera misa, el pueblo quiso que llevara en las manos una palma, signo de virginidad; pero él¡ modestamente, rehusó hacerlo. Elevado al sacerdocio, fué cura de dos poblaciones. Volvió después á su patria; por designación de los ciudadanos, ejerció el cargo de párroco, y por cierto que con notable fama. Tanto lo apreciaba el Obispo, que teniendo éste necesidad de ausentarse, le encomendó el gobierno de la diócesis. Huyendo de los honores, entró en la Compañía, porque sabía que á los hijos de ella les estaba prohibido el recibir cualquier dignidad; contaba entonces más de cuarenta años. Siendo novicio, lo enviaron al país de los guaicurúes, y trabajó con celo, si bien con escaso fruto; luego pasó al Paraná, donde fundó las reducciones de Itapúa y Yaguapúa. Merced á su constancia, convirtió á la fe católica millares de gentiles en el Uruguay; le deben su existencia los pueblos de Ibitiracúa, Piratini, Yaguaraiti, Yapeyú, Caasapamini, Livi y Caró. Habiendo extendido los dominios de Cristo, alcanzó la púrpura del martirio á los sesenta años de su edad. En todo era admirable; de genio agradable y severo á la par, de modo que su amabilidad se avenía con la autoridad y hacía que todos le buscasen. Esforzado en acometer por la gloria de Cristo empresas difíciles, y de hierro para los trabajos. Se abstenía, no ya de cosas de placer, sino del sueño y alimento necesarios. Armonizaba la actividad externa con la meditación, como pocos lo han conseguido. Mientras gobernó las misiones del Uruguay y del Paraguay, mandaba más con los ejemplos que con palabras. Era obedientísimo, aun á costa de su reputación. Dió prueba de la grandeza de su ánimo en no ser jamás arrogante ó presuntuoso, á pesar de que llevó á cabo notables hazañas por el servicio de Dios. Hablaba con elegancia el idioma guaraní. Si era preciso, la dulzura de sus discursos se convertía en energía. Con tales virtudes ganó el cielo y la bendición de la posteridad; se desveló por la gloria del Omnipotente; siempre anheló sufrir; fué humildísimo y cuantos le conocían lo consideraban como un santo. En la Compañía tenía hechos solemnemente los tres votos.

NICOLÁS DEL TECHO - HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS - VOL. II / BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (LIBRO DIGITAL 100%)


HISTORIA DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Volumen II

Autor:
NICOLÁS DEL TECHO
Editorial: A. de Uribe y Compañía
Año: 1897
Versión digital:
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

TOMO SEGUNDO
HIPERVÍNCULOS

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TODO EL TOMO SEGUNDO

CONTENIDO DEL TOMO SEGUNDO

(Tomo II) LIBRO TERCERO (195 Kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– La provincia del Perú es dividida en otras dos.
CAPÍTULO II.– El P. Claudio Aquaviva erige el Paraguay en provincia de la Compañía.
CAPÍTULO III.– Primeros años del P. Diego de Torres y lo que hizo en las Indias.
CAPÍTULO IV.– Lo que hizo en Juli el Padre Torres y cuando fué Rector en Cuzco.
CAPÍTULO V.– Lo que llevó á cabo el Padre Diego de Torres en varios lugares de la provincia del Perú.
CAPÍTULO VI.– Es nombrado Procurador el P. Diego de Torres.
CAPÍTULO VII.– Funda la provincia de Quito.
CAPÍTULO VIII.– Se dirige á fundar la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO IX.– El P. Diego de Torres lleva misioneros á la nueva provincia.
CAPÍTULO X.– Celebración de la primera Congregación provincial.
CAPÍTULO XI. – Llegan nuevos religiosos de Europa á la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XII.– Establécese la Compañía en el puerto de Buenos Aires.
CAPÍTULO XIII.– Lo que hicieron los Padres del Colegio de la Compañía en Chile.
CAPÍTULO XIV.– Misiones de los Padres jesuitas en Arauco.
CAPÍTULO XV.– Descripción del Arauco y costumbres de sus habitantes.
CAPÍTULO XVI.– Son evangelizados los araucanos.
CAPÍTULO XVII.– Navegan los jesuitas á la isla de Santa María.
CAPÍTULO XVIII.– La Compañía se establece temporalmente en la isla de Chiloé.
CAPÍTULO XIX.– Ejercen su ministerio los jesuitas en el pueblo de Castro.
CAPÍTULO XX.– Recorren los jesuitas la isla de Chiloé; fruto que sacaron de sus misiones.
CAPÍTULO XXI.– Vejaciones que experimentó la Compañía por oponerse al servicio personal de los indios.
CAPÍTULO XXII.– Establécese la Compañía en la ciudad de Mendoza.
CAPÍTULO XXIII.– Los indios de Cuyo son instruídos en la fe cristiana.
CAPÍTULO XXIV.– Persecusiones que sufrieron los jesuitas de Córdoba por oponerse al servicio personal de los indios.
CAPÍTULO XXV.– Retírase de Estero la Compañía con ocasión del servicio personal.
CAPÍTULO XXVI.– Funda un Colegio la Compañía en la ciudad de San Miguel.
CAPÍTULO XXVII.– Pacifica la Compañía el valle de Calchaquí, y lo recorre, merced á su constancia.
CAPÍTULO XXVIll.– El P. Diego de Torres ejerce su ministerio en la ciudad de la Concepción, en los límites de los frentones.
CAPÍTULO XXIX.– Estado del Paraguay.
CAPÍTULO XXX.– Descripción del Guairá.
CAPÍTULO XXXI.– Los PP. José Cataldino y Simón Mazeta recorren algunas poblaciones del Guairá.
CAPÍTULO XXXII.– La Compañía funda en el Guairá dos pueblos.
CAPÍTULO XXXIII.– Los Padres de la Compañía se encargan de evangelizar la región del Paraná.
CAPÍTULO XXXIV.– Fúndase una población entre el Paraná y el Paraguay.
CAPÍTULO XXXV.– La nueva reducción sufre los males de la guerra.
CAPÍTULO XXXVI.– La reducción es trasladada á otro sitio durante la guerra, y recibe el nombre de San Ignacio.
CAPÍTULO XXXVII. – Costumbres de los guaicurúes.
CAPÍTULO XXXVIII. – Los Padres de la Compañía exploran la región de los guaicurúes.
CAPÍTULO XXXIX.– La Compañía se establece en el país de los guaicurúes.

(Tomo II) LIBRO CUARTO (155 Kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Llegan nuevos misioneros de Europa; la Compañía se establece definitivamente en Buenos Aires.
CAPÍTULO II.– Establécese la Compañía en la ciudad de Santa Fe.
CAPÍTULO III.– Es canonizado San Ignacio de Loyola; su fama y milagros.
CAPÍTULO IV.– El P. Diego de Torres da bastantes disposiciones útiles para la provincia.
CAPÍTULO V.– Son evangelizadas las islas de Chiloé.
CAPÍTULO VI.– Los PP. Juan Darío y Diego de Boroa pacifican á los diaquitas y les predican.
CAPÍTULO VII.– El servicio personal de los indios es abolido por disposición del Rey Católico.
CAPÍTULO VIII.– Un hijo del jefe de los guaicurúes recibe el Bautismo.
CAPÍTULO IX.– De algunas cosas que sucedieron en la ciudad de la Asunción.
CAPÍTULO X.– Vuelve la Compañía á Santiago, capital del Tucumán.
CAPÍTULO XI – Primeros años de la vida del P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO XII.– Prosigue la vida del P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO XIII.– Los misioneros propagan el cristianismo en el Guairá.
CAPÍTULO XIV.– Florece la religión en el Guairá, no obstante algunos disturbios que hubo.
CAPÍTULO XV.– Los Padres jesuitas recorren la región del Paraná.
CAPÍTULO XVI.– Sumisión de los guaicurúes.
CAPÍTULO XVII.– Misión que llevó el Padre Luis Valdivia al Rey Católico.
CAPÍTULO XVIII. – El P. Luis Valdivia reconcilia los pueblos cercanos con el Rey Católico.
CAPÍTULO XIX. – El P. Luis Valdivia reconcilia los pueblos del interior con el gobernador.
CAPÍTULO XX.– Trátase de enviar misioneros al Arauco.
CAPÍTULO XXI.– Martirio de los PP. Martín Aranda, Horacio Bech y Diego Montalván .
CAPÍTULO XXII.– Vida del P. Martín Aranda.
CAPÍTULO XXIII.– Hechos memorables de los PP. Horacio Bech y Diego Montalván .
CAPÍTULO XXIV.– Fundación de cuatro Colegios á expensas del Monarca.
CAPÍTULO XXV.– La Compañía es vejada pública y privadamente.
CAPÍTULO XXVI.– El P. Diego de Torres visita el Paraguay.
CAPÍTULO XXVII.– Son evangelizados los guaicurúes.
CAPÍTULO XXVIII.– El P. Romero va al país de los guaicurutíes.
CAPÍTULO XXIX.– El P. Martín Javier Urtazun muere en el Guairá.
CAPÍTULO XXX. – Los misioneros prosiguen sus tareas en el Guairá, á pesar de varios obstáculos.
CAPÍTULO XXXI.– Principio de la expedición al país de los guarambarés; progresos y fin de ella.
CAPÍTULO XXXIl.– De lo que sucedió con los restos del P. Baltasar Sena.
CAPÍTULO XXXIll.– De los Colegios que había en la nueva provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XXXIV.– De los primeros religiosos que residieron en la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XXXV.– De los bienhechores que tuvo la provincia del Paraguay.

(Tomo II) LIBRO QUINTO (137 Kb.)

CAPÍTULO PRIMERO. Comienza el P. Pedro de Oñate á gobernar la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO II.– Trátase de si conviene que la Compañía establezca residencias entre los indios.
CAPÍTULO III.– Descripción de la provincia del Paraná.
CAPÍTULO IV.– El P. Roque González predica en la parte inferior del Paraná.
CAPÍTULO V. – Fundación del pueblo de Itapua por el P. Roque González.
CAPÍTULO VI.– El P. Roque González concede á los franciscanos el pueblo de Santa Ana, que antes había fundado.
CAPÍTULO VII.– Costumbres de los guaraníes.
CAPÍTULO VIII.– De varias cosas que sucedieron en el Guairá.
CAPÍTULO IX.– Lo que pasaba entre los guaicurúes.
CAPÍTULO X.– De los asuntos del reino de Chile.
CAPÍTULO XI.– Cuestiones que se suscitaron con motivo de la fundación de un convento de monjas en la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XII.– Bula y sentencia de Paulo V acerca del mencionado asunto.
CAPÍTULO XIII.–El Gobernador del Paraguay intenta tomar las armas contra los indios.
CAPÍTULO XIV.– Origen de la reducción de Yaguapúa.
CAPÍTULO XV.– Turbulencias que hubo en el pueblo de San Ignacio.
CAPÍTULO XVI.– El P. José Cataldino echa los fundamentos de una reducción en el Guairá.
CAPÍTULO XVII.– El P. Marcelo Lorenzana visita el Guairá.
CAPÍTULO XVIII.– De las cosas que pasaban entre los indios guaicurúes.
ACAPÍTULO XIX.– De la procuración del Padre Juan Viana.
CAPÍTULO XX.– De los Colegios y residencias que había en las ciudades de españoles.
CAPÍTULO XXI.– Muerte del P. Diego González Holguín.
CAPÍTULO XXII.– Establece la Compañía dos residencias en el valle de Calchaqui.
CAPÍTULO XXIII.– Costumbres de los calchaquies.
CAPÍTULO XXIV.– El P. Roque González explora por vez primera la región superior del Paraná.
CAPÍTULO XXV. – Recorre el P. González la parte inferior del Paraná.
CAPÍTULO XXVI.– Expedición que se hizo al país de los tucutíes en el Guairá.

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TOMO SEGUNDO

LIBRO TERCERO

CAPITULO PRIMERO
LA PROVINCIA DEL PERÚ ES DIVIDIDA EN OTRAS DOS.

Aunque merced á las fatigas de los ilustres misioneros ya mencionados brillaba la fe en el Tucumán, Chile y el Paraguay, era sin embargo evidente que, unos cuantos religiosos separados por largas distancias no podían atender como se debía á comarca tan inmensa. Por cuya razón se trató de fundar una provincia en la región de la América meridional, bañada por el caudaloso río Paraguay. Cómo se llevó á cabo esto lo referiré aparte sin mezclarlo con otras cosas, retrocediendo en la narración algunos años. Sabido es que el continente americano está dividido en dos penínsulas enlazadas por un estrecho istmo que separa los mares Océano y Pacífico. La septentrional forma el virreinato de México y está casi toda sometida al rey Católico. La meridional, que comprende extensas provincias, depende toda, excepto el Brasil, del virrey peruano. En esta tengo por cierto que el año 1568 se estableció la Compañía á expensas del rey Felipe II y fué enviado con el título de Provincial San Francisco de Borja, cuyo rostro vió en Medina resplandecer como el Sol el P. Jerónimo del Portillo mientras hablaba con él. San Francisco de Borja y los sucesores que tuvo, trabajaron con tal acierto en extender la nueva fundación, que á fines del siglo XVI la provincia era demasiado vasta para ser regida por una sola persona; pues además de los Colegios fundados en las principales poblaciones del Perú por los Provinciales Portillo, José Acosta y Baltasar Pina, había los establecidos en las comarcas de Quito, Panamá y Tucumán por el P. Juan Atienza, y en Chile por el P. Sebastián Parra, resultando que los Superiores no podían visitar todos los Colegios, ni éstos ser regidos por los Estatutos de la Compañía. Por cuya razón el P. Claudio Aquaviva envió á principios del siglo XVII al P. Esteban Páez á la provincia peruana con objeto de que hiciera una visita y viese el medio de evitar dichos inconvenientes. Éste recorrió casi toda la América meridional, y después de oir el parecer de varones prudentes, fué de opinión que se debían separar de la provincia aquellas regiones que á causa de su distancia no era posible atender á ellas. Cuando se trató de hacer la división más oportuna, convinieron los que trataron el asunto en formar dos provincias: una con el reino de Nueva Granada, Quito y Panamá, sometida al Superior del Perú; otra con el Tucumán, agregadas Chuquisaca, Potosí, Oruro y Santa Cruz. Mas como en esta partición había muchas cosas que debía aprobarlas el General de la Orden, resolvieron que hablase con éste en Roma el P. Diego de Torres, elegido Procurador durante el año 1602, ya que tenía precisión de marchar á la corte pontificia. Conferenció, en efecto, el P. Torres con el General Aquaviva, quien una vez examinado el negocio en unión con los Asistentes, firmó un documento en que daba sanción á la división propuesta. Comisionó al P. Diego de Torres para ejecutarla en lo referente á los Colegios de Nueva Granada y Quito, y al Padre Diego Alvarez de Paz en cuanto á los restantes; los dos iban investidos del título de Viceprovinciales.

CAPÍTULO II
EL PADRE GENERAL CLAUDIO AQUAVIVA ERIGE EL PARAGUAY EN PROVINCIA DE LA COMPAÑÍA.

Estaba el P. Diego de Torres para embarcarse en Cádiz, cuando recibió una carta de Roma revocando todo lo concedido en los documentos que llevaba. La causa de esto la exponía el Padre General en las siguientes palabras: «Se extrañará, sin duda, vuestra reverencia de lo extraordinario del caso, pues habiéndoos dado en Roma por escrito solemne la aprobación de lo propuesto por el Visitador sobre la división de la provincia peruana, ahora me vuelvo atrás. He obrado de esta manera, porque después de marcharos recibí muchas cartas suscritas por graves personas del Paraguay y el Tucumán, quejándose de que la Compañía abandonara, con perjuicio de las almas, extensas comarcas, y rogando que no prestara mi consentimiento á tal medida. De acuerdo con los Asistentes, he resuelto, bien pensado el asunto, que ningún detrimento experimentarían nuestros intereses si con el Paraguay y el Tucumán se formaba una provincia independiente de la peruana. De ella os he nombrado Provincial y designado quince Padres que os ayuden en las tareas propias del cargo; cuando lleguéis al Perú, tendréis más detalles de este particular por las cartas que he escrito al Superior de dicho país.» El P. Bartolomé Pérez, Asistente en nombre de los jesuitas de España, le escribía en el mismo sentido, rogándole que no mostrase muchos deseos de llegar á ejercer su nuevo cargo, no sea que murmuraran de él, porque habiendo ido á Roma como Procurador, contra lo propuesto por los Padres del Perú, volvía hecho Provincial; además, en el Paraguay acontecía con los que mandaban, lo que en Etiopía con los obispos; había mucho que trabajar, y la dignidad nada, sino sinsabores, proporcionaba. Añadía confidencialmente que no creía difícil conseguir del General que ordenase á los Colegios de Chuquisaca y Potosí auxiliaran á la nueva provincia con cuanto les fuera posible, y que las demás casas de otros países no dejarían de hacer lo mismo, considerando que el P. Aquaviva se interesaba en alto grado por el Paraguay. Decíase que el General había constituído este país en provincia, inspirado del cielo; pues como fuera al noviciado de San Andrés para que allí en la soledad le manifestara el Señor su voluntad, al día octavo habló á los Asistentes de manera tan persuasiva y con tal ardor, que los convenció al momento y éstos no dudaron de que Dios se expresaba por boca del P. Aquaviva. De esto da testimonio en varias cartas el Padre Asistente Bartolomé Pérez. El P. Diego de Torres, después que hubo recibido el nombramiento, expuso al General la conveniencia de unir el reino de Chile al Tucumán y el Paraguay, dejando para la provincia del Perú los Colegios de Chuquisaca y el Potosí. Proponía esto porque, interesándose con vehemencia en el bien de los indios, temía que los jesuitas dejaran con harto pesar las opulentas casas del Perú para ir á pequeñas poblaciones ó á miserables aldeas. Después de lo referido navegó con felicidad á las Indias. Llegado á Lima y abiertas las cartas que llevaba del Padre General, se dividieron las opiniones de los socios: unos decían que se debían obedecer las cartas que antes se habían recibido, y otros que las últimas. Muchos llegaron á sospechar de la buena fe del P. Torres, creyendo que no había gestionado en Roma tanto la utilidad de la provincia como la suya, y que era el autor de la nueva división hecha contra el parecer del Visitador y de los religiosos más graves. Procuró justificar su conducta, mas no lo consiguió. En aquella discordia, viendo todos que era preciso consultar al General en muchos puntos tocantes á la ejecución de lo acordado por éste, lo hicieron así, y mientras llegaba la respuesta, resolvieron que el P. Torres se encargase de fundar y gobernar la provincia de Quito, y el P. Alvarez de la Paz, la del Tucumán y países meridionales: ambos recibieron el cargo de Viceprovinciales. Pasados dos años llegó la contestación del P. Aquaviva, en la que expresaba con claridad su pensamiento, y era éste que se erigiese una provincia con las regiones australes de la América meridional, la cual había de ser regida sin falta alguna por el P. Diego de Torres, llevando los religiosos del Perú que fueran necesarios. Verdad es que dichas comarcas carecían de ciudades populosas donde establecer Colegios; mas se pensaba compensar este inconveniente con el fruto que era de esperar en la conversión de los indios infieles. En el año 1607 se fundó definitivamente la nueva provincia con el Paraguay, Chile y Tucumán, países de extensión considerable y no inferior su longitud de ochocientas cincuenta leguas. El fin que allí habían de perseguir los jesuitas era sacar los indios de las cuevas, selvas y pantanos donde moraban, iniciándoles en la fe católica y en la civilización. El P. Diego de Torres abandonó la ciudad de Quito, donde acababa de cumplir la misión que tenía, y provisto del nombramiento de Provincial, se dirigió apresuradamente por mar á Lima, residencia del virrey. Como tengo que hablar muchas veces del P. Diego de Torres, contaré brevemente su nacimiento, educación y los puestos que ocupó antes de fundar la provincia.

NICOLÁS DEL TECHO - HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS - VOL. I / BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (LIBRO DIGITAL 100%)


HISTORIA DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Volumen I
Editorial: A. de Uribe y Compañía
Año: 1897
Versión digital:

TOMO PRIMERO

HIPERVÍNCULOS

PROLOGO DE BLAS GARAY (336 Kb.)
PROLOGO DEL AUTOR (40 Kb.)
(Tomo I) LIBRO PRIMERO (209 Kb.)
(Tomo I) LIBRO SEGUNDO (151 Kb.)

CONTENIDO DEL TOMO PRIMERO

PROLOGO DE BLAS GARAY

I. El P. Nicolás del Techo
II. Establecimiento de los Jesuitas en el Paraguay.
III. Descripción del gobierno establecido por los jesuitas en sus reducciones.
IV. Expulsión de los jesuítas.

PROLOGO DEL AUTOR

Al Excmo. Presidente é ilustres Consejeros de Indias.
Prefacio dirigido á los Padres jesuitas de Europa.
Aprobación del Ordinario.
Licencia del Reverendo Padre Provincial.
Protesta del autor.

(Tomo I) LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO PRIMERO – Objeto de la obra; implórase el favor divino.
Capítulo II. – Los portugueses exploran el Paraguay por vez primera y su expedición tiene un éxito desgraciado.
Capítulo III – Los españoles toman posesión de los ríos de la Plata y del Paraguay en nombre del rey Católico.
Capítulo IV – Los indios se levantan contra los primeros colonos del Río de la Plata.
Capítulo V. – Primera pelea por cuestión de limites entre los españoles y los portugueses.
Capítulo VI. – D. Pedro de Mendoza coloniza el Río de la Plata y el Paraguay. Capítulo VII. – Fundación de la fortaleza de Buenos Aires; desastrosa pelea con los indios.
Capítulo VIII. – Los nuevos pobladores sufren hambre; muere el gobernador D. Pedro de Mendoza.
Capítulo IX. – De las cosas que acontecieron durante la administración de Juan de Ayolas y de la muerte de éste.
Capítulo X. – Domingo Martínez de Irala es elegido gobernador; trátase de abandonar la ciudad de Buenos Aires y de fundar la metrópoli del Paraguay.
Capítulo XI. – Fundación de la ciudad de la Asunción capital del Paraguay.
Capítulo XII. – Los indios del Paraguay se sublevan contra los colonos de la Asunción.
Capítulo XIII. – El gobernador Alvar Núñez conduce una expedición de emigrantes al Paraguay.
Capítulo XIV. – El gobernador explora el país; después es conducido preso á España.
Capítulo XV. – Fundadores de las ciudades del Paraguay.
Capítulo XVI. – Descripción del Paraguay.
Capítulo XVII. – De las ciudades del reino de Chile y de sus fundadores.
Capítulo XVIII. – Descripción del reino de Chile.
Capítulo XIX. – De las particularidades del Tucumán.
Capítulo XX. – De los que descubrieron el país del Tucumán y fundaron sus ciudades.
Capítulo XXI. – Estado antiguo de las regiones mencionadas.
Capítulo XXII. – Alábase el celo de los Reyes Católicos por la propagación de la fe cristiana.
Capítulo XXIII. – Establécese la Compañía en el Tucumán.
Capítulo XXIV– Llega la Compañía al Tucumán; sus primeros trabajos.
Capítulo XXV– Los PP. Francisco de Angulo y Alonso de Bárcena desempeñan su ministerio en la capital dei Tucumán.
Capítulo XXVI. – El P Alonso de Bárcena convierte á los indios de Esteco.
Capítulo XXVII.– Los PP. Francisco Angulo y Alonso de Bárcena evangelizan en el país de Córdoba.
Capítulo XXVIII. – Llegan los jesuitas procedentes del Brasil después de haber sido vejados por los corsarios en su viaje.
Capítulo XXIX. – Los PP. Alonso de Bárcena y Manuel Ortega trabajan con fruto en el país de Córdoba.
Capítulo XXX. – Portentoso viaje que realizaron los PP. Alonso de Bárcena y Manuel Ortega.
Capítulo XXXI. – Los indios del río Salado se ponen bajo la dirección de la Compañía.
Capítulo XXXII. – Primeras misiones de los jesuitas en el Paraguay.
Capítulo XXXIII. – Los PP. Manuel Ortega y Tomás Filds evangelizan el Guairá.
Capítulo XXXIV.– En el año 1589 invade la peste el Paraguay y los Padres jesuitas hacen muchas cosas dignas de memoria.
Capítulo XXXV. – El P. Manuel Ortega bautiza muchos millares de personas.
Capítulo XXXVI. – Los Padres jesuitas se establecen en Villarica.
Capítulo XXXVII. – Provechosas tareas del P. Juan Saloni.
Capítulo XXXVIII. – El P Alonso de Bárcena pacifica el valle de Calchaquí.
Capítulo XXXlX. – El P. Alonso de Bárcena convierte á los lules y á otros pueblos.
Capítulo XL. – Llegan al Tucumán los Padres Pedro Añasco y Juan de Fonté.
Capítulo XLI. – Primeras misiones de los Padres de la Compañía en el país de los frentones.
Capítulo XLII. – Misiones de la Compañía en la región de los mataraes.
Capítulo XLIII. – Los PP. Bárcena y Añasco aprenden muchos idiomas de los indios.
Capítulo XLIV. – Obstáculos que se opusieron á la entrada de los jesuitas en el país de los frentones.
Capítulo XLV. – Establécese la Compañía en el reino de Chile.
Capítulo XLVI. – Laudables trabajos de los misioneros en Chile dentro y fuera de las poblaciones.

(Tomo I) LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO PRlMERO – Llegan al Paraguay y al Tucumán nuevos misioneros.
Capítulo II. – Los PP. Lorenzana y Saloni recorren el Paraguay.
Capítulo III. – Los Padres de la compañía fomentan la piedad y la religión en la ciudad de la Asunción.
Capítulo IV. – Los Padres de la Compañía recorren el Guairá.
Capítulo V. – Próspero estado de la Iglesia en las ciudades de la Asunción y Santa Fe.
Capítulo VI. – El P. Gaspar Monroy procura convertir á los omaguas.
Capítulo VII. – Piltipico y los omaguas hacen la paz con los españoles.
Capítulo VIII. – Varios sucesos acontecidos en el país de los omaguas.
Capítulo IX. – Los misioneros evangelizan en varios lugares del Tucumán.
Capítulo X. – Con motivo de las guerras de Chile se suspende en este reino la fundación de Colegios.
Capítulo XI. – Muere el P. Alonso de Bárcena: sus alabanzas.
Capítulo XII. – Muerte del P Juan Saloni.
Capítulo XIII. – De los muchos trabajos que sufrieron los PP. Ortega y Filds en el Guairá.
Capítulo XIV. – Los nuevos misioneros ejercen su ministerio en el Tucumán.
Capítulo XV. – Establécese en Córdoba la Compañía de Jesús.
Capítulo XVI. – Propágase la fe católica entre los diaguitas.
Capítulo XVII. – Una grande población de los diaguitas se convierte al cristianismo.
Capítulo XVIII. – Otros cuatro pueblos de diaguitas reciben nuestra fe.
Capítulo XIX. – La vida de los misioneros peligra entre los diaguitas.
Capítulo XX. – Los lules y otros indios son evangelizados.
Capítulo XXI. – El P. Esteban Páez visita las misiones del Paraguay y del Tucumán.
Capítulo XXII. – Los habitantes de la Asunción llevan á mal el que se retiren los padres de la Compañía.
Capítulo XXIII. – Vejaciones que sufrió el P. Manuel Ortega.
Capítulo XXIV. – Trabajos de los jesuitas en el Tucumán.
Capítulo XXV. – El P. Luis Valdivia intenta reconciliar á los chilenos rebeldes con Cristo y con el Rey.
Capítulo XXVI. – Procura el P. Valdivia sosegar los indios rebeldes.
Capítulo XXVII. – Memorable fuga de una mujer cautiva y su hijo.
Capítulo XXVIII. – El P. Luis Valdivia se embarca para España.
Capítulo XXIX. – La Compañía de Jesús se establece nuevamente en la capital del Paraguay.
Capítulo XXX. – Ofensa que recibió el Padre Lorenzana y castigo de culpable.
Capítulo XXXI. – Muere el P. Pedro de Añasco: sus alabanzas.
Capítulo XXXll. – Trabajos de los restantes jesuitas en el Tucumán.
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HISTORIA DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

PRÓLOGO - por Blas Garay

I
EL P. NICOLÁS DEL TECHO

** La obra que hoy sale a luz por tercera vez (en castellano por la primera) no es, a despecho de su título, una historia en el sentido propio de la palabra. Exento el autor de espíritu crítico; fácilmente accesible a inverosímiles y absurdas narraciones que abundan en su libro; con fe ciega en los procedimientos de la Sociedad a que pertenecía, y ganoso de perpetuar el recuerdo de lo que reputaba por sus más altos timbres de gloria, contrajose a componer menuda crónica de los sucesos de la Compañía en el Paraguay, recogiendo sus noticias de los mismos interesados en exagerar su mérito, sin someterlas a la depuración que razones de origen y de disconformidad con lo real hacían necesaria.
** Verdad que el P. Techo escribió desde punto de vista determinado y que sobre él necesariamente hubo de influir su calidad de copartícipe en la gloria que la Compañía recogiese. Eran también tiempos aquéllos en que ciertas creencias circulaban como moneda de ley, y nadie se atrevía a discutirlas por los graves, gravísimos riesgos a tamaña temeridad consiguientes. Pero estas consideraciones no bastan a disculparle, que el sentido común nunca fue privilegio de determinada época, y el P. Techo riñe con él con deplorable frecuencia. Su credulidad excesiva para aceptar los hechos más extraordinarios, credulidad que, siquiera en menor escala, se observa en otros posteriores cronistas de la Orden, es bastante a menoscabar la autoridad casi irrecusable, que de otra suerte fuera lícito concederle; y mucho más, cuando ella tiene vehementes caracteres de ser deliberada y voluntaria, pues lo que en un hombre rudo y falto de estudios se concibe, no se explica en quien por los suyos hallabase preparado para la exacta apreciación de las cosas y para no comulgar en los mismos errores que el vulgo.
** No se crea por esto que la obra del P. Techo no suministre interesantes noticias y no merezca el crédito de que la abundante copia de documentos que tuvo a la vista para componerla la hacen acreedora. Lunar es el que señalé, entonces frecuentísimo, y que ha ido atenuándose, mas no desapareciendo del todo, en los escritores sucesivos. Pero cuenta el P. Techo en su abono, para que se le otorgue fe en cuanto claramente no aparezca falso por imposible, la circunstancia de su proximidad a unos sucesos y su participación personal en otros, y el haberse robustecido su testimonio con el de los cronistas que, después escribieron y que en la Historia de la provincia del Paraguay bebieron su inspiración.
** Poco más sabemos del P. Techo sobre lo que él quiere decirnos de sus trabajos en el Paraguay, en donde vivió casi todo el tiempo que estuvo en América. Sus mismas obras contadas veces aparecen citadas por los que de la misma materia escribían, sin que pueda creerse que fuera a causa del idioma en que estaban escritas, más divulgado entonces que hoy.
** Nació el P. Nicolás du Toiet en Lille el año de 1611, y en 1630 profesaba ya en la Compañía de Jesús. Dedicado algún tiempo a la enseñanza de Humanidades, se embarcó en 1649 para el Paraguay, en donde llegó a ser más tarde Provincial, y murió en 1680. Era más conocido por la forma castellanizada de su nombre, que adoptó definitivamente y llevan sus obras (1). Su Historia fue impresa en Lieja en 1673. Su cubierta y colofón dicen así:
** «Historia / provinciae / ( Paraquariae / Societatis Jesv / authore / P. Nicholao del Techo / ejusdem Societatis sacerdote / Gallo-Belga Insulensi / (Escudo del impresor, que representa un árbol, en el cual hay una mujer cuyo cuerpo termina en serpiente; al pie una calavera, y en una piedra escrita esta palabra: cavete) / Leodii, Ex ófficina Typog. Mathiae Hovii sub signo Paradisi Terrestris. M.DC.LXXIII.»
** «Leodii, ex officina typographica Joannis Mathiae ad insigne Paradisi Terrestris. M.DC. L,XXIII.»
** Es un volumen en 4º doble; consta de trescientas noventa páginas numeradas y veinte hojas sin foliación al principio y diez al fin. En la Biblioteca Nacional de Madrid existe un manuscrito de este mismo libro, primorosamente hecho por indios guaraníes, imitando los caracteres de imprenta; y es muy de presumir que fuera el que sirvió para la primera edición, ya que nadie se entretendría, poco después de publicada la obra, en copiarla. Tiene cuatrocientas noventa y seis hojas en folio, y su signatura es Q –315.
** La segunda impresión de la Historia del Paraguay se hizo, traducida al inglés, en el tomo VI de la Collection of Voyages and Travels, de Churchill (London, 1704).
** Dos obras más conozco del P. Techo. La primera, titulada Quinque Décades Virorum illustrium Paraquariae Societatis lesu, ex Historia Provinciae et aliunde depromptae, es, como indica su título, casi una copia de la Historia, razón que acaso haya influido para que no fuera publicada hasta ahora. Se conserva el manuscrito también en la Biblioteca Nacional de Madrid (Q-316); lleva en el primer folio la firma autógrafa del autor, y está hecho igualmente por los guaraníes, imitando los caracteres tipográficos. Es una maravilla de paciencia y de habilidad. Consta de doscientas setenta y cuatro hojas en folio.
** La segunda, que forma parte de la obra Relatio triplex de rebvs Indicis. Antverpiae, apud Jacobvm Mevrsivm, an. 1654 (páginas 32 - 47), se titula así: Relatio de Caaiguarum gente, caepta ad fidem adduci, ex litteris R. P. Nicolai del Techo, alias du Toiet, Insulensis Maioris ad Vruaicam fluviurn provinciae Paraquariae, anno 1651.
** Con ser tan extensa y minuciosa la Historia del P. Techo, falta en ella lo que hay de más interesante en la obra de los jesuitas en el Paraguay: los detalles de la organización que dieron a sus célebres reducciones, detalles hoy más que nunca necesarios, por el preferente lugar que entre las materias que son objeto de las investigaciones de los sabios ocupan el socialismo y el colectivismo y sus casos. Siquiera en Lozano vemos sus comienzos en las órdenes é instrucciones del P. Torres; mas en Techo todo falta, sin embargo de que ya entonces estaba la constitución jesuítico-paraguaya, si no enteramente desenvuelta, avanzadísima, como se ve por la relación que de ella hace el Padre Xarque en su notable libro. Y como sin esos detalles no puede llamarse esta Historia completa ni conocerse cabalmente lo que fueron las misiones, pareció indispensable que alguien los expusiera. Tal es la razón de este prólogo, que hubiera deseado, a no merecerme la verdad tantos respetos, que pudiese inspirar a los lectores juicios diametralmente opuestos a los que después de leerle formularán, si son imparciales. Mas por mucho que escritores notabilísimos, pero mal informados, ensalzasen el gobierno de la Compañía de Jesús en el Paraguay, poco valen sus hueras afirmaciones ante la autoridad irrecusable de quienes las desautorizan; y yo, que honradamente busqué entre tan encontrados pareceres la verdad, holgué de haberla hallado, mas lamenté que fuera tal como es.

II
ESTABLECIMIENTO DE LOS JESUITAS EN EL PARAGUAY


** Iba ya transcurrido medio siglo desde que, remontando Ayolas el río Paraguay, comenzó la conquista de este país al Rey de España y a la religión católica. Enconadas y sangrientas luchas habíanse sin interrupción sucedido desde entonces, ora contra los naturales, guaraníes y no guaraníes, mal avenidos con la extranjera dominación, ora entre los partidos en que muy pronto los españoles se dividieron. Por efecto de estas discordias intestinas, que no podían por menos de relajar la subordinación de los indígenas y alentarlos a que movieran sus armas contra el intruso; por causa del valor con que defendían su nativa libertad, y por el olvido y abandono completísimos en que dejó la corte a la nueva colonia, así que comprendió que no debía esperar de ella las montañas de oro que el pomposo nombre de Río de la Plata prometiese, y acaso también porque ya no quedaran capitanes del temple de los Irala y de los Garay, aquella conquista, bajo tan felices auspicios comenzada, poco menos se hallaba que en ruina irreparable. El gran talento administrativo de Irala habíale sugerido recursos con que proseguirla y medios para recompensar a sus esforzados compañeros en la institución de las encomiendas aprobadas después por el Rey; pero los censos que sobre los españoles pesaban eran muchos; la fatiga militar continua é inevitable; mezquino el provecho de las encomiendas, y grandes y estrechas las obligaciones a su usufructo anexas, por donde pronto llegó a faltar aun este aliciente para las empresas guerreras, pues si había quienes apeteciesen el servicio de los indios, era en muchos mayor el horror a los trabajos que costaba ganarle y conservarle, y no pocos le renunciaban en favor de la corona (2).
** Dos clases existían de encomiendas: de yanaconas ú originarios, y de mitayos. Componíanse las primeras de los pueblos sojuzgados por el esfuerzo individual, y los que las perteneciesen estaban obligados a cultivar las tierras de sus encomenderos, a cazar y a pescar para ellos. Parecíase su condición a la de los siervos, y el deber de trabajar para sus dueños no reconocía limitaciones de edad ni de sexo, ni ninguna otra que la voluntad de los amos, bien que la servidumbre fuese endulzada generalmente por la bondad de éstos, que tenían la obligación de protegerlos y de instruirlos en la religión cristiana, poniéndoles doctrinero a sus expensas, y carecían de facultad para venderlos, maltratarlos ni abandonarlos por mala conducta, enfermedad ó vejez.
Más apacible la situación de los mitayos, formados de tribus voluntariamente sometidas ó de las que lo eran por las armas reales. Cuando alguna entraba así en el dominio español, se la obligaba a designar el sitio en donde prefería establecerse, y sus miembros eran distribuidos en secciones sujetas a jefes de su propia elección y provistas de doctrineros, a quienes mantenían y por quienes se les inculcaban los rudimentos de la fe católica. Cada una de estas secciones constituía una encomienda mitaya, cuyo propietario tenía el derecho de hacer trabajar en su beneficio durante dos meses del año a los varones de diez y ocho a cincuenta, libres después de emplear a su placer todo el resto del tiempo. Unas y otras encomiendas eran anualmente visitadas por el jefe superior de la provincia para escuchar las quejas de los indios y poner remedio a los abusos que contra ellos se cometiesen (3).
** Pero si no era floreciente el estado de la conquista material del territorio, eralo mucho menos el de la espiritual por la gran penuria de religiosos. Siete ú ocho ciudades españolas había ya fundadas y cosa de cuarenta pueblos de indios, sin que hubiese para la cura de almas de grey tan dilatada más que veinte clérigos, incluso el Obispo, y de ellos solos dos que entendieran el idioma, los cuales, no obstante su diligencia y buen deseo, conseguían mezquina cosecha de neófitos (4). No es de extrañar, pues, que cuando en 1588 (5) llegaron por primera vez los jesuitas al Paraguay, fuese su advenimiento celebrado como dichosísimo suceso, y que la ciudad les costease la Iglesia y el Colegio.
** Muy copiosos debieron de ser, a creer en los historiógrafos y cronistas de la Orden, los frutos recogidos por los primeros Padres que entraron en la provincia: millares de indígenas diariamente cedían a la persuasiva y cristiana palabra de los nuevos apóstoles, obrándose por virtud de sobrenatural milagro aquella transmisión y percepción de los más sublimes é intrincados dogmas de nuestro credo, sin que bastara a impedirla ni aun a dificultarla, no ya lo abstruso de éstos, ni siquiera la recíproca ignorancia de la lengua que unos y otros hablaban: tal prodigio fue, en aquellas épocas privilegiadas, frecuente, y abundan en relatos de él los historiadores de la familia de los Techo, Lozano, Guevara, Charlevoix y los misioneros autores de las que se publicaron entre las Cartas edificantes.
** Pero para rebajar lo debido en estas entusiastas alabanzas y exageraciones de la obra propia, tenemos el sereno testimonio de la Historia. Y el hecho históricamente comprobado es que, a despecho de los triunfos que por los Padres y sus adeptos se han cantado, cuando en 1604 (6) el Padre Aquaviva, General de la Orden, creó la provincia del Paraguay, no existía dentro de la gobernación del mismo nombre pueblo ninguno que fuese resultado de los esfuerzos de los jesuitas; que los primeros que a su cargo tuvieron los fundaron los españoles antes de la entrada de la Compañía (7); que hasta 1614 no pudieron implantar ninguno más, y que, descontados los tres del Norte del Paraguay, hechos con el objeto de que sirviesen de tránsito para las misiones de Chiquitos, y, como todos, en gran parte con el auxilio secular (8) , y los seis de San Borja (1690), San Lorenzo (1691), Santa Rosa (1698), San Juan (1698), Trinidad (1706) y San Angel (1707), que, como colonias respectivamente de Santo Tomé, Santa María la Mayor, Santa María de Fe, San Miguel, San Carlos y Concepción, no dieron más trabajo que el de transmigrar a otro sitio a los indios ya reducidos (9); quedan diez y nueve, los cuales, con una sola excepción, la de Jesús (1685), fueron todos establecidos en un período de veinte años, coincidiendo con circunstancias históricas que verosímilmente debieron ejercer en el ánimo de los recién convertidos, influencia más decisiva para que se redujesen a pueblos y acatasen el vasallaje español, que no la predicación de misioneros que en lengua extraña les hablaban ó que, si empleaban la propia de los naturales, era fuerza que se explicasen en ella con imperfección grandísima, no pocas veces fatal para el fin perseguido, sin que el uso de intérprete pudiera salvar el obstáculo, pues contra él existían iguales, si no mayores motivos, para que fuera ineficaz (10).
** Más razonable y más conforme con la realidad es creer, si no se ha de admitir que por don providencial adquirieran los Padres tan perfecto conocimiento del idioma guaraní como no le tienen hoy los que le hablan desde la infancia, aun dedicándose a estudiarle en gramáticas y vocabularios; más razonable es, si tampoco ha de aceptarse que por virtud de la misma divina gracia concibieran súbitamente los indios ideas para sus inteligencias novísimas y para su civilización casi incomprensibles, buscar en la historia el por qué los jesuitas pudieron fundar en los comienzos de su empresa, cuando su número y sus recursos eran escasísimos, quince pueblos, y no pudieron añadir a la lista uno más (excepto el de Jesús) en ciento doce años (11), en los cuales llegaron al apogeo de su poder y adquirieron prosperidad sin ejemplar en ninguna de las misiones de ésta ni de parte alguna del mundo. Y es que en aquellos veinte años se señalan precisamente las más crueles y tenaces persecuciones de los portugueses de San Pablo (mamelucos ó paulistas), que no dieron punto de tranquilidad a los guaraníes y constantemente los acosaban para cautivarlos y llevarlos a vender por esclavos en el Brasil. Calcúlase en trescientos mil los que fueron arrebatados de este modo del Paraguay por los brasileños, protegidos en alguna ocasión por el mismo gobernador de la provincia (12).
** Buscando en la concentración en grandes núcleos y en las armas españolas refugio y seguro contra quienes tan impíamente los atacaban (13), y ganados por los halagos de los Padres, que más que de prometerles la salud espiritual, curabanse de seducirlos con el ofrecimiento de comodidades y regalos materiales, fundaronse en tan breve plazo diez y ocho reducciones. Pero al mismo tiempo de venir a menos las energías de los paulistas, y coincidiendo con el nacimiento del imperio jesuítico, tuvieron término las fundaciones, y ciertamente no porque la Compañía fuera enemiga de extender sus conquistas; aunque tampoco cabe negar que su fervor apostólico se había por completo extinguido (14).
** De 1746 a 1760 registranse tres nuevos establecimientos en la parte septentrional del Paraguay, camino para las misiones de Chiquitos: los pueblos de San Joaquín, San Estanislao y Belén. Convencidos los Padres de que sus predicaciones no eran bastantes a mover el ánimo de los indígenas a abrazar la fe cristiana, discurrieron llegar al mismo resultado por el engaño; recurso sin duda indigno de la alteza del fin buscado, pero de eficacia práctica por la experiencia abonada. Empezaron entonces por mandar a los ka'agua y mbaja [1], a quienes deseaban catequizar, frecuentes regalos de animales y comestibles, siendo de ellos portadores indios ya instruidos y merecedores de toda confianza por su lealtad acreditada, los cuales encomiaban la bondad del régimen a que vivían sujetos y la solicitud y generosidad con que acudían a sus necesidades los Padres, en tal modo que no les era preciso trabajar para vivir. Cuando con estas embajadas tenían ya suficientemente preparado el terreno, el jesuita se presentaba al nuevo rebaño con buena escolta y abundante impedimenta de ganados y víveres de toda especie. Consumidas éstas, llegaban nuevas provisiones, y los que las traían ibanse quedando con diversos pretextos entre los salvajes, quienes ganados por la abundancia de la comida, por la dulzura con que los Padres los trataban y por el encanto de las músicas y fiestas, perdían toda desconfianza y miraban tranquilos la irrupción no interrumpida de guaraníes misionistas, cuyo número aumentaba diariamente. Así que era muy superior al de los indios silvestres, aquéllos circundaban a éstos, los aterrorizaban con las armas, y entonces les hacían comprender los Padres la necesidad de que en lo sucesivo trabajaran al igual de los demás para sustentarse. Pero como algunos mbaja [2] no se aviniesen a soportar aquella extorsión é incitaran a sus compañeros a rebelarse, los Padres desembarazaronse de ellos por un medio digno de que los bárbaros lo emplearan, mas no de misioneros cristianos. Hicieronles creer que los indios de Chiquitos, cediendo a los consejos de los jesuitas, ofrecían devolverles algunos prisioneros que en cierta sorpresa les habían cogido, para lo cual llevaron a los que los estorbaban a Chiquitos. Llegados al pueblo de Santo Corazón, fue su arribo muy celebrado; pero así que consiguieron separarlos y estaban tranquilos entregados al sueño, al toque de campana a media noche fueron todos atados y puestos en calabozos, de donde sólo salieron cuando los administradores que reemplazaron a los jesuitas les devolvieron la libertad (15).
** Claro está que los indígenas, por naturaleza agradecidos, acababan siempre por preferir aquella vida sosegada, en que sus necesidades eran puntualmente satisfechas, y el trabajo, con ser grande, alternado con las fiestas y endulzado con los encantos de la música, a la que tenían pronunciada afición, a su estado anterior, y no pocas veces el encono de la violencia hecha a sus voluntades para atraerlos a él, cedía su sitio al afecto que los jesuitas, no obstante la crueldad salvaje con que castigaban las faltas de sus súbditos, sabían inspirarles; afecto de que la historia de estas misiones ofrece edificantes ejemplos. Además, los Padres no cesaban de exagerar los sufrimientos de los que por no avenirse a entrar bajo su dominio eran encomendados, y los indígenas llegaban de esta manera a creerse muy favorecidos por el cambio, sin advertir que con otro nombre pesaba sobre ellos una encomienda yanacona severísima, cuando aquéllos cuya suerte les parecía tan triste sólo eran mitayos y conocían las dulzuras de la libertad y eran dueños de la mayor parte del fruto de sus esfuerzos.
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** Dos períodos notablemente distintos deben señalarse en la historia de la Compañía de Jesús en el Paraguay: el primitivo, en que echaron los Padres los cimientos de su futura república, corriendo grandes riesgos, bien que la fuerza de las armas fuera siempre detrás para protegerlos; soportando toda clase de penalidades sin más recompensa que la satisfacción de aumentar el rebaño cristiano; mirando sólo al bien espiritual y no buscando mejorías de que copiosamente no participaran los catecúmenos; dedicados al servicio de Dios y de la religión, sin propósito ninguno de medro personal; rodeados del cariño popular, porque respetaban los ajenos derechos y el poderío aún no los había ensoberbecido. Pero a la vuelta de algunos años, y a la par que crecieron sus progresos, cambiaron los jesuitas de conducta: los que fueron en un principio humildes y abnegados misioneros, tornaronse ambiciosos dominadores de pueblos, que poco a poco sacudieron todas las naturales dependencias en que debían estar sujetos; afanaronse por acaparar riquezas materiales en menoscabo de su misión cristiana y civilizadora; persiguieron a los que intentaron poner coto a sus abusos ó quisieron combatir su influencia; se hicieron dueños de las voluntades de los gobernadores y de los obispos, ya porque éstos les debían su nombramiento, ya porque el cohecho y la promesa de pingües ganancias se los hacían devotos, y convirtieron su república en una inmensa sociedad colectiva de producción, arruinando, amparados en los grandes privilegios que supieron obtener, a la provincia del Paraguay, a cuyos beneméritos pobladores debían reconocimiento por muchos conceptos. El último período será el que yo esboce ahora brevemente, y principalmente considerado desde el punto de vista de la organización económica, que en él tuvo pleno desarrollo.
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PRÓLOGO DEL AUTOR
AL EXCELENTÍSIMO PRESIDENTE E ILUSTRES CONSEJEROS DE INDIAS: SALUD.
** Claros son los motivos que me impulsaron á dedicar este libro al rey Católico; cuando lo escribía, pensaba al mismo tiempo que no podía relatar hecho alguno que no fuera comenzado, ó cuando menos llevado á cabo sin la protección del monarca, derivándose de éste cual de una fuente; justo es que todo se refunda en aquello de donde salió. Mi pequeñez me hizo titubear antes de consignar al frente de la obra nombre tan excelso. Propio es de las águilas, en las regiones superiores de la atmósfera, fijar su vista en el Sol; pero las aves más pequeñas deben contentarse con volar menos alto y bañarse en la luz del día. Con todo ello, no encuentro remedio á mi insignificancia. Los rayos de la luz, contemplados lejos de su foco, pueden ser tolerados sin temor á ceguera; pero si los vemos cerca del Sol, del mismo modo que éste, ofuscan nuestros ojos. El rey Católico es el Sol, iluminando todo el mundo con su clemente gobierno; sus Ministros son los rayos de luz, más semejantes á él cuanto más próximos del mismo están. Vosotros casi vivís mezclados con el Sol, y vuestra dignidad es iluminada por la regia diadema, de tal manera, que apenas se distinguen los rayos del Sol. En vosotros reside el espíritu de la regia majestad; Real es el nombre de vuestro cargo, Real el sello, Reales los decretos, Real todo. Mas no está en mi mano el retroceder; se escapó de mi poder la obra que os consagré, y me veo obligado, con débil vista, á resistir vuestro resplandor. Una cosa me alegra en vuelo tan audaz, y es que, después de haber visto vuestros resplandores, me acostumbraré algo á ellos, y con esto, aunque me tiemblen los párpados, miraré el resplandor regio acercándome á él, y no por necesidad, cuando antes me lo retardaba el conocimiento de mi pequeñez. Hablaré más claramente; el monarca es la fuente de donde emana toda potestad, y vosotros, como acueducto, la repartís con igual autoridad y con laudable prudencia, teniendo en cuenta lo que es debido á las distintas exigencias de lugares y personas; hasta ahora, la dispensáis en el Paraguay de tal manera, que merecéis infinito agradecimiento, el cual os patentizaría con la pluma, si no considerase que si mucho hacen los arcaduces, más todavía la fuente; sin embargo, con alabar los arroyos, nada pierde el manantial. Por tales razones, aunque os dedique mi libro, entiéndase que lo hice, para por medio de vuestros méritos dar las gracias y alabanzas debidas á la Majestad Católica que proporcionó ancho campo, á vosotros de hacer bien, á mí para escribir, y á la Compañía de gobernar apostólicamente los países meridionales de América. Y en verdad, tiempo hace que la Provincia de nuestra Compañía en el Paraguay, deseaba ocasión de mostrar su gratitud; ahora se alegra de tenerla, y cree que será gratísima al rey y á vosotros, que habéis tenido siempre interés grande por la propagación del Evangelio entre los infieles, y que las puras costumbres se conserven entre los españoles; en esta historia pondré de manifiesto cuanto han realizado los misioneros para secundar vuestros deseos. Una vez que os hayáis dignado mirarla, espero que por vuestra mediación sabrá el rey cómo la Compañía, después de buscar la mayor gloria del Señor, nada ha procurado tanto como el servicio de Su Majestad, con buena fama y con mala, sufriendo indecibles trabajos por mar y tierra, muertes dolorosas y otros males. Al pediros esto, nada creo que perderá vuestra dignidad, pues cuando el rey lo sepa por vuestro conducto, conocerá lo que merecen vuestras virtudes y prudencia, dado que por complacerle favorecísteis los misioneros, los defendísteis con vuestro poder, los alimentásteis y protegísteis contra los maldicientes y calumniadores, y así pudieron realizar muchas cosas admirables; la mayor parte de la gloria os corresponde; soy de opinión que después del rey os es debido todo, porque sin vuestro auxilio, consejos y socorros poco ó nada habría podido la Compañía. A fin de que esto sea más evidente, examinaremos el asunto en su origen, donde lo seguiré cual por sus canales.
** Luego que la Providencia quiso entregar casi toda América al poder y religión de los españoles, el primer cuidado de los reyes Católicos fué elegir ministros á quienes confiasen la administración del Nuevo Mundo, cuyo peso requería los hombros de Atlante. Hasta ahora han sido tan dichosos en la elección, que parece milagro el que tan vasto imperio se haya, no solamente conservado, sino ilustrado, con envidia general de Europa, y robustecido. Es verdad que los principios fueron turbulentos, cosa que aconteció igualmente en otros países; pero no tanto que la prudencia de los togados, favorecida por Carlos V, fuese incapaz de establecer el orden. Acabadas las guerras civiles se fortaleció el Nuevo Mundo de tal manera, que cuando al siglo siguiente muchos hombres codiciosos de oro y plata se lanzaron sobre él, nada consiguieron los enemigos del pueblo español, ni éste perdió un palmo de sus inmensos dominios. Y aunque gran parte de esto se deba atribuir al celo de los reyes Católicos y á la fortaleza del pueblo español, nadie negará que la mayor alabanza corresponde al Consejo de Indias, el cual hizo construir castillos, cerrar los pasos, nombrar generales valerosos, escoger soldados aguerridos, preparar naves y armas, y administrar todo con tal tino, que admira ver tanta perspicacia y vigilancia en pocos hombres que, viviendo á tres mil leguas, defienden aquel país mejor que otros islas pequeñas y cercanas. Con más felicidad habéis defendido lejanas tierras, que otros exiguas y próximas provincias. Y en lo que atañe á la cultura y gobierno, ¿qué diré? El esplendor de las ciudades principales, la majestad de los Consejos provinciales, el bienestar de autoridades y hombres particulares, las glorias de los reinos americanos, son lenguas que declaran cómo el rey y sus consejeros, íntegros y moderados, en vez de enriquecerse con el Nuevo Mundo, lo han embellecido y adornado. Pero esto es lo de menos mérito, si consideramos la introducción y progreso de la fe católica en América, hasta ahora conservada. Agotó sus fuerzas España y no dudó en exponer sus flancos á las embestidas de sus enemigos, con tal de afirmar la religión en América. Podían los reyes Católicos, podía el Consejo de Indias, una vez recibido el encargo de civilizar el Nuevo Mundo, descargar sus conciencias, enviando á los pueblos y regiones de éste los misioneros estrictamente necesarios; otras naciones así lo hubieran hecho; pero los gobernantes del imperio americano, bajo los auspicios del rey Católico, no pararon hasta que, de tribus antes bárbaras, hicieron naciones tan cristianas y cultas como lo es España. Casi diez y siete siglos fueron necesarios para que los reyes y príncipes de varios Estados y hombres y mujeres célebres, ilustrasen el viejo continente, creando obispados y fundando monasterios y otros piadosos establecimientos; pero en la centuria pasada se hizo otro tanto en América, y de tal manera, que la Iglesia debe tales favores á los monarcas de España, con haber sido pocos, y á sus consejeros, como en el continente europeo á los que han creado y dotado los templos. Los Sumos Pontífices concedieron privilegios y condecoraciones á muchos emperadores, porque éstos consagraron sus esfuerzos y dinero á la defensa y ornato de algunas iglesias; mas lo que llevaron á cabo no puede compararse con lo que hizo el Consejo de Indias, una vez que por su voto el rey Católico dotó con largueza los arzobispados, obispados, canonicatos y otras dignidades de las iglesias catedrales americanas; sin tener rivales en tal empresa, erigieron seminarios, organizaron certámenes literarios, baluartes de la fe, y casas que son refugio de la piedad, y no contentándose con ello, enriquecieron tales establecimientos. En tan inmensa región no hay ministro alguno de la Inquisición, cuyo oficio es quemar las úlceras de la religión; ningún párroco de españoles, indios ó negros, que no reciba estipendio del monarca español. ¿Qué convento de religiosos ó monjas no recibe liberalidades de éste? ¿Qué armada ó nave suelta va á América que no lleve maestros de la doctrina cristiana á expensas del rey y provistos de cartas del Consejo de Indias? ¿Qué región tan apartada, qué rincón del Nuevo Mundo, qué playa tan distante de las hispanas hay, que no experimente la munificencia de su soberano? Dignos son, en verdad, de regir las ciudades del nuevo continente los que han civilizado éste, antes inculto y bárbaro, sometiéndolo al yugo español y al de Cristo. ¡Pero Dios inmortal, á qué precio! Lo diré en pocas palabras; tres veces más se gasta en propagar, conservar y defender la religión y la justicia en el Nuevo Mundo, que entra en el erario español. Quien no crea esto, vaya á América, y cincuenta tesoreros Reales le dirán que cuanto metal precioso ha salido de las entrañas del Potosí y de otras minas de oro y plata, se ha invertido íntegro en la prosperidad de le fe católica, hasta el punto de quedar las arcas vacías. Si preguntáramos á dichos tesoreros por qué destinan á este objeto tanto dinero, contestarán unánimemente que lo hacen obligados á ello por innumerables Reales cédulas y despachos del Consejo de Indias, en los que se les ordena no reparar en gastos cuando se trata de introducir ó propagar la religión cristiana. Creó Dios el Nuevo Mundo y lo entregó á los españoles para que lo administraran. En civilizar el viejo continente tardaron los pueblos de Occidente muchos siglos; uno solo bastó á España para hacer lo mismo en América, y tratándose del cristianismo fué tan pródiga en sangre como en oro. Si acudimos al origen de esto, veremos que todo se debe atribuir al rey Católico y á sus consejeros de Indias; de ellos proceden las determinaciones referentes al bien de la religión. He hablado con prolijidad de estas cosas para demostrar lo que me proponía, á saber, que los jesuitas del Paraguay se mancharían con la ingratitud si cuando toda América ve en los reyes de España y en los consejeros de Indias los propagadores y conservadores del cristianismo, ellos no lo reconocieran así. A fin de que no caiga sobre nosotros tal borrón, cuanto brillo ganamos en la evangelización de la América austral lo reflejaré en el monarca español y en vosotros, Excelentísimo Presidente y magníficos Senadores, confesando que sin vuestra protección estas regiones yacerían aún en el seno de la infidelidad y de las tinieblas. Y aunque esto se hará patente en el discurso de mí historia, debo exponer algunos hechos anticipadamente, en demostración de nuestra gratitud y de vuestra generosidad.
** Cuando por inspiración del Señor, la Compañía de Jesús se esparció por todo el mundo, dedicada á la tarea de convertir á Cristo las almas, Felipe II, prudentísimo juzgador de los méritos de todas las personas, la envió espontáneamente y á su costa al Perú. Desde allí comenzaron á recibir la Fe los reinos de Chile, Tucumán y Paraguay, sepultados en los errores de la idolatría. Los jesuitas, por espacio de veinte años, hicieron expediciones apostólicas á los mencionados países, sin fijarse en lugar alguno, y ayudados por los gobernadores y tesoreros Reales se dedicaron á la salvación de las almas; más tarde pensó la Compañía en fundar la provincia llamada del Paraguay. Esta fué protegida en sus principios por Felipe III, el más piadoso de los reyes, quien costeó el viaje á cerca de ciento veinte misioneros que fueron allí desde España. Bajo los auspicios y á expensas de Felipe IV, pasaron otros doscientos en varias ocasiones. Todos los cuales, tan luego como llegaron á Buenos Aires marcharon á costa del Erario público á remotísimos países, con la protección Real, á publicar el Evangelio en las tierras bárbaras, ayudados en la construcción de poblaciones y defendidos en las ya edificadas; además, se les proveyó de las cosas necesarias para el culto, cual era aceite con que alumbrar el Santísimo Sacramento, y medicinas para curar los enfermos. Estos y otros muchos beneficios hechos á nuestros colegios y residencias, si algún desocupado quisiera enumerarlos, hallaría un cúmulo inmenso de regias liberalidades, y confesaría que el monarca nos ha, por, decirlo así, amamantado á sus pechos. Cuánta parte tuvo en lo mencionado el Consejo de Indias, lo saben los que consideren, cómo éste inclinó el ánimo de Su Majestad á expedir cédulas de pasaporte en favor de los misioneros, y cartas en que los recomendaba á los gobernadores y demás magistrados; que disolvió las maquinaciones de los calumniadores, removió los obstáculos y facilitó todo; si alguna vez la Compañía tardaba en pedir socorros, la excitaba á gozar de su regia liberalidad. Aunque los jesuitas del Paraguay deben mucho á los consejeros que administraron en vida de los pasados monarcas, nadie negará que tiene más que agradecer á los de Felipe el Grande y á este mismo, pues estando exhausto el Tesoro, dieron tres veces más que los poderosos en ocasión oportuna. Cuando los enemigos del poderío español hacían la guerra por donde quiera; cuando el sueco, el holandés y el inglés se enfurecían; cuando Francia acometía las fronteras de la parte que corresponde á nuestra metrópoli en Italia, Alemania y Bélgica, y aun las mismas españolas; cuando los reinos rebeldes turbaban también la paz del interior y no parecía sino que brotaba de la tierra gente nacida de las semillas de Cadmo; cuando España sostenía contra tantos adversarios seis ejércitos y cuatro flotas, y se colocaban guarniciones en los límites de tan vasto imperio, y el erario, con pagar tan excesivos gastos estaba agotado, entonces, digo, no faltaron el rey ni los consejeros de Indias á su propósito de transportar y alimentar los heraldos del Evangelio en Tucumán y el Paraguay. ¿Hay obra tan piadosa como ésta? Esto es, lisa y llanamente, posponer los reinos y los imperios á la religión. Pero no me detendré aquí, sino que subiré á tratar de cosa más laudable. Acción meritoria y piadosa es, que los reyes Católicos en los pasados siglos sostuvieran con magnificencia el culto en América; que esto hicieran en el Perú y en México podrá explicarse, diciendo que al fin y al cabo, de estos países obtenían pingües rendimientos; pero Tucumán y el Paraguay no dan á España oro ni plata; antes bien se gasta allí más que se recauda; así, no hay palabras que ponderen bastante la generosidad de Felipe IV al ayudar á tales provincias, estimulado solamente de su celo religioso, y en las azarosas circunstancias que hemos enumerado, y que aún lo continúe haciendo. Tan singular piedad recuerda lo que dijo Felipe II, cuando instándole algunos cortesanos para que abandonase las islas Filipinas, donde los españoles habían empezado á propagar el Evangelio, y poniéndole como argumento el que se consumía en ellas más que producían, de tal modo que eran un gravamen del fisco, replicó que él gastaría con gusto en defensa de una iglesia, ó por conservar un neófito, todo el oro de las Indias y aun las rentas de España, y que por suma pobreza en que pudiera verse, no descuidaría la predicación del cristianismo, pues no ignoraba que tenía estos deberes que cumplir. Lo que en tiempos felices y de paz manifestó el más prudente de los reyes, lo ejecutó constantemente el gran Felipe IV en medio de furiosas tempestades y estando exhausto el erario con repetidas guerras, y su gloria fué mayor por cuanto el Paraguay y Tucumán producían menos aún al Tesoro que las islas Filipinas. Esto es rayar en los límites de la grandeza. Esto es tener ministros como vosotros, Excelentísimo Presidente, y Consejeros ilustres de Indias, que aconsejáis rectamente. Esto es aplicar el ánimo á los negocios con el propósito de aumentar la gloria de Dios. Esto es dedicarse á la política con fin bien distinto de los que buscan en el culto á Dios el engrandecimiento del Estado, y hacer que la religión católica llegue á las últimas regiones conocidas. Esto es conquistar la gloria de apóstoles.
** Si San Gregorio Magno mereció bien de la posteridad porque envió á Inglaterra unos cuantos sacerdotes á predicar nuestra fe, ¿cuánto más corresponde á Su Majestad y á vosotros, que no mandásteis á un pequeño reino pocos misioneros, sino que, con piedad continuada por muchos años, enviásteis y mantuvísteis numerosos sacerdotes que redujeron á Cristo las naciones más bárbaras é incultas del orbe? ¿Qué cosa tan justa como que, en nombre de la Compañía del Paraguay, os dedique la historia de la introducción del cristianismo en la parte austral de América, confesando que cuanto ella realizó á vosotros es debido? Si la victoria se atribuye á los jefes que dirigen la guerra, aunque se hallen fuera del campo de batalla, ¿con cuánta más razón os corresponde el honor del triunfo en que por vuestro consejo y ayuda fueron ahuyentadas las falanjes del demonio? De esta manera, sin peligro de ostentación y vanagloria, reseñaré los hechos preclaros de los misioneros, pues toda alabanza redundará en vosotros como capitanes de tales empresas. Yo lo haré con mi pluma, cual si fuera tocada á la piedra imán, recorriendo todos los grados de vuestros méritos hasta descansar en su polo. Este es el rey, cumbre de tantas grandezas, al cual por más que lo llamase Sol de la religión que ilumina ambos mundos, Atlante de la fe, principal estrella de la Iglesia católica y lustre de ésta, no haría sino bosquejarlo, sin describirlo. Diré, para terminar, Excelentísimo Presidente y Consejeros ilustres, que ojalá gocemos mucho tiempo de ministros como vosotros, bajo cuyo mando corramos á pelear en las filas del Señor. Defendidos con vuestro patrocinio, no nos apartarán de las heróicas empresas las calumnias y los embustes de nuestros adversarios. Con la regia protección, la pesadumbre del trabajo no retardará los esfuerzos por la salvación de las almas. Bulle aún en muchos pechos la sangre generosa consagrada á Dios y al monarca español.
** Ninguno languidecerá en casa renegando de la gloria de sus antepasados. No nos basta haber evangelizado, según referiré en mi libro, los indios de Itatín, Paraná, Uruguay, Guayrá Jujui, é islas de Chiloé y Chono; fundado tantos pueblos en una provincia que en sus comienzos medía ochocientas leguas de extensión; atravesado lagunas, peñascales, selvas vírgenes y vastos desiertos, y penetrado en cuevas. Iremos al Chaco, país situado más allá del Paraguay, donde ya ha empezado á correr la sangre de los sacerdotes, y renovaremos las victorias alcanzadas en vida de Felipe IV. Mientras que en esto trabajamos, inflamados con sacro fuego, hacemos fervientes votos al Señor para que éste premie al rey Católico, por haber propagado el cristianismo en el Nuevo Continente y principalmente en las regiones australes, dilatando su imperio en Europa y otras partes; deshaga las resoluciones de sus enemigos; multiplique sus victorias, y á vosotros os conserve incólumes bajo el gobierno de monarca tan grande, hasta que, semejantes á las estrellas que ilustran á muchos, subáis á brillar en el cielo eternamente. Así lo desea con toda su alma vuestro más humilde y obediente servidor,

NICOLÁS DEL TECHO,
Sacerdote de la Compañía.